
No sé cómo explicarlo
María Luisa, madre de familia y funcionaria de justicia. En este testimonio habla de la libertad interior y la cercanía de Dios en la vida ordinaria
22 de febrero de 2008
Yo entonces tenía once, doce, trece años, y no lo podía remediar: donde iba, la armaba. Un día fui a un retiro, me encontré con un micrófono y a todas las que pasaban les iba diciendo a sus espaldas, escondiéndome para que no me vieran, con voz cavernosa: “Hola, soy Dios y he venido a decirte que…”; y se pegaban un susto de muerte. A otro retiro fui con mi cafetera, la instalé en el cuarto para hacerme un cafelito de vez en cuando, la enchufé y… fundí los plomos de toda la casa.
Tenían bastante paciencia conmigo, pero claro, aquello no era plan… Aparentemente era una de esas chicas que no se enteran de nada. Luego crecí, pasé de los clubes y comencé a vivir mi vida. Decidí divertirme y pasármelo bien. Fue un tiempo en el que me reía mucho, pero por dentro estaba inquieta: me faltaba algo.
A los veinte años una amiga mía me planteó la posibilidad de entregarme a Dios en la Obra. No recuerdo que le contesté a la pobre, pero debió ser algo del tipo: ¡Pero qué me estás contando, criatura!
Y volví a pasar de nuevo... Alguno puede pensar que la formación cristiana que había recibido por un oído me entraba y por otro me salía… Pero la verdad es que mucho se había quedado dentro: muchísimo más de lo que yo creía.
Fue poco tiempo después, en Misa, cuando volvía de comulgar. Vi claramente que Dios me pedía que me entregara plenamente a Él y en concreto, como supernumeraria. Y aquí me tienen ustedes, casada, con cuatro hijos y trabajando en un juzgado –soy funcionaria de justicia-, como tantas sufridas madres de nuestro tiempo, procurando vivir el espíritu del Opus Dei lo mejor que puedo.
A veces pienso: ¿qué haría Jesucristo si estuviera en mi puesto de trabajo? Y me lo imagino atendiendo el teléfono, ordenando los papeles, charlando con el público. Con qué serenidad trabajaría, con qué alegría…
Es curioso: estoy descubriendo poco a poco la verdad de muchas cosas que llevo escuchando -gracias a mis padres y a los clubes-, desde que era pequeña. Por ejemplo, qué significa eso de “santificar el trabajo”. Antes pensaba que se trataba de ofrecerlo a Dios, y con eso bastaba... Y no; es mucho más: porque cuando trabajas cara al Señor todo cobra una nueva dimensión…
El espíritu del Opus Dei le da un colorido formidable a la vida, y al mismo tiempo, la vuelve mucho más sencilla. Te descomplicas, te liberas… sí; y te vuelves mucho más libre. ¡Si la gente, que tiene tantas ansias de libertad, supiera la libertad interior y las alas que da el esforzarse por estar cada día más cerca de Dios! Cuanto más le amas, más liberada te sientes. Con razón decía san Agustín: “ama y haz lo que quieras”.
El otro día estaba yo fregando los platos y pensaba: ¡Dios mío, si estoy fregando platos y te estoy amando!
Eso te da una felicidad, una libertad… no sé como explicarlo.
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SAN JOSEMARÍA
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09 de febrero de 2010

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