Tema 10. La Pasión y Muerte en la Cruz

Jesús murió por nuestros pecados (cfr. Rm 4,25) para librarnos de ellos y rescatarnos para la vida divina.

Resúmenes de fe cristiana
Opus Dei - Tema 10. La Pasión y Muerte en la Cruz La finalidad propia del misterio de la Cruz es cancelar el pecado del mundo.

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1. El sentido general de la Cruz de Cristo

1.1. Algunas premisas

El misterio de la Cruz se encuadra en el marco general del proyecto de Dios y de la venida de Jesús al mundo. El sentido de la creación está dado por su finalidad sobrenatural, que consiste en la unión con Dios. Sin embargo, el pecado alteró profundamente el orden de la creación; el hombre dejó de ver el mundo como una obra llena de bondad, y lo convirtió en una realidad equívoca. Puso su esperanza en las creaturas y se fijó como meta falsos fines terrenos.

La venida de Jesucristo al mundo tiene como finalidad reimplantar en el mundo el proyecto de Dios y conducirlo eficazmente a su destino de unión con Él. Para ello, Jesús, verdadera Cabeza del género humano [1], asumió toda la realidad humana degradada por el pecado, la hizo suya, y la ofreció filialmente al Padre. De este modo Jesús restituyó a cada relación y situación humana su verdadero sentido, en dependencia a Dios Padre.

Este sentido o fin de la venida de Jesús se realiza con su vida entera, con cada uno de sus misterios, en los que Jesús glorifica plenamente al Padre. Cada acontecimiento y cada etapa de la vida de Cristo tiene una específica finalidad en orden a este objetivo salvador [2].

1.2. Aplicación al misterio de la Cruz

La finalidad propia del misterio de la Cruz es cancelar el pecado del mundo (cfr. Jn 1,29), algo completamente necesario para que se pueda realizar la unión filial con Dios. Esta unión es, como hemos dicho, el objetivo último del plan de Dios (cfr. Rm 8,28-30).

Jesús cancela el pecado del mundo cargándolo sobre sus hombros y anulándolo en la justicia de su corazón santo [3].

En esto consiste esencialmente el misterio de la Cruz:

a) Cargó con nuestros pecados. Lo indica, en primer lugar, la historia de su pasión y muerte relatada en los Evangelios. Estos hechos, siendo la historia del Hijo de Dios encarnado y no de un hombre cualquiera, más o menos santo, tienen un valor y una eficacia universales, que alcanzan a toda la raza humana. En ellos vemos que Jesús fue entregado por el Padre en manos de los pecadores (cfr. Mt 26,45) y que Él mismo permitió voluntariamente que su maldad (de ellos) determinase en todo su suerte (de Él). Como dice Isaías al presentar su impresionante figura de Jesús [4]: «se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (Is, 53,7).

Cordero sin mancha, aceptó libremente los sufrimientos físicos y morales impuestos por la injusticia de los pecadores, y en ella, asumió todos los pecados de los hombres, toda ofensa a Dios. Cada agravio humano es, de algún modo, causa de la muerte de Cristo. Decimos, en este sentido, que Jesús “cargó” con nuestros pecados en el Gólgota (cfr. 1Pt 2,24).

b) Eliminó el pecado en su entrega. Pero Cristo no se limitó a sobrellevar nuestros pecados sino que también los “destruyó”, los eliminó. Pues llevó los sufrimientos en la justicia filial , en la unión obediente y amorosa hacia su Padre Dios y en la justicia inocente , de quien ama al pecador, aunque éste no lo merezca: de quien busca perdonar las ofensas por amor (cfr. Lc 22,42; 23,34). Ofreció al Padre sus sufrimientos y su muerte en nuestro favor, para nuestro perdón: «en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5).

2. La Cruz revela la misericordia y la justicia de Dios en Jesucristo

Fruto de la Cruz es, por tanto, la eliminación del pecado. De ese fruto se apropia el hombre a través de los sacramentos (sobre todo la Confesión sacramental) y se apropiará definitivamente después de esta vida, si fue fiel a Dios. De la Cruz procede la posibilidad para todos los hombres de vivir alejados del pecado y de integrar los sufrimientos y la muerte en el propio camino hacia la santidad.

Dios quiso salvar el mundo por el camino de la Cruz, pero no porque ame el dolor o el sufrimiento, pues Dios sólo ama el bien y hacer el bien. No quiso la Cruz con una voluntad incondicionada, como quiere, por ejemplo, que existan las criaturas, sino que la ha querido praeviso peccato, sobre el presupuesto del pecado. Hay Cruz porque existe el pecado. Pero también porque existe el Amor. La Cruz es fruto del amor de Dios ante el pecado de los hombres.

Dios quiso enviar a su Hijo al mundo para que realizara la salvación de los hombres con el sacrificio de su propia vida, y esto, dice en primer lugar mucho de Dios mismo. Concretamente la Cruz revela la misericordia y justicia de Dios:

a) La misericordia. La Sagrada Escritura refiere con frecuencia que el Padre entregó a su Hijo en manos de los pecadores (cfr. Mt 26,54), que no se ahorró a su propio Hijo. Por la unidad de las Personas divinas en la Trinidad, en Jesucristo, Verbo encarnado, está siempre presente el Padre que lo envía. Por este motivo, tras la decisión libre de Jesús de entregar su vida por nosotros, está la entrega que el Padre nos hace de su Hijo amado, consignándolo a los pecadores; esta entrega manifiesta más que ningún otro gesto de la historia de la salvación el amor del Padre hacia los hombres y su misericordia.

b) La Cruz nos revela también la justicia de Dios. Ésta no consiste tanto en hacer pagar al hombre por el pecado, sino más bien en devolver al hombre al camino de la verdad y del bien, restaurando los bienes que el pecado destruyó. La fidelidad, la obediencia y el amor de Cristo a su Padre Dios; la generosidad, la caridad y el perdón de Jesús a sus hermanos los hombres; su veracidad, su justicia e inocencia, mantenidas y afirmadas en la hora de su pasión y de su muerte, cumplen esta función: vacían el pecado de su fuerza condenatoria y abren nuestros corazones a la santidad y a la justicia, pues se entrega por nosotros. Dios nos libra de nuestros pecados por la vía de la justicia, por la justicia de Cristo.

Como fruto del sacrificio de Cristo y por la presencia de su fuerza salvadora, podemos siempre comportarnos como hijos de Dios, en cualquier situación por la que atravesemos.

3. La Cruz en su realización histórica

Jesús conoció desde el principio, y en modo adecuado al progreso de su misión y de su conciencia humana, que el rumbo de su vida lo conducía a la Cruz. Y lo aceptó plenamente: vino a cumplir la voluntad del Padre hasta los últimos detalles (cfr. Jn 19,28-30), y ese cumplimiento le llevó a «dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

En la realización de la tarea que el Padre le había encomendado, encontró la oposición de las autoridades religiosas de Israel, que consideraban a Jesús un impostor. De modo que «algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el Templo de Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte» (Compendio, 113).

Los que condenaron a Jesús pecaron al rechazar la Verdad que es Cristo. En realidad, todo pecado es un rechazo de Jesús y de la verdad que Él nos trajo de parte de Dios. En este sentido todo pecado encuentra lugar en la Pasión de Jesús. «La pasión y muerte de Jesús no pueden ser imputadas indistintamente al conjunto de los judíos que vivían entonces, ni a los restantes judíos venidos después. Todo pecador, o sea todo hombre, es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos» (Compendio, 117).

4. Sacrificio y Redención

Jesús murió por nuestros pecados (cfr. Rm 4,25) para librarnos de ellos y rescatarnos de la esclavitud que el pecado introduce en la vida humana. La Sagrada Escritura dice que la pasión y muerte de Cristo son: a) sacrificio de alianza b) sacrificio de expiación, c) sacrificio de propiciación y de reparación por los pecados, d) acto de redención y liberación de los hombres.

a) Jesús, ofreciendo su vida a Dios en la Cruz, instituyó la Nueva Alianza, es decir, la nueva forma de unión de Dios con los hombres que había sido profetizada por Isaías (cfr. Is 42,6), Jeremías (cfr. Jr 31, 31-33) y Ezequiel (cfr. Ez 37,26). El nuevo Pacto es la alianza sellada en el cuerpo de Cristo entregado y en su sangre derramada por nosotros (cfr. Mt 26,27-28).

b) El sacrificio de Cristo en la Cruz tiene un valor de expiación, es decir, de limpieza y purificación del pecado (cfr. Rm 3,25; Hb 1,3; 1Jn 2,2; 4,10).

c) La Cruz es sacrificio de propiciación y de reparación por el pecado (cfr. Rm 3,25; Hb 1,3; 1Jn 2,2; 4,10). Cristo manifestó al Padre el amor y la obediencia que los hombres le habíamos negado con nuestros pecados. Su entrega hizo justicia y satisfizo al amor paterno de Dios que habíamos rechazado desde el origen de la historia.

d) La Cruz de Cristo es acto de redención y de liberación del hombre. Jesús pagó nuestra libertad con el precio de su sangre, es decir, de sus sufrimientos y su muerte (cfr. 1Pt 1,18). Mereció con su entrega nuestra salvación para incorporarnos al reino de los cielos: «Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Col 1,13-14).

5. Los efectos de la Cruz

Principal efecto de la Cruz es eliminar el pecado y todo lo que se opone a la unión del hombre con Dios.

La Cruz, además de cancelar los pecados, nos libra también del diablo, que dirige ocultamente la trama del pecado, y de la muerte eterna. El diablo nada puede contra quien está unido a Cristo (cfr. Rm 8,31-39) y la muerte deja de ser separación eterna de Dios, y queda sólo como puerta de acceso al destino último (cfr. 1Co 15,55-56).

Removidos todos estos obstáculos, la Cruz abre para la humanidad la vía de la salvación, la posibilidad universal de la gracia.

Junto con su Resurrección y su gloriosa Exaltación, la Cruz es causa de la justificación del hombre, es decir, no sólo de la eliminación del pecado y de los demás obstáculos, sino también de la infusión de la vida nueva (la gracia de Cristo que santifica el alma). Cada sacramento es un modo diverso de participar en la Pascua de Cristo y de apropiarse de la salvación que de ella proviene. Concretamente el Bautismo, nos libra de la muerte introducida por el pecado original y nos permite vivir la vida nueva del Resucitado.

Jesús es la causa única y universal de la salvación humana: el único mediador entre Dios y los hombres. Toda gracia de salvación dada a los hombres proviene de su vida y, en particular, de su misterio pascual.

6. Corredimir con Cristo

Como acabamos de decir, la Redención obrada por Cristo en la Cruz es universal, se extiende a todo el género humano. Pero es preciso que llegue a aplicarse a cada uno el fruto y los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo, principalmente por medio de la fe y los Sacramentos.

Nuestro Señor Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1Tm 2,5). Pero Dios Padre ha querido que fuéramos no sólo redimidos sino también corredentores (cfr. Catecismo , 618). Nos llama a tomar su Cruz y a seguirle (cfr. Mt 16,24), porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1P 2,21).

San Pablo escribe:

a) «yo estoy con Cristo en la Cruz, y no soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20): para alcanzar la identificación con Cristo hay que abrazar la Cruz;

b) «completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24): podemos ser corredentores con Cristo.

Dios no ha querido librarnos de todas las penalidades de esta vida, para que aceptándolas nos identifiquemos con Cristo, merezcamos la vida eterna y cooperemos en la tarea de llevar a los demás los frutos de la Redención. La enfermedad y el dolor, ofrecidos a Dios en unión con Cristo, alcanzan un gran valor redentor, como también la mortifica­ción corporal practicada con el mismo espíritu con que Cristo padeció libre y voluntaria­mente en su Pasión: por amor, para redimirnos expiando por nuestros pecados. En la Cruz, Jesucristo nos da ejemplo de todas las virtudes:

a) de caridad: «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (cfr. Jn 15,13);

b) de obediencia: se hizo «obediente al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz» (Flp 2,8);

c) de humildad, de mansedumbre y de paciencia: soportó los sufrimientos sin evitar­los ni suavizarlos, como un manso cordero (cfr. Jr 11,19);

d) de desprendimiento de las cosas terrenas: el Rey de Reyes y Señor de los que dominan aparece en la Cruz desnudo, burlado, escupido, azotado, coronado de espinas, por Amor.

El Señor ha querido asociar a su Madre, más íntimamente que a nadie, con el misterio de su sufrimiento redentor (cfr. Lc 2,35; Catecismo, 618). La Virgen nos enseña a estar junto a la Cruz de su Hijo [5].

Antonio Ducay

Publicado originalmente el 21 de noviembre de 2012


Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 599-618.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 112-124.

Juan Pablo II , El valor redentor de la Pasión de Cristo, Catequesis: 7-IX-1988, 28-IX-1988, 5-X-1988, 19-X-1988, 26-X-1988.

Juan Pablo II, La muerte de Cristo: su carácter redentor, Catequesis: 14-XII-88, 11-I-89.

Lecturas recomendadas

San Josemaría, Homilía La muerte de Cristo vida del cristiano, en Es Cristo que pasa, 95-101.

Diccionario de Teología, dirigida por C. Izquierdo et al., voces: Jesucristo (IV) y Cruz, Eunsa, Pamplona 2006.


[1] Es nuestra Cabeza porque es el Hijo de Dios y porque se hizo solidario con nosotros en todo excepto en el pecado (cf. Hb 4,15).

[2] La infancia de Jesús, su vida de trabajo, su bautismo en el Jordán, su predicación, ... todo contribuye a la Redención de los hombres. Refiriéndose a la vida de Cristo en la aldea de Nazaret, decía San Josemaría: «Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo», Es Cristo que pasa, 19.

[3] Cfr. Col 1,19-22; 2, 13-15; Rm 8, 1-4; Ef 2, 14-18; Hb 9, 26.

[4] Los cuatro poemas dedicados al misterioso “Siervo de Jahvé” constituyen una espléndida profecía en el Antiguo Testamento de la Pasión de Cristo (Is 42,1-9; 49,1-9; 50,4-9; 52,13-53,12).

[5] Cfr. San Josemaría, Camino, 508.