Vivir el Evangelio en la vida cotidiana

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El Opus Dei nació, en palabras del fundador, “para contribuir a que esos cristianos, insertos en el tejido de la sociedad civil —con su familia, sus amistades, su trabajo profesional, sus aspiraciones nobles—, comprendan que su vida, tal y como es, puede ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santidad y de apostolado. Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente —que quizá a alguno parezca vulgar y mezquina— puede y debe ser una vida santa y santificante.” (Conversaciones..., 60).

Dicho de otro modo: el Opus Dei nació para alentar a la gente corriente, a la gente de la calle, a la búsqueda de la santidad en su vida cotidiana, promoviendo el anuncio de la fe en el propio entorno familiar, profesional, social, etc.

 “Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), se lee en el Evangelio. San Pablo recoge esta enseñanza del Señor: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). Como sólo Dios es santo, la búsqueda de la santidad supone un avance en la semejanza con Dios, un progresivo desprenderse de uno mismo, dejando que Dios vaya guiando el alma hacia la plena felicidad: “Cristo vive en mí” (Ga 2, 20).

 Ese encuentro con Cristo, que es lo esencial de la vida cristiana, consiste, en palabras de Escrivá de Balaguer, en un trato íntimo y personal con el Señor que se desarrolla a lo largo de varias etapas: “En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos” (Amigos de Dios, 300).

El cristiano está llamado a ser un contemplativo en medio del mundo. Eso significa que todos podemos llegar a esa contemplación en nuestra existencia cotidiana, siguiendo los pasos de la vida de Jesucristo, tal como nos la narra el Evangelio. San Josemaría enseñaba a leer la vida del Señor no como el simple relato de unos hechos que pasaron, sino como unos sucesos en los que nos debemos implicar intensamente, reviviendo hoy y ahora, en nuestra propia vida, la vida de Jesús.

Cuando alguien le preguntaba a Josemaría Escrivá de Balaguer cómo podía profundizar en la vida del Señor, solía aconsejarle que procurara meterse en las escenas que narra el Evangelio hasta convertirse en un personaje más: uno de los pastores que van a adorar al Niño, un discípulo que sigue al Señor por los caminos de Galilea, las hermanas de Lázaro: “os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús, o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sencillamente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas” (Amigos de Dios, 222).

Descubrir a Cristo significa, además, descubrir la Iglesia, su Iglesia; comprender que todos pertenecemos a una familia sobrenatural en la que participamos, a través de la Comunión de los Santos, en una misteriosa comunión de bienes espirituales. Se lee en Camino: “Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel” (Camino, 549).

Ser cristiano significa, además, participar activamente en el trabajo evangelizador y misionero de la Iglesia; en “la nueva evangelización” de la que hablaba Juan Pablo II.

El espíritu del Opus Dei se fundamenta en el trato personal con Dios y en la aplicación del Evangelio a la vida “de todos los días”. Es un espíritu que se dirige a todos y puede ser vivido por todos, en todas las situaciones, épocas y ambientes sociales. No lleva a retirarse del mundo (la sociedad, el propio entorno, la vida cotidiana) ni exige unas prácticas de piedad “especiales” o fuera de lo corriente. Se trata de seguir a Cristo esforzándose por santificar el trabajo y las obligaciones cotidianas: ir al trabajo, llevar los niños al colegio, hacer las tareas domésticas, visitar a los parientes, estar con los amigos… “Simples cristianos —escribió San Josemaría—. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!” (Apuntes íntimos, n. 35, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 41).

Esa vinculación estrecha con el trabajo le da al mensaje del Opus Dei una constante actualidad que supera el desgaste del tiempo, porque el trabajo es algo consustancial al hombre, que ha sido puesto en esta tierra para trabajar. Por esa razón decía el fundador que el Opus Dei existiría siempre, mientras hubiese hombres sobre la tierra, ya que por profundamente que cambien las formas técnicas de la producción, habrá siempre un trabajo humano que los hombres podrán ofrecer a Dios, que podrán santificar.

Escribió el fundador con profunda convicción, en los primeros años de esta realidad de la Iglesia, cuando los miembros del Opus Dei eran todavía muy pocos, que la Obra conservaría siempre su razón de ser. Veía el Opus Dei proyectado a lo largo de los siglos: “no somos una organización circunstancial —explicaba— (…). Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica” (Instrucción. 19-III-1934, nn. 14-15, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 47).

En la actualidad forman parte del Opus Dei miles de mujeres y hombres de los cinco continentes, sacerdotes y laicos, célibes y casados. Los sacerdotes y los laicos trabajan en estrecha colaboración y tanto las personas casadas como las célibes han recibido la misma llamada de Dios a santificarse en su trabajo y en las circunstancias de su vida cotidiana. Me ocuparé con más detalle de estos aspectos en el capítulo IV.

El Concilio Vaticano II recordó que todos los fieles están llamados a la santidad en virtud de su vocación bautismal. La vocación al Opus Dei es una determinación de esa llamada, de esa vocación recibida en el Bautismo. El Opus Dei se propone ayudar a todos los hombres a transformar su trabajo en oración, a convertir todos los empeños humanos nobles en los que se afanan en ocasión de apostolado y medio para acercar a Dios a los que les rodean: familia, parientes, vecinos, colegas de trabajo, amigos... "La actividad principal del Opus Dei consiste —en palabras de San Josemaría— en dar a sus miembros, y a las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en medio del mundo” (Conversaciones…, 27).

En una de sus primeras cartas, el fundador describía así los rasgos fundamentales de la institución: “Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa (…), pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados; que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”. (Carta, 24-III-1930, n. 2, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 67).

 La llamada al Opus Dei no cambia a nadie de sitio en la sociedad: deja a cada uno en su lugar en el mundo; un mundo que ha de santificar —con sus peculiaridades singulares— desde dentro: como padre de familia, como sacerdote, como estudiante... La persona que recibe la vocación al Opus Dei adquiere “una nueva visión de las cosas que tiene alrededor: luces nuevas en sus relaciones sociales, en su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías. Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso” (Conversaciones..., 62).

Cuando Cristo se constituye en el centro de la propia vida, el cristiano empieza a vivir con una alegría profunda y con una visión mucho más serena y sobrenatural de los acontecimientos. Como recordó Juan Pablo II a los numerosos peregrinos que acudieron a Roma para la canonización de San Josemaría, el mensaje del Opus Dei “tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia. Fomenta la cristianización del mundo “desde dentro”, mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del auténtico progreso humano. (…) Su mensaje impulsa al cristiano a actuar en lugares donde se está forjando el futuro de la sociedad. De la presencia activa de los laicos en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo sólo puede derivar una contribución positiva para el fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura, que es una de las mayores necesidades de nuestro tiempo” (JUAN PABLO II, Discurso a los asistentes a la canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, 7-X-2002, n. 4).