El Papa en la vida del cristiano

Estudio de Antonio Miralles, Prof. de la Facultad de Teología Pontificia Universidad de la Santa Cruz, publicado en "Romana", Nº 10 (enero-junio 1990).

Otros
Opus Dei - El Papa en la vida del cristiano

«Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre»[1]. Estas palabras del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá trazan un programa bien preciso de la existencia cristiana, caracterizado por el amor, por aquel caminar en la caridad, que es la contraseña de los hijos de Dios[2]. Caridad, cuya naturaleza y dinamicidad están determinadas por su fuente, el mismo Don increado —el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado[3]-, y por su objeto, Dios mismo, en primer lugar, y por Él todos los hijos de Dios, primero entre todos la Hija, Madre y Esposa de Dios y, aquí en la tierra, inmediatamente después, el Papa.

¿Cuánto vale un corazón humano? Lo que valen sus amores. Y el corazón del fiel católico es ennoblecido por la llamada a esta jerarquía del amor: Dios, nuestra Señora, el Papa. La caridad, ordenada de esta manera, se convierte en un potente motor de la vida diaria, de aquel caminar en la caridad, como dice San Pablo asumiendo un hebraísmo muy expresivo precisamente de la cotidianidad, o sea, de la conducta cristiana que se vive con el ritmo marcado más que por sucesos extraordinarios, por la cadencia regular de jornadas y de actividades sin sorpresas.

¿Cómo dar un puesto tan relevante al Papa en nuestra vida, si las ocasiones de encuentro personal con él, al menos de cercanía física, tienen lugar, si lo tienen, raramente? No pudiendo confiar en momentos tan singulares para expresar el afecto personal al Romano Pontífice, hace falta profundizar las razones de su puesto tan alto en la jerarquía del amor.

La primera razón que viene a la cabeza es su título de Vicario de Cristo. Sin embargo, la palabra "Vicario", que parece decir mucho, se revela necesitada de un enriquecimiento en la comprensión de su contenido. Baste pensar que el Concilio Vaticano II dice de los obispos que «rigen, como vicarios y delegados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas»[4]; y respecto a los presbíteros enseña el mismo Concilio que «quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza»[5].

Ahora bien, no me parece que el pueblo cristiano, con su sentido de fe, vea al Papa tan sólo como el primero en la jerarquía eclesiástica, como aquél que está en su vértice. Aunque los sacerdotes, sobre todo en el momento de la consagración de la Eucaristía, tienen una particular identificación sacramental con Cristo y «en la persona de los Obispos (...) el Señor Jesucristo está presente en medio de los fieles»[6], el ministerio papal, sin embargo, hay que verlo en otra perspectiva: para cada fiel el Papa no es como su párroco, ya sea con un rango más elevado o con más poder, ni tampoco como su Obispo, aunque revestido de mayor dignidad. La relación es de otro género y está estrechamente ligada a la misma relación con Cristo. Es esta relación la que debemos examinar ahora, para extraer de ella indicaciones más precisas sobre lo que significa para el cristiano que el Papa sea el Vicario de Cristo sobre la tierra.

Especial pertenencia a Cristo en virtud del bautismo

El cristiano, en virtud del bautismo, pertenece a Cristo. Es el acontecimiento bautismal el que lo pone en relación inmediata con Cristo, cuyas características podemos deducir, con progresiva luminosidad y nitidez, a través del análisis de una serie de textos neotestamentarios.

El primer rasgo de la pertenencia a Cristo emerge de la respuesta de Pedro a la pregunta de los convertidos el día de Pentecostés: ¿Qué debemos hacer, hermanos? Pedro les dijo: Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo[7]. «En el nombre de Jesucristo» quiere decir que el bautismo se administra con la autoridad de Jesús y a ésta se atribuyen los efectos de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo[8].

Los mismos Hechos de los Apóstoles muestran que el bautismo, además de basarse en la autoridad de Jesús, implica también la invocación de su nombre[9], o sea, el reconocer en Jesús al Cristo y colocarse bajo su potestad.

Las cartas paulinas nos hacen saber que la potestad de Cristo, que actúa en el bautismo, alcanza una profundidad tal que el bautizado es hecho partícipe del mismo acontecimiento pascual que se ha realizado en Cristo, esto es, de su muerte y de su resurrección. Tanto la carta a los Romanos como la carta a los Colosenses son particularmente explícitas al respecto[10]. Tal participación en la muerte y resurrección del Señor da origen a una nueva vida con Cristo y en Cristo[11].

No se para aquí San Pablo, sino que recurre a una metáfora muy expresiva: todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo[12]. Los destinatarios de la carta paulina podían comprender bien esta metáfora, ya que se encuentra varias veces en el Antiguo Testamento, en el sentido de asumir una disposición moral, tanto buena como mala[13]. También el lenguaje profano conocía el uso metafórico del término "revestirse"[14]. Sin embargo las palabras del Apóstol van más allá de las disposiciones morales de imitación de Cristo, para llegar a una cierta identificación con Él. Esto es tan cierto que nos hacemos hijos de Dios y nos unimos a los demás bautizados hasta el punto de ser uno en Jesucristo, superando toda discriminación tanto religiosa (judío o griego), como social (esclavo o libre) y natural (hombre o mujer)[15].

El ser uno en Cristo lo explica San Pablo con la doctrina del cuerpo que forman todos los bautizados[16]. La imagen de la colectividad como un cuerpo podía en cierto modo ser familiar a los destinatarios de las cartas paulinas, ya que también la literatura pagana la aplicaba tanto al cosmos entero como a la ciudad o a otras comunidades humanas[17]. Sin embargo San Pablo no se queda en el sentido de la metáfora profana y, superándola ampliamente, presenta a Cristo como el principio unificante de este cuerpo al que llama incluso cuerpo de Cristo[18]. Las cartas a los Efesios y a los Colosenses precisan además que Cristo es la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia[19].

Cuerpo de Cristo, pues, porque Él es su cabeza, su principio unificante y vivificante, pero también porque el hombre nuevo, que incluye en sí judíos y gentiles, se ha formado en el cuerpo de Cristo crucificado[20]. Como fin de la actividad redentora del Señor el Apóstol indica la creación de un único hombre nuevo en Cristo; y menciona la Cruz para hacer comprender cómo es en el cuerpo de Cristo sobre la Cruz donde ella se realiza[21]. El fondo bautismal de toda la carta a los Efesios muestra claramente que a través del bautismo cada fiel se inserta en este proceso salvífico.

Justo después, se presenta al hombre nuevo creado en Cristo con el recurso a otra imagen, la de la construcción, que tiene como piedra angular al mismo Cristo; en ella son edificados los fieles como templo de Dios en el Espíritu[22]. Es necesario prestar atención al parangón del edificio, porque se encuentra también en el texto de la promesa del primado a Pedro. Con ésta y otras imágenes el Apóstol nos hace ver en profundidad, con fuertes trazos, diferentes dimensiones de la pertenencia a Cristo en virtud del bautismo.

Cristo y Pedro

Aun siendo conscientes de los límites de la aproximación hasta aquí realizada, hemos delineado una respuesta al interrogante: ¿en qué relación con Cristo se encuentra el cristiano? Pero la pregunta inicial se refería a la relación con el Papa. La respuesta pasa a través del estudio de la relación entre Cristo y Pedro.

Y yo te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[23]. La autenticidad de estas palabras del Señor, junto con el versículo precedente y el siguiente, está sólidamente demostrada no sólo por su presencia en todos los códices más antiguos de este Evangelio —lo que sería más que suficiente—, sino también por su evidente carácter semítico, confirmado por los recientes estudios comparativos con el vocabulario del Qumrân[24].

El diálogo del Señor con Simón Pedro está tan cargado de referencias a la misma persona del Apóstol, como para excluir cualquier interpretación que reduzca el sentido de la roca[25] a la simple confesión de fe mesiánica o a Pedro como representante de todos los creyentes[26]. Como es notorio, la metáfora de la roca referida a Dios es frecuente en el Antiguo Testamento[27]. Cristo aplica esta imagen a Pedro y dice que sobre él edificará su Iglesia, asignándole una función que es propia de Cristo. Así explica San León Magno: «Tú eres Pedro. Esto significa que si yo soy la piedra inviolable, la piedra angular que hizo de los dos pueblos uno solo (Ef 2, 20.14), el fundamento que ninguno puede sustituir, también tú eres piedra, porque mi fuerza te hace firme, y así lo que me pertenece en potestad, lo tienes en común conmigo por participación»[28].

La Iglesia de Cristo, presentada como una construcción erigida por Él mismo, está edificada sobre Pedro como sobre una roca. Cristo ha edificado la Iglesia no sólo dotándola de medios de salvación y estructuras organizativas, sino también y principalmente creando en su cuerpo sobre la Cruz el hombre nuevo, el nuevo pueblo de Dios heredero de las promesas[29]. Este último aspecto se hace más evidente en la primera carta de San Pedro, siempre con la imagen de la construcción: Acercándonos a él [Cristo], piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros como piedras vivas sois edificados como edificio espiritual en orden a un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. (...) Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad[30]. San Pedro aplica a los bautizados los más altos títulos de nobleza del pueblo de la Antigua Alianza: ahora constituyen el nuevo pueblo mesiánico, edificado por Cristo como templo y sacerdocio santo, pueblo que Dios ha adquirido para sí. Como leemos en Hech 20, 28, ha sido una adquisición con su sangre, o sea por medio del sacrificio redentor de la Cruz[31].

La Iglesia es de Cristo, porque la adquirió con su sacrificio redentor y la edificó en su cuerpo sobre la Cruz. Por esto, cuando Cristo dice: "mi Iglesia", en el adjetivo mía vibran la fuerza y el drama del Gólgota. Añadir después sobre esta piedra edificaré mi Iglesia significa asociar a Pedro de un modo singular a la obra admirable que habrá de realizar sobre la Cruz. En este sentido resulta especialmente exacta y acertada la expresión «Cristo en la tierra», con la que Santa Catalina de Siena gustaba designar al Papa[32].

Un texto clásico sobre el ministerio petrino lo constituye el diálogo transmitido por Jn 21, 15-17: Después de haber comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Apacienta mis corderos. De nuevo le preguntó por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le preguntó por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció, porque le preguntó por tercera vez si le amaba, y le respondió: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas. Aquí Pedro no representa ni a todos los discípulos ni al grupo más restringido de los Apóstoles, aunque a todos se nos pide una respuesta de amor y todos los Apóstoles tendrán después una parte en la misión de pastorear a los fieles. Este diálogo interesa a Pedro de un modo completamente personal: se evoca, aunque sin nombrarla, la triple negación en la casa del Sumo Sacerdote, y lo que pide Jesús a Pedro es una respuesta que corrija en profundidad aquellas negaciones.

A la respuesta de amor de Pedro el Señor corresponde confiándole sus corderos, sus ovejas. Este lenguaje era muy comprensible a la luz de lo que había dicho de sí mismo como buen pastor: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas[33]. Al servirse de la imagen del buen pastor, no hace otra cosa que atribuirse a sí mismo, como cumplida, la profecía de Yahveh pastor de su pueblo y, con él, de su siervo David[34]. Añade ahora, sin embargo, un elemento no explicitado por la profecía de Ezequiel: la entrega de su vida en favor de sus ovejas. Y además, el rebaño inicial será completado con otras ovejas que actualmente no pertenecen a él: Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor[35]. La referencia a los gentiles es clara, pero hay que notar que la ampliación del rebaño se enlaza con el sacrificio de la propia vida por parte de Jesús, como se indica tanto en el versículo precedente como en el siguiente[36].

Pues bien, como Jesús dijo a Pedro que sobre él edificaría su Iglesia, y esto sucedió en la Cruz, de un modo similar ahora le confía sus ovejas, o sea el rebaño reunido con su sacrificio. Pedro ha dado un triple respuesta de amor personal y Jesucristo corresponde de un modo igualmente personal: eso que le ha costado incluso su vida sobre el Gólgota, justo eso confía ahora a Pedro. Así pues, ¿quién es Pedro para los miembros del rebaño a él confiado? De nuevo la expresión de Santa Catalina «Cristo en la tierra» nos parece la respuesta más exacta.

Pedro está presente en sus sucesores

Pedro no es tan sólo el primer elemento de una cadena histórica de Obispos en la Sede Romana; él coexiste con sus sucesores[37]. Cuando en el Concilio de Éfeso del 431 el legado papal proclamó que el Apóstol Pedro «vive y juzga hasta ahora y por siempre en sus sucesores» y que el papa Celestino «le sucede y ocupa su lugar ( = es su vicario = topotêrêtês[38], expresaba con claridad sintética el sentido de la fe de la Iglesia[39].

El Papa, Obispo de Roma, independientemente del nombre y de la persona, es siempre «Cristo en la tierra», porque en él permanece el ministerio petrino, ese ministerio que con acentos tan personales Jesucristo confió al Príncipe de los Apóstoles. Sobre él el Señor ha edificado su Iglesia y este fundamento no se sustituye nunca y mucho menos se suprime. Lo explicaba el papa San León Magno, hacia la mitad del siglo V, en uno de sus célebres sermones: «Pedro, perseverando en la solidez que ha recibido, no abandona el timón de la Iglesia que le ha sido confiado (...). Él ahora, con mayor plenitud y eficacia realiza todo lo que le ha sido encomendado y cumple totalmente todos sus oficios y cuidados en Aquél y con Aquél que lo ha glorificado. Si, por tanto, algo hacemos y decretamos rectamente, si algo obtenemos de la misericordia de Dios por las plegarias diarias, es obra y mérito de aquél en cuya sede vive su potestad y es grande su autoridad»[40].

El fiel cristiano, por su pertenencia a Cristo instaurada por medio del bautismo, se encuentra en una relación especial con Pedro; con Pedro aquí abajo, en la visibilidad propia de la Iglesia peregrina, porque el ser «Cristo en la tierra», en el modo característico y propio que corresponde al Príncipe de los Apóstoles, nunca se pierde, a pesar de su martirio y, por tanto, su desaparición física. Sucede así porque en los Romanos Pontífices permanece el ministerio petrino: ellos siguen siendo Pedro y, por tanto, «Cristo en la tierra».

Pedro en la vida diaria del cristiano

Las consideraciones precedentes nos han ayudado a comprender mejor por qué Pedro —decir el Papa y decir Pedro es en la práctica lo mismo— ocupa un lugar tan alto en la jerarquía del amor. Un lugar tan cercano a Cristo, precedido tan sólo por el de Nuestra Señora, encuentra su razón de ser en la peculiar relación vicaria de Pedro respecto a Cristo. Ahora bien, así como el ser Cristo, que constituye la esencia de la vida cristiana, encuentra múltiples expresiones en la cotidianidad de nuestra existencia, análogamente nuestra relación con el «Cristo en la tierra» pide que se traduzca en hechos concretos igualmente cotidianos.

Más que cualquier argumentación, aun bien razonada, sera quizá útil recurrir al ejemplo de vida vivida por el Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá. Siendo un sacerdote todavía joven, había adquirido el hábito de rezar todos los días el rosario por la persona y las intenciones del Romano Pontífice. Imaginaba encontrarse junto a él cuando el Papa celebraba la Santa Misa, y al terminar decía una comunión espiritual con el deseo de recibir el Santísimo sacramento de sus manos[41]. Esta prueba tangible de fe nos hace comprender que su lema «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!— todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María»[42], no era una mera frase bien conseguida, sino que expresaba un anhelo real de su corazón.

La unión con Cristo, buscada con empeño en la propia existencia, no puede, no debe quedar al margen del «Cristo en la tierra». Por tantas razones, su relación con Jesús, como sucesor de Pedro, es de tal modo singular que ningún otro la puede compartir; pero es también verdad que cada generación de cristianos está llamada a reproducir la actitud orante de la primera comunidad de Jerusalén: la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios[43]. La súplica puede subir incesantemente a Dios porque más allá de los momentos de oración —ya sea comunitaria, como en la liturgia de la Misa, ya sea individual—, todas las actividades humanas, si se ejercen con rectitud y se ofrecen a Dios, se unen al himno ininterrumpido de alabanza y acción de gracias, de expiación y de súplica que desde el Gólgota se alza al Padre celestial[44].

El edificio de la Iglesia, construido sobre Pedro, puede llegar a ser tan gravoso como para superar cualquier fuerza humana, pero al mismo tiempo la oración ininterrumpida de toda la Iglesia posee una fuerza capaz de alzar cualquier carga, aunque sea muy pesada. Si además la oración se encarna y, por decirlo así, se materializa en el sacrificio, entonces se enriquece todavía más por la potencia de la Cruz. Es ésta la convicción que expresan las palabras de Juan Pablo II, en su meditación sobre el sufrimiento: «La Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren casi un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. Con qué frecuencia precisamente a ellos recurren los pastores de la Iglesia, y precisamente junto a ellos buscan ayuda y apoyo!»[45]. En esta alusión a los pastores, discretamente velada por el uso del plural, se trasluce la confianza del Papa, confirmada por la experiencia personal, del sostén que le ofrece la fidelidad en el dolor de innumerables cristianos, anónimos para los hombres, pero cuyas oraciones, bien conocidas para Dios, suben a Él como incienso de suavísimo olor[46].

La unión efectiva y efectiva con el Papa hace de este modo que la oración esté acompañada por la obediencia. «Pensad, queridos hermanos y hermanas, hijas e hijos míos, que esta tremenda herencia, que Jesús ha dejado al Papa, de pastorear a todo el rebaño, también aquel disperso y que no lo reconoce como Pastor, puede ser aligerada, sostenida e incluso condividida por la obediencia y la docilidad de nosotros que tenemos el honor, el orgullo y la fortuna de llamarnos católicos»[47].

Acoger sinceramente las enseñanzas y las disposiciones del sucesor de Pedro es expresión plena y verdadera del deseo de unión con Cristo, de aceptación de su palabra. Esto incidirá ciertamente en la conducta personal y se convertirá, a través del ejemplo y la palabra clarificadora, en apostolado eficacísimo, contribuyendo eficazmente a la unidad de la Iglesia, puesto que hace más fuerte la comunión de los fieles con la Cabeza visible de la Iglesia. En el caso de que sea necesario rectificar criterios de acción y opiniones, incluso radicadas, tal fidelidad, que no raramente se encontrará en contraste con modas de pensamiento y valores generalizados, será la demostración real de que se está apoyando sobre el fundamento de roca de la Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella[48].

Antonio Miralles

Pontificia Universidad de la Santa Cruz

[1] JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 135.

[2] Cfr. Ef 5, 1-2.

[3] Rm 5, 5.

[4] Const. dogm. Lumen gentium, 27a.

[5] Decr. Presbyterorum Ordinis, 2c.

[6] Const. dogm. Lumen gentium, 21a.

[7] Hech 2, 37-38.

[8] Cfr. C. SPICQ, Teología Moral del Nuevo Testamento, I, Ed. Universidad de Navarra, Pamplona 1970, p. 61.

[9] Véase la admonición de Ananías a Saulo: Levántate y recibe el bautismo y lava tus pecados, invocando su nombre (Hech 22, 16).

[10] Pues fuimos sepultados juntamente con él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Pues si hemos sido injertados en él, con la semejanza de su muerte, también lo seremos con la de su resurrección (Rm 6, 4-5). Sepultados con él por medio del bautismo, también fuisteis resucitados con él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos (Col 2, 12).

[11] Viviremos con él (Rm 6, 8); vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 11).

[12] Gal 3, 27.

[13] Revestidos de fuerza (Is 51, 9). El Señor reina, se cubre de esplendor; el Señor se reviste, se ciñe de fuerza (Sal 92, 1). Sea cubierto de vergüenza e ignominia quien me insulta (Sal 34, 26). Me había revestido de justicia como de un vestido (Job 29, 14).

[14] Cfr. F. MESSNER, La lettera ai Galati ("Commentario teologico del Nuovo Testamento", IX), Paideia, Brescia 1987, pp. 408-409.

[15] Cfr. Gal 3, 26-29.

[16] Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aun siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12, 12-13).

[17] Cfr. H. SCHLIER, La lettera agli Efesini ("Commentario teologico del Nuovo Testamento", X/2), Paideia, Brescia 19732, pp. 132-134.

[18] Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él (1 Cor 12, 27).

[19] Cfr. Ef 1, 22-23; 4, 15-16; 5, 23; Col 1, 18; 2, 19.

[20] Él es, en efecto, nuestra paz; el que hizo de los dos pueblos uno solo (...); de ese modo creó en sí mismo de los dos un hombre nuevo, estableciendo la paz, y reconciliando a ambos con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo a la enemistad (Ef 2, 14-16).

[21] Cfr. SCHLIER, o.c., pp. 207-209.

[22] Por lo tanto, ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, sobre quien toda la edificación se alza bien trabada para ser templo santo en el Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados, para ser morada de Dios por el Espíritu(Ef 2, 19-22).

[23] Mt 16, 18.

[24] Cfr. J.M. CASCIARO RAMÍREZ, Qumrân y el Nuevo Testamento (Aspectos eclesiológicos y soteriológicos), EUNSA, Pamplona 1982, pp. 64-66, 70-73, 135-139.

[25] Sobre esta piedra (pétra) edificaré mi Iglesia. Pétra es el fundamento natural sobre el que se apoya el artificial (themélion); la distinción entre estos dos fundamentos aparece clara en la parábola del hombre sabio que construyó su casa sobre la roca: es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo y puso los cimientos (themélion) sobre la roca (epì tên pétran) (Lc 6, 48).

[26] La interpretación de este pasaje como promesa hecha a Pedro del primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia ha sido solemnemente definida por el Concilio Vaticano II, Const. dogm. Pastor Æternus, 18-VII-1870, cap. 1 (DS 3053-3054).

[27] Cfr. Sal 30, 4; 2 Sam 23, 3; Is 17, 10.

[28] Tractatus IV in Natale eiusdem, 2: CCL 138, p. 19.

[29] Es lo que hemos visto arriba siguiendo los textos de Ef 2, 16, 19-22.

[30] 1 Pe 2, 4-5.9.

[31] Cuidad de vosotros y de toda la grey, en la que el Espíritu Santo os puso como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su sangre (Hech 20, 28).

[32] «Vosotros sabéis bien que Cristo dejó a su vicario, y esto lo hizo para remedio de nuestras almas; porque no podemos tener salud, más que en el cuerpo místico de la Santa Iglesia, cuya cabeza es Cristo, y nosotros somos los miembros. Y el que no sea obediente a Cristo en la tierra, el cual hace las veces de Cristo en el cielo, no participa del fruto de Hijo de Dios» (SANTA CATALINA DE SIENA , Le lettere, III, a cuidado de P. Misciatelli, COE Giunti — G. Barberà, Firenze 1970, pp. 207-208)

[33] Jn 10, 11.

[34] Porque así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él (...). Buscaré la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que está gorda y robusta la exterminaré: las pastorearé con justicia. (...). Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor. Yo, Yahveh, he hablado (Ez 34, 11.16.23-24).

[35] Jn 10, 16.

[36] Doy mi vida por las ovejas (v. 15). Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo (v. 17).

[37] Cfr. M. GUERRA, Los nombres del Papa. Estudio filológico-teológico de varios nombres del Papa en los primeros siglos del cristianismo, ("Teología del sacerdocio", 15), Aldecoa, Burgos 1982, pp. 484-488.

[38] Acta Conciliorum Œecumenicorum, t. I: Concilium Universale Ephesenum, vol. I: Acta Græca, pars III: Collectio Vaticana, ed. E. SCHWARTZ, Walter de Gruyter, Berolini-Lipsiæ 1927, p. 60, líneas 32-34.

[39] Una parte de estas palabras del legado papal, el presbítero Felipe, ha sido retomada por el Concilio Vaticano I, Const. dogm. Pastor æternus de Ecclesia Christi, cap. 2: DS 3056.

[40] Tractatus III in Natale eiusdem, 3: CCL 138, pp. 12-13.

[41] «Durante años, por la calle, he rezado una parte del Rosario por la Augusta Persona y por las intenciones del Romano Pontífice. Me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa, y, al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús sacramentado» (Carta, 9-1-1932, n. 20: citado por ANA SASTRE , Tiempo de caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1989, pp. 331-332).

[42] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Forja, n. 647.

[43] Hech 12, 5.

[44] «Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre» (CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, 34b).

[45] JUAN PABLO II, Carta apost. Salvifici doloris, 11-II-1984, n. 27.

[46] Cfr. Ap 8, 3-4.

[47] ÁLVARO DEL PORTILLO, Homilía del 27 de junio de 1988: "Romana" 6 (1988/1) 108.

[48] Mt 16, 18.

  • Antonio Miralles