Cuando los santos se encuentran. San Juan Pablo II y el beato Álvaro del Portillo

Mons. Joaquín Alonso fue durante muchos años uno de los principales colaboradores del primer sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, beatificado el 27 de septiembre de 2014. En este artículo —publicado en italiano en el n. 661 de la revista "Studi Cattolici"—, evoca algunos sucesos que manifiestan la sintonía que se creó entre el beato Álvaro y san Juan Pablo II.

Relatos y favores
Opus Dei - Cuando los santos se encuentran. San Juan Pablo II y el beato Álvaro del Portillo Abrazo de Juan Pablo II y Álvaro del Portillo el 18 de mayo de 1992, al día siguiente de la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer.

El cardenal Wojtyla conoció a Álvaro del Portillo cuando se lo presentó Mons. Andrea Deskur, íntimo amigo y compañero de seminario del cardenal Wojtyla, durante el Concilio Vaticano II, en un encuentro en la basílica de San Pedro.

Se volvieron a encontrar en noviembre de 1977, cuando fue invitado a almorzar por don Álvaro en la sede central del Opus Dei. El 17 de agosto de 1978, mantuvieron un segundo encuentro a la hora de la comida, en el que estuvo presente también Mons. Deskur. Don Álvaro aprovechaba esas ocasiones para explicar al cardenal aspectos del espíritu del Opus Dei y de las iniciativas apostólicas promovidas por todo el mundo.

Antes de los encuentros mencionados, el cardenal Wojtyla había estado tres veces en una residencia universitaria romana dirigida por fieles del Opus Dei, la RUI. Los sacerdotes que, animados por san Josemaría, trabajábamos en el CRIS (Centro Romano di Incontri Sacerdotali), organizábamos conferencias en la RUI sobre temas de actualidad. Como soy testigo directo, puedo contar algunos detalles.

El joven cardenal Wojtyla

En octubre de 1971, programamos unas conferencias sobre «La crisis de la sociedad permisiva». Abrió el ciclo el Profesor Jérôme Lejeune, el descubridor de las causas del síndrome Down, que había comenzado su gran batalla en favor de la vida y procuraba hacer ver la gravedad del aborto. Su conferencia se titulaba «¿Cuándo comienza un hombre?». Era la primera vez que el Profesor Lejeune dictaba una conferencia en Roma. La segunda conferencia del ciclo corrió a cargo de Augusto Del Noce, profesor de la Universidad de Roma «La Sapienza», y llevaba por título «En las raíces de una crisis». La tercera le correspondía al cardenal Joseph Höffner, arzobispo de Colonia. En esos días, se estaba celebrando en Roma un sínodo de obispos sobre dos temas: sacerdocio y justicia. El cardenal Höffner era el relator del primer tema y lo invitamos a hablar sobre «El sacerdote en la sociedad permisiva». Por ese motivo, mandamos invitaciones también a los padres sinodales y, efectivamente, asistieron bastantes.

Mons. Karol Wojtyla, entonces cardenal de Cracovia, junto con Mons. Joaquín Alonso, tras una conferencia del cardenal Höffner (a la izquierda) organizada en 1971 por el CRIS, en la RUI.

Recuerdo que, cuando estaba saludando a las personas que llegaban para oír la conferencia del cardenal Höffner, vi a un cardenal, joven, al que yo no conocía. Supe que era el cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia. Charlé con él y le pregunté si le podíamos hacer una entrevista sobre el sacerdocio, para publicarla en diversas lenguas. Nos atraía dar a conocer la voz de un arzobispo que padecía la falta de libertad del sistema comunista. Aceptó y, al cabo de unas semanas, nos entregó 31 folios escritos a mano, en polaco. Publicamos el texto en italiano, en la serie CRIS-Documenti que habíamos comenzado a editar. Posteriormente, se publicó también en varias lenguas, en diversos países.

En noviembre de 1972 organizamos otras conferencias sobre el tema «Violencia, Justicia y Redención». Los conferenciantes fueron el profesor Sergio Cotta, catedrático de la Universidad de Roma «La Sapienza», que habló sobre «Las raíces culturales de la violencia», el profesor Joseph Pieper, catedrático de la universidad alemana de Münster, que pronunció una conferencia titulada «La justicia hoy», y Mons. Franz Hengsbach, obispo de Essen —y más tarde cardenal—, que presidía Adveniat, la institución del episcopado alemán para ayudar a la Iglesia en Latinoamérica. Mons. Hengsbach habló de «La liberación operada por Cristo». También en esa ocasión estuvo presente el cardenal Wojtyla.

Una conferencia memorable

Estos antecedentes nos movieron a invitarlo a dar una conferencia. Aceptó y se programó para octubre de 1974. El tema del ciclo era: «Exaltación del hombre y sabiduría cristiana». La primera conferencia fue del profesor Peter Berglar, catedrático de la Universidad de Colonia, sobre «La historia universal y el Reino de Dios»; la segunda la dio el profesor Antonio Millán Puelles, catedrático de la Universidad de Madrid, sobre «El problema ontológico del hombre como criatura», y la del cardenal Wojtyla se tituló «La evangelización y el hombre interior».

Publicamos enseguida el texto de la conferencia en la colección CRIS-Documenti. Los organizadores sugirieron al cardenal Wojtyla citar algunas palabras del fundador del Opus Dei. En su conferencia, casi al final, añadió estas palabras: «¿De qué manera, plasmando la paz de la tierra, el hombre plasmará su rostro espiritual? Podremos responder con la expresión tan feliz, y a personas de todo el mundo tan familiar, que monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha difundido desde hace tantos años: “santificando cada uno el propio trabajo, santificándose en el trabajo y santificando con el trabajo”» (Cfr. La fede della Chiesa. Interventi del Card. Karol Wojtyla. Milán: Ares, 1978. Pág. 76).

Mons. Karol Wojtyla y Mons. Joaquín Alonso, 1971, en la Residenza Universitaria Internazionale.

Los primeros encuentros con el nuevo Papa

Al día siguiente de la elección de Juan Pablo II, Mons. Álvaro del Portillo tuvo la imprevista ocasión de encontrar y ser abrazado por el nuevo Papa, en el Hospital Gemelli, donde estaba internado Mons. Deskur, porque el día antes este había sufrido un ictus cerebral y el Santo Padre fue enseguida a visitarlo. Don Álvaro, justo a la misma hora, había también ido al hospital con el mismo propósito.

Pocos días después, Mons. Del Portillo quiso ir a rezar a la Mentorella, un pequeño santuario mariano en el Lacio, adonde el cardenal Wojtyla solía ir cuando estaba en Roma. Desde allí, envió una tarjeta postal al Santo Padre diciéndole que contara con los millares de misas que los fieles del Opus Dei estaban ofreciendo por el Papa. Pocos días después, el Romano Pontífice llamó por teléfono para dar las gracias. Don Álvaro pidió a don Stanislaw Dziwisz, el secretario particular de Juan Pablo II, poder ver al Papa, que lo recibió al día siguiente: fue una audiencia de carácter familiar que tuvo lugar en el apartamento privado del Papa.

No mucho tiempo después, el 5 de diciembre de 1978, don Álvaro le hizo llegar la noticia de que para el día siguiente, fiesta de san Nicolás, tenía preparadas las naranjas que se suelen regalar los polacos en esa fecha. El Papa se sorprendió de que supiera eso y aceptó que fuera la mañana siguiente. Don Álvaro, junto con las naranjas, le llevó varios libros del fundador del Opus Dei que interesaron mucho al Papa y que después hizo colocar en el despacho donde trabajaban quienes le ayudaban a preparar discursos, homilías, etc.

En aquellos meses, tuve la gracia de que el Papa —que tenía previsto un viaje a México para reunirse con la Conferencia del Episcopado Latinoamericano— me pidiera que fuera a desayunar o almorzar con él, para hablarle en español.

El  6 de diciembre de 1978, Mons. Del Portillo, siguiendo una costumbre polaca, entrega un regalo al Papa con ocasión de la fiesta de san Nicolás. En segundo plano están Mons. Stanislaw Dziwisz, Mons. Javier Echevarría y Mons. Joaquín Alonso.

Y la basílica se llenó

El Santo Padre tomó un gran afecto a don Álvaro, por la diligencia con que siguió algunas cuestiones en las que le pidió ayuda. Una fue con motivo de la ordenación episcopal de su sucesor en la sede de Cracovia, Mons. Macharski, que el Papa deseaba celebrar en la basílica de San Pedro el 6 de enero de 1979. El Papa quería que la ceremonia tuviera lugar en el altar de la Confesión —el altar central de la basílica, situado debajo del baldaquino de Bernini—, pero le dijeron que, como era probable que no fuera mucha gente a la ordenación, sería mejor que se desarrollara en el altar de la Cátedra, que está al fondo de la basílica. El Papa, en una comida, me dijo que le preguntara a don Álvaro qué le parecía. Don Álvaro me encargó que le dijera al Papa que podía celebrar en altar de la Confesión y que le asegurara que asistirían muchas personas. Efectivamente, Mons. Del Portillo movilizó a muchísima gente de toda Italia y la basílica se llenó. El Papa estaba feliz, y al final de la misa agradeció al Opus Dei.

En otra ocasión, el Papa hizo saber a don Álvaro que, cuando estaba en Cracovia, celebraba todos los años, en Adviento y en Cuaresma, una misa para estudiantes universitarios. Le pedía sugerencias a don Álvaro para retomar esa costumbre suya en Roma y este le recomendó que encargara hacer invitaciones impresas, que se pudieran distribuir personalmente, en las que se leyera el día y la hora de la Misa y se indicara que dos horas antes habría confesiones. También le sugirió que se colocaran en la basílica de San Pedro unos 40 confesonarios. Al Papa le encantó la idea y la misa para universitarios se celebró a partir de 1979.

Vista parcial del interior de la basílica de San Pedro (Foto: Simon Roghneen)

Una visita matutina

Como ya he dicho, en 1979 el Papa había decidido ir a México, con el objeto de participar en un importante encuentro con el episcopado latinoamericano, en la ciudad de Puebla, para tratar cuestiones de importante actualidad para la Iglesia en aquel momento, como la teología de la liberación. Con ese fin, deseaba poner al día sus conocimientos de la lengua española. Gracias a Dios, tuve la enorme suerte de que, a través de don Stanislaw, el Papa me llamara para ir a desayunar o a almorzar con él y hablarle en español: fueron unos meses inolvidables. Aprovechando mis visitas, don Álvaro le hacía llegar al Papa pequeños regalos, por ejemplo, una casete con canciones mexicanas, entre ellas una titulada “La Morenita”.

Don Álvaro me encargó también que le llevara al Papa un vídeo sobre el Opus Dei, que había preparado el conocido locutor de la televisión italiana Alberto Michelini, entrevistando a matrimonios de diversos países. Al final, en el documental aparecían algunos pasajes de la homilía en español que el cardenal König, arzobispo de Viena, había leído cuando, en agosto de 1978, había ordenado a unos 40 sacerdotes del Opus Dei en el santuario mariano de Torreciudad. Le llevé el vídeo diciéndole que al final había palabras en español. El Papa lo agradeció. Un detalle bien gracioso es que una mañana —me solía llamar la noche anterior— me llamó don Stanislaw para que fuera a desayunar con el Santo Padre. Por diversos motivos, llegué tarde y el Santo Padre ya estaba en el comedor; lo encontré mirando el televisor que tenía enfrente y riéndose mucho. Estaba viendo el vídeo que le había enviado don Álvaro y, concretamente, una escena en la que el periodista interrogaba a un matrimonio africano, con su niño. La señora contestaba velozmente a las preguntas, mientras el marido no hacía más que asentir pausadamente con la cabeza. Entonces el Papa me dijo: «Mira, las mujeres hablan y los hombres tenemos que estar callados».

Durante un encuentro en 2001, san Juan Pablo II saluda a Mons. Joaquín Alonso, mientras le hace una broma respecto a su calva.

Canciones mexicanas para rezar

Me acuerdo también de otro suceso, que tuvo lugar años después, en 1981, cuando el Papa estaba ingresado en el Hospital Gemelli, después del atentado contra su vida. Uno de los días en que don Álvaro fue allí para hacer saber cuánto rezaba por el Santo Padre, le dijo a don Stanislaw que nos marchábamos de Roma dentro de pocos días y que deseaba contar con la bendición del Papa, para el viaje. Don Stanislaw nos pidió a don Álvaro, a don Javier Echevarría y a mí que entráramos. Don Álvaro se arrodilló ante la cama del Papa, besó su brazo y le pidió la bendición. Cuando, después de un rato, ya íbamos a salir, don Álvaro se fijó en que Juan Pablo II tenía algo encima de su cuerpo, que quizá le podía molestar y le preguntó qué era. El Papa le respondió: «La casete con canciones mexicanas que usted me mandó en 1978, y que me ayudan para hacer oración».

La imagen de la Virgen en la Plaza de San Pedro

Otro hecho significativo tuvo lugar unos meses antes, en el marco del congreso UNIV, organizado por el Istituto per la Cooperazione Universitaria que sacan adelante algunas personas del Opus Dei. Se trata de una reunión internacional para estudiantes de muchos países, que se organiza en Roma durante la Semana Santa, con el fin de tratar algún tema de actualidad. Durante esas jornadas, se pedía siempre una audiencia con el Santo Padre, ya desde el pontificado de Pablo VI. Juan Pablo II recibió a los jóvenes congresistas todos los años de su pontificado, excepto el lunes santo de 2005, porque estaba ya muy grave, aunque mandó un mensaje que leyó Mons. Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado. Durante la audiencia concedida al UNIV en 1980, un universitario del Opus Dei comentó al Santo Padre que en la Plaza de San Pedro había muchas imágenes de santos, pero ninguna de la Virgen, y que le parecía que habría que poner alguna. El Papa le respondió: «Molto bene, molto bene!».

Contaron este hecho a don Álvaro y enseguida encargó al arquitecto Javier Cotelo que pensara dónde se podría colocar una imagen de la Virgen, que se viera bien desde la Plaza de San Pedro, de manera que atrajera las miradas de todos los cristianos que acuden a Roma videre Petrum: para ver al Papa. El arquitecto Cotelo hizo un proyecto que preveía la colocación de un mosaico de la imagen Mater Ecclesiae (cuyo original está dentro de la basílica) en un lugar bien visible desde la plaza: una esquina del palacio apostólico. Al Papa le gustó mucho la idea e indicó que se llevara a cabo. El 8 de diciembre de 1981, durante el rezo del Ángelus, el Papa bendijo la imagen desde la ventana de su despacho.

Imagen de la Virgen "Mater Ecclesiae" en la Plaza de San Pedro (Foto: B. Jerabek)

En aquella ocasión, el Papa comentó: «En el marco de esta plaza estupenda faltaba una imagen, que evocase también visiblemente la presencia de Aquella a quien “la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como Madre amantísima con afecto de piedad filial” (Lumen gentium, 53). Estoy contento de inaugurar, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, este testimonio de nuestro amor y devoción [...]. Ahora bendeciré la imagen de la Virgen “Madre de la Iglesia”, manifestando el deseo de que todos los que vengan a esta Plaza de San Pedro eleven hacia Ella la mirada, para dirigirle, con sentimiento de filial confianza, el propio saludo y la propia oración».

Para don Álvaro esta decisión del Papa supuso una enorme y conmovedora alegría. También por la delicadeza del Santo Padre, que lo invitó dos días después a concelebrar en su capilla privada y a desayunar con él. Juan Pablo II expresó su satisfacción por haber colocado la imagen de la Virgen Mater Ecclesiae en aquel lugar. Y más tarde le haría llegar, como agradecido recuerdo, el gran cartón donde se dibujó la imagen para preparar el mosaico.

El último saludo

Mons. Del Portillo tuvo la gran alegría de participar en la beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer, celebrada por el Papa el 17 de mayo de 1992. Y un gran detalle del cariño fue la visita de Juan Pablo II a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, el día de la muerte de don Álvaro, para rezar ante los restos mortales de ese fiel hijo suyo.

El 23 de marzo de 1994, Juan Pablo II acudió a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz para rezar ante el cuerpo de Mons. Álvaro del Portillo