Dora me abrió los ojos

"La vida de Dora me hizo recapacitar en que todos necesitan ser atendidos, acogidos, alimentados, cuidados", cuenta M. Fernández.

Relatos y favores
Opus Dei - Dora me abrió los ojos

Soy periodista pero no me dedico exactamente al periodismo... Aunque tengo una página web en la que dos veces por semana me obligo a seguir en contacto con mi profesión de siempre. La de ahora también la escogí por voluntad propia, así que considero ambas al mismo nivel y si tuviera que dedicarme a otra distinta, las echaría en falta por igual. La semana pasada vi una película en la que los protagonistas son todos periodistas. En un momento dado, uno de ellos le pregunta a otro por qué decidió hacerse periodista. En la escena todo apuntaba a que la respuesta fuera magistral. Y si no lo fue, estuvo cerca: por curiosidad. Sencilla y rotunda.

Eso hizo Dora del Hoyo: Abrirnos los ojos. Ayudarnos a no despreciar el camino que lleva a valorar la vida de las personas empezando por lo esencial

Algo parecido me pasó a mí a la hora de valorar la posibilidad de dedicarme a las tareas del hogar cambiando el teclado por la tabla de cocina. O, si se prefiere, la pluma por la escoba. Curiosidad. Desentrañar el misterio por el que una mujer decide apostarlo todo por elevar el nivel profesional de unas tareas que, aún hoy, en no pocos ambientes se consideran en la periferia de la dignidad laboral. Eso hizo Dora del Hoyo: abrirnos los ojos. Ayudarnos a no despreciar el camino que lleva a valorar la vida de las personas empezando por lo esencial: garantizando su descanso, su cuidado y sus ganas de querer volver a casa cuanto antes.

Nunca llegué a conocerla personalmente, pero he oído y leído bastante sobre ella. No lo suficiente, porque cuando se trata de vidas de santos -pues pienso que Dora lo es- siempre hay detalles que descubrir. La vida de Dora me hizo recapacitar en que todos necesitan ser atendidos, acogidos, alimentados, cuidados.

En 1928, Dios dio una pincelada más en el cuadro de la historia de la humanidad. En esos años, le hizo entender a san Josemaría que, trabajando cada uno en lo suyo, con profesionalidad y por amor a Dios y a los demás, se podía llegar al cielo.

"Lo mejor es aquello que delante de Dios se ha hecho con más amor, y que redunda en un bien inmediato de todos. Decidme si la comida y la limpieza no redundan en un bien inmediato de todos". San Josemaría

Eso fue lo que le pasó a Dora (y a tantas otras personas) cuando vio que Dios le pedía formar parte del Opus Dei. Empezó a ver su profesión, en su caso el trabajo doméstico, como un medio para que Dios actuara en el mundo. Y Dios vio que podía contar con ella para hacerlo. Lo que Dora no sospechaba era que ese trabajo le llevaría 'tan lejos': era la autopista hacia la santidad. Y tampoco imaginaba que le conduciría a conocer a san Josemaría Escrivá de Balaguer tan de cerca, pues se dedicó a trabajar en estas tareas desde que llegó a Roma hasta el final de sus días, aprendiendo, directamente de sus enseñanzas, cómo realizarlas bien. De hecho, fue el propio san Josemaría quien dijo que: "Lo mejor es aquello que delante de Dios se ha hecho con más amor, y aquello que redunda en un bien inmediato de todos. Decidme si la comida y la limpieza no redundan en un bien inmediato de todos."

El desafío urgente que nos propone el Papa Francisco, proteger 'nuestra casa común', pasa por proteger los propios hogares. De modo que desde cada uno se irradie respeto por la naturaleza y por las personas. La ecología social comienza en la familia y desde ella alcanza progresivamente las distintas dimensiones. "En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados" (Laudato si', n. 213).

El trabajo doméstico bien hecho marca el ambiente de familia. Y esto fue lo que hizo Dora del Hoyo con pasión. Amaba su trabajo porque amaba la familia. Y supo contagiar a los que tenía cerca ese amor, haciendo realidad este deseo de un santo: que nuestros hogares -el de cada uno- sean hogares luminosos y alegres.

M. Fernández