X. RETRATO

Biografía del Fundador del Opus Dei de Peter Berglar

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No existe el retrato de una persona: existen imágenes de la niñez, de la juventud, de la vejez; imágenes de los diversos momentos y etapas «biológicas»: el niño pequeño en la cuna, el muerto en la capilla ardiente; y todo lo que cabe entre medias: Pepito al terminar el bachillerato; Isabelita, de novia; Napoleón a los veintisiete años en la batalla de Arcole; Goethe a los sesenta tomando baños en Karlsruhe... «Éste soy yo -decimos cuando hojeamos el álbum de fotografías- el día de mi Primera Comunión...» «Como soldado...» «Cuando me nombraron alcalde...» Y no es posible superponer, por decirlo así, todos los retratos de una persona y fundirlos en una sola imagen; reconocemos en su sucesión y en su totalidad un individuo que mantiene su identidad entre la concepción y la muerte. Y aún más allá, para toda la eternidad.

Esta identidad puede ser difícil de captar desde fuera: entre el retrato del joven Rembrandt y el del Rembrandt viejo casi no advertimos semejanza alguna; se dan a veces cambios de tal magnitud, que la identidad no puede ser comprobada con medios humanos, como es el caso de la desdichada «Gran Duquesa Anastasia» de Rusia (1). Por el contrario, Monseñor Escrivá ofrece un ejemplo de sorprendente similitud en todas sus fotografías y retratos a lo largo de siete decenios; si se prescinde del proceso natural de envejecimiento, no existen diferencias esenciales entre el Escrivá de diecisiete y el de setenta años. Su rostro conservó hasta el final una expresión juvenil, casi de chico joven, debido, tal vez, al perfil relativamente suave, al mentón redondeado, a las mejillas algo regordetas, a la exacta raya del corto pelo, que empezó a cubrirse de canas relativamente tarde, y, sobre todo, a aquella sonrisa que muy a menudo surgía alrededor de los ojos y de la boca; una sonrisa que, de modo inconfundible, reunía en sí calor, picardía y libertad de espíritu (e imperturbabilidad) en sus diagnósticos. Era un rostro sin huella alguna de flojera, de amargura, de cerrazón; un rostro que nunca era una máscara, que siempre acudía «sin defensas». Los dolores y luchas interiores o el ascetismo no habían «marcado» su rostro; no proporcionaba información alguna sobre preocupaciones, congojas y apuros, inspiraciones sobrenaturales y tentaciones; no era un escenario. Y, por lo tanto, no era «interesante», como puede serlo el rostro de Beethoven o el de Einstein. En su cara se refleja lo que significa la filiación divina: tranquilidad, paz, serenidad y alegría; esto es lo que irradia. Un Fundador del Opus Dei en cuya expresión hubiera predominado el desgarramiento interior o la congoja, la inquietud o el éxtasis, hubiera sido un testimonio en contra suya y en contra del espíritu del Opus Dei.

Todas las fotografías suyas de que disponemos (cientos se han publicado y miles no se han publicado o no están archivadas) tienen algo en común: siempre muestran a un Escrivá totalmente natural. Nunca «tenía vergüenza», no se «pavoneaba», no hacía gestos estudiados, no ponía una mirada «interesante» o «de sufrimiento» o de «estar ausente», ocupado por pensamientos importantes. No adoptaba una actitud de «cercanía al pueblo» o de «academicismo». Siempre era él mismo: auténtico y veraz en cada situación. Para poder ser, como dice San Pablo (1 Cor 9, 22); «todo para todos», hace falta saber y sentir lo que cada uno y todos juntos (hoy, ahora y aquí) necesitan más urgentemente y lo que están en condiciones de entender. Y éste fue un don que poseyó el Fundador del Opus Dei; poseía como unos «rayos X espirituales» que le ayudaban a leer en los corazones..., rayos del Amor de Cristo, rayos que no hieren ni fuerzan la voluntad, sino que sanan y atraen.

Gozaba de una gran seguridad, que observamos en las películas y que confirman todos los que le conocieron; pero no porque estuviera seguro de sí mismo como lo suele estar cualquier poderoso (grande o pequeño) de la tierra, que parece «deberse a sí mismo». Empleamos el término seguridad en el sentido de «asegurado»; asegurado por la presencia de Dios en él y a su alrededor, una presencia que, en la vida de don Josemaría, fue adquiriendo mayor densidad e intensidad, hasta llegar a empapar y envolver todas las demás realidades. Esto es lo que se quiere decir cuando se afirma que veía las cosas «con visión sobrenatural» : veía el mundo y los hombres, lo grande y lo pequeño, bajo la luz de la presencia de Dios. Y ésta es la razón por la que -excepto cuando se le alababa o se le agasajaba en público- nunca se sentía confundido; es inimaginable que enrojeciera, empezara a tartamudear, perdiera la naturalidad y la espontaneidad sólo por estar ante una persona de posición «superior», fuera quien fuese. Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer, en los años cuarenta, dirigió unos días de retiro espiritual al jefe del Estado y a su familia, consideró que no le vendría mal una meditación sobre la muerte. El jefe del Estado escuchó con atención sus consideraciones espirituales sobre este punto y dijo que, desde luego, había pensado alguna vez en este asunto, y que tenía tomadas las medidas oportunas. Se ve que en aquel momento la muerte para él significaba fundamentalmente un problema político... Más tarde, cuando el Obispo de Madrid tuvo conocimiento del hecho, le comentó en la primera ocasión en la que coincidieron: «Después de ésta, en España nunca será Obispo...» «Me basta -contestó el Fundador del Opus Dei- ser sacerdote.» También en Franco veía, antes que nada, un alma: nunca se le habría ocurrido aprovechar su predicación para ejercer cualquier tipo de influencia terrena.

Como su porte exterior, también el desarrollo de su personalidad estuvo determinado por una coherencia interior y una continuidad inalterables. No hubo rupturas, cambios repentinos ni transformaciones inesperadas. Para los psicólogos, detectives privados y novelistas no plantea un tema con «suspense». Este tipo de personas busca figuras complicadas, incluso trágicas si es posible. Lo santo y los santos les resultan extraños, poco interesantes, aburridos... Y santidad es lo que buscaba Monseñor Escrivá, nada más y nada menos; una santidad que no era otra cosa que el amor a Dios vivido realmente. Y aunque casi no podamos imaginárnoslo, amaba a Dios, amaba a Cristo, con más pasión que Romeo a su Julieta, que Stauffenberg a su patria (2)... Y por eso no tenía más remedio que amar apasionadamente todo lo que ha salido y sale de las manos de Dios: el mundo y los hombres, cada hombre con el que entraba en contacto; y, además, quería contagiar a muchos ese amor, poniéndoselo ante los ojos como algo que se puede vivir, como algo realizable.

Todo esto, en su origen (o sea, como primer y supremo mandamiento divino) es muy sencillo, aunque por nuestra naturaleza debilitada sea bastante difícil llevarlo a la práctica; en cualquier caso, hay una cosa que no es: complicado. No deja sitio a la tragedia. Lo trágico siempre tiene que ver con complicaciones egocéntricas, con fracasos intramundanos y con culpabilidades subjetivas determinadas por factores externos que siempre parecen inevitables. Un «tragicismo cristiano» es una contradictio in se (3). La muerte de Cristo en la Cruz no fue trágica: superó la tragedia; el sacrificio del Amor perfecto arrancó las raíces de lo trágico, o sea la superbia vitae. «Nosotros no fracasamos nunca» (4). ¡Cuántas veces solía decir Monseñor Escrivá que Dios no pierde batallas! Incluso en aquellos momentos en los que tuvo que contar con la posibilidad real de no sobrevivir a la Guerra Civil, tampoco lo veía como un hecho trágico, sino que se limitaba a preguntar a cada uno de sus (aún pocos) hijos: «Si a mí me mataran o me muriese ahora, ¿tú seguirías adelante con la Obra?»... (5). Un «sí» firme le bastaba. En dos ocasiones, en 1933 y luego en 1941, cuando arreciaba la persecución a la Obra, Dios permitió que se quedase a oscuras y que el demonio le tentara con el pensamiento de que al fundar la Obra quizá se hubiera buscado a sí mismo. «¡Señor, si el Opus Dei no es para servir a la Iglesia -fue su respuesta inmediata-, destrúyelo ahora mismo!» (6). Y si hubiera sido así, tampoco se hubiera considerado un «héroe trágico», sino tan sólo un pecador que vuelve a Dios, pues de sí mismo decía que cada día volvía muchas veces como el hijo pródigo a casa de su padre.

Cuando la Iglesia Católica beatifica o canoniza a una persona, lo que da a entender y proclama es que, de acuerdo con las normas y las exigencias previstas por la autoridad eclesiástica, se ha demostrado el grado heroico de las virtudes con las que el Siervo de Dios ha procurado la imitación de Cristo. Por supuesto que sólo Dios conoce cada alma en su totalidad; sólo Él sabe cuál es su «grado» de santidad, es decir, de Amor a Dios y a los hombres. Por eso desconocemos el número de los «santos». Por la gracia de Dios, seguro que es mucho mayor del que encontramos en el santoral. La no-canonización no significa, pues, no-santidad; pero, al revés, la canonización certifica con seguridad la santidad de este cristiano concreto, conocido e «investigado» en todas sus particularidades biográficas. Y es muy lógico que sea así: parte de la vida interior e histórica del Cuerpo Místico de Cristo, de la Iglesia, consiste en que siempre haya miembros suyos que se identifiquen plenamente con Cristo (en cuanto que esto es posible al hombre); y también es lógico que este hecho sea visible para la totalidad de la Iglesia, de los cristianos, de todo el mundo. El Fundador de la Iglesia ha querido fortalecernos y animarnos al darnos la posibilidad de apoyarnos en hermanos y hermanas especialmente fuertes y agraciados, por cuyo ejemplo sabemos que Dios no exige nada imposible, puesto que ellos han podido recorrer el camino. Una parte de la «pedagogía del Amor de Dios» consiste en mostrarnos de cuando en cuando, con absoluta claridad (por no decir «con toda dureza»), este hecho: es posible ser cristiano.Los conceptos de «demostración», «causa» y «efecto» son correctos e importantes, pues no se puede prescindir de la capacidad y competencia del espíritu humano para conocer la realidad, también la que se refiere a la vida sobrenatural. En el caso de una Canonización, que es una de las más importantes decisiones de la autoridad magisterial de la Iglesia, sería absurdo pensar que al final se obtuviera un resultado falso: la Iglesia no es la última instancia; bajo la luz del Espíritu Santo, sus juicios cobran un valor definitivo.

La santidad -canonizada o no- se hace patente-a su alrededor porque da testimonio de sí misma. Y ese testimonio no es otra cosa que el amor vivido a Dios y a los hombres; y vivirlo consiste en concretarlo en virtudes, tanto las que nos son dadas por la gracia (fe, esperanza y caridad) como las que son «naturales»: templanza, prudencia, fortaleza, justicia, temor de Dios... Para que conduzca a una canonización, esa concreción (por la que se esfuerzan muchos cristianos y muchos hombres en general, sin que la pueda medir nadie más que Dios) ha de ser visible y reconocida como algo extraordinario o, en el lenguaje eclesiástico, heroico. Lo cual significa que ha de traducirse en una lucha abnegada, sacrificada y, sobre todo, constante, por la perfección, sabiendo a la vez, con toda claridad, que ésta es inalcanzable en la tierra; lo cual, a su vez, quiere decir que el único motivo de esa lucha es el amor.

El retrato de Josemaría Escrivá de Balaguer contiene los rasgos de las «virtudes heroicas», en plural, pues como es sabido -y la práctica demuestra- ninguna virtud puede subsistir por sí sola; todas están concatenadas y se condicionan mutuamente, aunque no todas lleguen a alcanzar, al final de la vida, el mismo grado de «perfección imperfecta». En esto influyen mucho las condiciones naturales y las circunstancias personales de cada uno. Por otra parte, el heroísmo no consiste, en realidad, en aumentar lo que ya se tiene, sino en satisfacer las «deudas» y transformarlas en «capital». Amamos (e imagino que Dios también ama) la valentía de un Tomás Moro, porque por naturaleza era temeroso; y la dulzura de un Francisco de Sales, porque tendía a la cólera; y la pureza de un Luis Gonzaga, porque tenía que vivir en un ambiente de corrupción...

¿Qué significa la expresión «murió con fama de santidad»? La fama es algo así como el «promedio» o, como dicen los matemáticos, la «media aritmética» de todas las afirmaciones que corren sobre una persona, aquella imagen de una persona que predomina a su alrededor. Aunque la fama no es un hecho objetivo y se pueden dar falsificaciones enormes e incluso trágicas, la experiencia y las reglas de la probabilidad indican que una fama decididamente buena o decididamente mala suele ser reflejo verdadero de la personalidad de un individuo; en la mayoría de los casos, la fama suele corresponder a la realidad. Sin embargo, hay posibilidades de error; y como la mala fama es algo que casi no se puede erradicar, mientras que la buena fama es fácilmente vulnerable, aquélla suele ser una fatídica hipoteca y ésta un enorme bien. El daño injusto de la fama de una persona es, por eso, una de las acciones más viles que se pueden dar en la comunidad humana. La «fama de santidad» es mucho más que la «buena fama»: significa que existe la convicción extendida, constante y fundada de que alguien ha imitado a Jesucristo de manera excepcional. Aunque no todos los que tuvieron que ver con Josemaría Escrivá de Balaguer le apreciaron, le entendieron o le llegaron a considerar como un sacerdote de vida santa, la fama de su santidad surgió bastante pronto (durante los años treinta); una fama que no sólo se fundaba en encuentros, vivencias personales u opiniones sobre su persona, sino también en su obra, el Opus Dei, pues también los miembros de la Obra daban, con su propia vida, un ejemplo convincente y eficaz de la santidad de su Padre.

El Papa Pío XII comentó a un Obispo australiano que Monseñor Escrivá «é un vero santo, un uomo mandato da Dio per i nostri tempi» (7); que «es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos»; y el Papa Pablo VI veía en él una de las personas que había recibido más carismas y que había correspondido con más generosidad a esos dones que lo que suele ser corriente (8). Uno de los testimonios más tempranos por parte de la jerarquía procede de Leopoldo Eijo y Garay. Tiene especial peso porque se trata de palabras dichas en 1942, en los años de mayores ataques contra la Obra y contra su Fundador, palabras que también toman postura ante la acusación de «secreto», habitual por aquel entonces: «Creer que don Josemaría Escrivá es capaz de crear una cosa secreta es absurdo -decía el Obispo-; es no conocerle. ¡Si es un hombre abierto, franco, como un niño! Don Josemaría -y por favor que esto no llegue a sus oídos- es un hombre bueno, es un santo verdadero. ¡Y qué patriota es! Pero, sobre todo, es un hombre santo. Estamos acostumbrados a venerar a los santos sólo en los altares y no nos acordamos que fueron hombres y anduvieron como nosotros por la tierra. Don Josemaría Escrivá, no le quepa a usted duda, es un santo al que veremos canonizado en los altares» (9).

Casi desde hacía tantos años como don Leopoldo, conocía al Fundador del Opus Dei don Marcelino Olaechea: desde 1930 (10). Por aquel entonces era Inspector Provincial de los Salesianos; más tarde fue director del colegio de los Salesianos en Madrid. En él, el Fundador del Opus Dei reconoció de inmediato una de las figuras que habrían de destacar en la Iglesia en España. Este sacerdote, culto, piadoso y muy preocupado por lo social, se dedicó desde el principio a la cura de almas y a la difusión de la doctrina católica entre los trabajadores jóvenes y entre los componentes de la clase media en toda España. En 1935 fue nombrado Obispo de Pamplona. Como ya comentamos, fue él quien, en diciembre de 1937, dio todas las garantías necesarias para que don Josemaría, que venía huyendo, pudiera entrar en la llamada «zona nacional»; además, en el primer momento le acogió en su palacio episcopal. Olaechea es, sin duda, uno de los Obispos que ha jugado un papel preponderante dentro del episcopado español... y también en la biografía del Fundador. Cuando fue nombrado Arzobispo de Valencia y Mons. Escrivá de Balaguer se fue a vivir a Roma, no pudieron verse ya con tanta frecuencia, pero siguieron manteniendo una relación estrecha, que forma también parte de la prehistoria de la Universidad de Navarra. «Yo le tengo -decía a su secretario- por un verdadero escogido, por un verdadero santo... Yo siento tener que morir antes que él y no poder testimoniar en su Proceso de Canonización. Testimonia tú en mi nombre, y haz presente en tu testimonio este mi encarecido ruego.» Comparaba a Escrivá con don Bosco o San Vicente de Paúl. No es casualidad que la preocupación por la formación intelectual y científica de los jóvenes en y fuera de España reuniera a estas dos personalidades y les llevara a emprender un empeño común.

Toda su vida y virtudes están pendientes ahora de la revisión y juicio de la Iglesia. No es posible ni conveniente adelantar resultados; pero es legítimo y natural que entretanto, en un período que, como muestra la historia de las beatificaciones, puede ser muy largo (11), nos ocupemos de una figura que, en cualquier caso, siempre será una de las grandes figuras cristianas de la historia.«Heroísmo», «heroico»: vocablos que ya no gozan de gran renombre... Este libro está lleno de palabras de ese tipo. Expresan contenidos que, al parecer, ya no tienen derecho a existir. ¿A quién le gustaría en nuestros días caer bajo la sospecha de «heroísmo», de actuar «heroicamente» o, peor aún, de sufrir «heroicamente»? Y, sin embargo, se trata precisamente de eso; pero hay que entenderlo bien, y para ello hay que superar también el envenenamiento semántico de las palabras.

¿Qué significa «heroico»? La gente ríe, o piensa: una locura. O quizá: fascismo puro... Monseñor Escrivá explicó el verdadero significado: heroísmo es la lucha constante contra la propia maldad, contra la tendencia al pecado y contra las malas inclinaciones, contra la debilidad de la voluntad y contra cualquier forma de pereza; una lucha cuyas armas son la oración, el sacrificio, el servicio y -lo subrayamos una vez más- la alegría: «Este es nuestro destino en la tierra -solía decir-: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias!» (12). En Villa Tevere y en muchos centros de la Obra se puede leer la inscripción «Vale la pena». Quiere decir: vale la pena luchar, porque en la lucha se encuentra la felicidad. Pero de esto es de lo que muchos cristianos ya no están convencidos. Profundamente inseguros, indiferentes o con miedo, han olvidado, reprimido o reinterpretado el sentido y la misión inherentes a su vocación. De los «hijos de este mundo», que, según nos dice el Evangelio, son en sus asuntos más astutos que los hijos de la luz (Lc 16, S), podrían aprender... para su vergüenza. En octubre de 1963 el Fundador descubrió en un muro romano un cartel en el que se podía leer: «Rinnova la tua tessera e porta un altro compagno», «Renueva tu carnet y trae a otro compañero» (13). Con estas palabras -que, originariamente, se referían a un partido político, quizá incluso a los «sembradores impuros del odio» (14)-, ¿no quedaba dicho todo lo que necesitan los cristianos, siempre y en todo lugar y especialmente en estos momentos? ¿No querían decir: «renueva tu fe y atrae a otro que quiera servir a Cristo y a Su Iglesia»?.

Más fe, un apostolado más intenso: no hubo un solo día en el que Monseñor Escrivá no sintiera esta llamada en su alma; la sentía cada vez con más intensidad y la transmitía a los demás cada vez con más urgencia. El Opus Dei -decía- es «una gran catequesis». El «afán por dar doctrina» había de ser una «pasión dominante» de cada miembro de la Obra (15)-'. Está claro que la fe, como la esperanza y la caridad, es una gracia, una «virtud infusa»; pero la fe comienza con el conocimiento y su enemigo mortal es la ignorancia religiosa. ¿Cuál es la mayor enfermedad de la Iglesia posconciliar sino una ignorancia creciente que se va generalizando cada vez más y de la que casi podemos decir que ya es endémica? Una generación sin catequesis (y «catequesis» no es la proclamación de teorías de teólogos y de opiniones personales de laicos o clérigos, sino el adoctrinamiento en el tesoro de la fe de la Iglesia, inalterable y fundamental) y las consecuencias son fatales: el edificio se agrieta, se hunde por un lado, revienta por otro, millones de almas se ven arrastradas por torrentes de errores. Y ¿dónde están los indicadores?... O se han tirado, o contienen indicaciones falsas; los que se tambalean en el torbellino ya no pueden reconocerlos entre las nieblas de los subjetivismos; no pueden leerlos porque están ciegos por la soberbia: son analfabetos del espíritu. Miles de veces pidió don Josemaría: «Adauge nobis fidem, spem, caritatem» (cfr. Lc 17, 5); «Auméntanos la fe, la esperanza, la caridad», sabiendo que el aumento presupone, en primer lugar, el alimento. Hasta su último día alimentó su vida interior, su oración, su trabajo cotidiano de dirigir la Obra, con la lectura de la Sagrada Escritura, con el estudio de los Padres de la Iglesia y de los grandes doctores, como un Santo Tomás de Aquino o una Santa Teresa de Jesús, y de libros teológicos que merecieran este nombre. Y para hacerlo, siempre se tomaba el tiempo que fuera necesario. Nunca se le hubiera ocurrido decir: ¿Para qué todo eso? Yo ya sé de qué va, y, en vez de leer y estudiar, puedo hacer otras cosas más importantes y necesarias... Porque siempre había en su vida cosas importantes y necesarias, pero nada era tan importante y tan necesario como el cumplimiento de las «normas» de piedad, la práctica diaria de la filiación divina; una práctica que presupone esfuerzo, continuidad y orden, para que no decaiga; algo que sabemos por experiencia y a lo que estamos obligados por amor.

Fe, esperanza, caridad: estas tres virtudes deben ser inseparables en la vida de cualquier cristiano y por supuesto lo fueron en la de Monseñor Escrivá. Esta «tríada» impregnaba su vida, dando a todas sus acciones esa forma excepcional de autenticidad que fue uno de los secretos de su atractivo. Siendo sacerdote, en Madrid, se enteró de que un joven estaba enfermo de muerte en casa de su hermana: una casa de prostitución. Don Josemaría pidió permiso al Vicario general, y, acompañado por un amigo de edad avanzada, fue a hablar con ella: «Sé que sucede esto y quiero que este hombre muera con los Santos Sacramentos (...) Volveré mañana, pero les pido un favor: que, por amor de Dios, no se ofenda mañana al Señor en esta casa». La pobre mujer tenía fe y aseguró que se cumpliría la condición. Al día siguiente regresó y el moribundo se confesó, recibió la absolución y la Extremaunción y comulgó. Don Josemaría le asistió hasta el final (16).

A menudo el Fundador del Opus Dei decía que tenía un solo corazón para amar; y este corazón no sentía de otra manera (de una manera, por ejemplo, más «abstracta», «teórica» o «esotérica») ante Cristo que ante los hombres, por los que el Hijo de Dios se había encarnado. Si uno de sus hijos fallecía en un accidente, lloraba como llora cualquier padre. Pero igualmente, o quizá con mayor intensidad, le dolía lo que podía sucederle a Jesucristo. Cuando, en 1974, estuvo en Perú, le mostraron fotos de un corrimiento de tierras sucedido tres años antes: parte de un pueblo -y la iglesia con su Sagrario y el Santísimo- habían quedado enterrados. El pensar en Jesucristo, presente en el Pan, encerrado en su Sagrario muchos metros bajo tierra, hasta que un buen día fuera consumido por la materia que Él mismo había creado, le impresionó de tal manera que pasó toda la noche en vela, adorando al Señor en el Santísimo Sacramento (17).

Su piedad se expresaba a través de una amplia gama de matices que iba desde el revivir interior de la Pasión hasta una «ocurrencia» despreocupada, casi pueril. En esto se parecía a Francisco de Sales o a Felipe Neri. Cuando, en 1944, surgieron problemas económicos especialmente graves, solía decir: «Pedidle al Señor que nos dé dinero, que nos hace mucha falta, pero pedidle millones, porque si todo es suyo, lo mismo da pedir cinco que cinco mil millones y, puestos a pedir ...» (18).

Saber reírse de uno mismo, con naturalidad y sinceridad, es el comienzo del buen humor. Monseñor Escrivá sabía que ni siquiera la contrición y la penitencia tienen que ser sombrías. Sobre el dolor verdadero se puede tender una sonrisa verdadera. En una ocasión, ante cierta contrariedad, «explotó». «Me enfadé... -cuenta- y después me enfadé por haberme enfadado.» En esta situación, yendo por las calles de Madrid, pasó por delante de una máquina automática que hacía fotografías. En ese momento el Señor quiso darle una lección sobre humildad y alegría: se hizo unas fotografías y se quedó con una de ellas: «¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía» (19).

Monseñor Escrivá de Balaguer solía decir que «el Dolor es la piedra de toque del Amor» (20). Con estas palabras quería expresar algo que es totalmente normal para un cristiano: el valor sobrenatural del sufrimiento. Es estremecedor darse cuenta de hasta qué punto este núcleo de la religión cristiana, este misterio central de la Redención, ha caído en el olvido, se malentiende o incluso se rechaza, y a veces con gran fuerza. No es otra la causa de la enfermedad espiritual de la cristiandad, de la que los católicos, sobre todo en la civilización de consumo del mundo occidental, tampoco están libres. Hace poco me comentaba un amigo que, gracias a los esfuerzos que se realizan a nivel mundial por superar el sufrimiento y el dolor y por desterrarlos de la vida individual y social, pronto se habría superado toda esa «teología de la Cruz». Aunque, añadía, hay que reconocer que la concepción cristiana tradicional de la miseria humana es de gran «astucia psicológica pues realmente ayuda a soportar mejor la desgracia en sus diversas formas... Como tantas otras veces, con esa ceguera se expresaba algo muy bien «visto»: si la aceptación y el ofrecimiento del dolor no tienen su fundamento en las virtudes infusas -fe, esperanza, caridad-, esos comportamientos quedan reducidos a conductas más o menos extrañas que hoy en día pertenecen al ámbito «científico», a la Psicología, mientras que en el pasado pertenecían más bien a un ámbito «ético», a la Filosofía, sea al estoicismo o al idealismo. Sin embargo, podemos constatar fácilmente que la superación del dolor partiendo de la filosofía, de la ética o de la psicología tiene los pies de barro y fracasa con frecuencia. Hay un síntoma claro de este hecho: el número de suicidios entre las personas que, real o supuestamente, sufren males incurables crece continuamente...

Querer vivir una virtud -cualquiera que sea- «heroicamente», pero sin sufrir, es imposible; sería incluso un contrasentido. La diferencia entre alguien que quiere ser una «buena persona» y alguien que aspira a la santidad, con el «heroísmo» que ésta supone, estriba precisamente en cómo se enfrenta con el dolor: las «buenas personas» lo rechazan, pero el que aspira a la santidad lo acepta e incluso lo busca por Amor. Ahora bien, la medida del heroísmo no se deduce de la magnitud objetiva del sufrimiento, sino de la intensidad subjetiva de la entrega a Cristo crucificado. Por eso, el Fundador del Opus Dei quería que su redescubrimiento de la «grandeza santificadora de las cosas pequeñas» se aplicara también a ese soportar los sufrimientos y la Cruz cotidiana de los cristianos.

Una Cruz absoluta, en su enormidad suprema, no suele ser lo normal, y, si llegara, tendríamos que confiar en que Dios nos concediera gracias extraordinarias para soportarla. Tampoco es fácil sentir en la piel los «alfilerazos» de las «astillas» de la Cruz y soportarlos durante toda una vida con buen humor, viendo en ello muchos regalos pequeños y grandes de Dios, nuestro Amigo; no, esto tampoco es fácil; es más, sería imposible sin ayuda de la gracia. Monseñor Escrivá de Balaguer fue recibiendo constantemente, a lo largo de su vida, esos «regalos». Al que ama la corona de espinas del Señor, Dios le suele regalar algunas espinas. Solía decir que el dolor es una «caricia de Nuestro Padre-Dios a sus hijos mimados» (21). Y, en este sentido, Dios le mimó bastante. Dolor por la muerte de personas queridas, dolor por las incomprensiones que tuvo que sufrir la Obra, dolor por las vocaciones perdidas, por las almas en peligro; dolor por el pecado, por el desprecio de Cristo, por las heridas de la Iglesia: todo esto formaba parte de la normalidad de su vida y de su trabajo. Y a esa misma normalidad pertenecía la enfermedad. No sólo en forma pasajera, sino constante. Durante diez años, entre 1944 y 1954, sufrió una grave diabetes con todo lo que supone: cansancio, trastornos de la vista, dieta, inyecciones. La curación extraordinaria de la diabetes, después de sufrir un gravísimo shock anafiláctico, no supuso tampoco que gozara desde entonces de una buena salud. A partir de 1966 surgió una insuficiencia renal e hipertensión arterial.

Nunca había tenido buena vista, pero en los últimos años empeoró alarmantemente. Sin la ayuda de unas gafas de alta graduación se quedaba prácticamente ciego; pero (con la excepción de Alvaro del Portillo y de alguno de sus más íntimos colaboradores) casi nadie lo sabía ni se daba cuenta. «Señor, ya no puedo más -ésta era su oración el 19 de marzo de 1975, fiesta de San José-, y sin embargo he de ser fortaleza para mis hijos; ya no _veo a tres metros de distancia y tengo que atisbar el futuro, para señalar el camino a mis hijos: ayúdame Tú: ¡que vea con tus ojos, Cristo mío!» (22).

Esta oración, a la edad de setenta y tres años, ya al final del camino, completa y perfecciona aquel «ut videam» del joven Josemaría. Las dos peticiones de luz fueron escuchadas: Dios le mostró cuál era su misión: fundar el Opus Dei y ser Opus Dei; y, para poder hacerlo, Cristo, digámoslo así, le prestó sus propios ojos. Realmente, la capacidad de don Josemaría para ver «con los ojos de Cristo» el mundo y las personas, los problemas y las tareas que debía cumplir en el presente y en el futuro, y la marcha del Opus Dei a través de los tiempos, fueron creciendo continuamente a partir de aquel 2 de octubre de 1928.

¿Qué significa ver con los ojos de Cristo?... Ver las cosas como las vio El. ¿Y cómo vio Jesús de Nazaret las cosas durante su vida sobre la tierra?... Con infinita misericordia y comprensión, suavidad y cariño; y, a la vez, casi en aparente contradicción, con inmensa claridad, justicia y exigencia. Ve a la adúltera y la perdona; ve la higuera y la maldice, aunque «no era tiempo de higos» (Mt 21,9; Mc 11,13; 20,21). A Jesucristo no le agradaba la dominación romana de su tierra, pero ordena cumplir los deberes cívicos con respecto a la autoridad estatal (Mt 22,17); ve en las almas de los fariseos, pero no rechaza el pago de los impuestos del Templo (Mt 17, 24-27). Su mirada siempre es plenitud de amor, de un amor que se convierte en hechos concretos, visibles e imitables para los hombres; un amor que actúa concretamente, de acuerdo con la situación, y específicamente: como indicación moral e incluso jurídica a determinadas personas en determinadas situaciones; como perdón de los pecados (actuando así como Sumo y Eterno Sacerdote); como salud para los enfermos; como alimento para la muchedumbre... El amor como misericordia y justicia, como perdón y castigo, como obediencia y mandato: es un único Amor divino que, en la tierra, se tiene que hacer presente en muchas y diversas aplicaciones parciales entre los hombres. Cualquier otra cosa sería imposible.

A Mons. Escrivá de Balaguer se le concedió esta visión de las cosas; la hizo realidad precisamente por medio de las «virtudes vividas en grado heroico». Pongamos un ejemplo: cuando a comienzos de los años treinta se inició en España la persecución religiosa, las Agustinas de Santa Isabel tuvieron que abandonar su convento en Madrid. Habían previsto sacar de allí las valiosas obras de arte que albergaban el convento y la iglesia para salvarlas así de la profanación y devastación. Pero esas obras de arte no pertenecían a la comunidad, sino que eran préstamos del patrimonio estatal. Tal como estaba la situación en España, y teniendo en cuenta concretamente la posición de la Iglesia, es natural que la tentación de «olvidar» este extremo fuera grande. Pero don Josemaría, a la sazón Rector del Patronato de Santa Isabel, lo prohibió expresamente, argumentando como sacerdote, como abogado y también por motivos de prudencia humana: en principio se debe respetar la autoridad civil del Estado; los objetos no pertenecían a las Agustinas, sino al Estado español; estaban, pues, legítimamente bajo la administración estatal. Por lo tanto, para disponer de ellos habría que pedir permiso al Estado, pues no existían motivos que hubieran podido justificar un uso ilegal contra la voluntad del propietario. Y, además, había que evitar todo lo que pudiera prestar nuevos argumentos a la enemistad del Estado contra la Iglesia, proporcionándole así más excusas para continuar la persecución. Pero había un argumento aún más importante: Monseñor Escrivá recordó el principio de que moral y legalmente no es lícito «prevenir» una injusticia o desgracia posible en el futuro por medio de una infracción legal, real y actual (23). Para él no eran válidos ni el «pecado preventivo» ni la «ética de situación» (24). Además, tampoco le parecía bien provocar innecesariamente al poder ni aplicar la mentalidad del «todo o nada» en cuestiones secundarias. En este punto se le puede comparar a Tomás Moro.

Casi cuarenta años después del episodio de Santa Isabel, el 22 de junio de 1972, fiesta del santo Obispo John Fisher y del Canciller inglés, el Fundador confió a algunos miembros de la Obra: «Esta mañana lo veía con claridad en la Misa de Santo Tomás Moro: hasta el final de su vida fue ejemplarmente fiel al Rey, pero sin ceder ni un milímetro en lo que no podía ceder. Desde antes de que Dios quisiera la Obra en el tiempo, he visto con claridad los dos campos: deberes y derechos de ciudadano; deberes y derechos de cristiano: y he sido consecuente» (25). Permítasenos añadir: claridad en lo que se refiere a su diferenciación, a su respeto mutuo y a su conexión interna; en todo.Normalmente, no tendrían por qué colisionar los deberes y los derechos del ciudadano y los del cristiano; ésta sería la mejor garantía para un Estado sano. Pues allí donde los ciudadanos realmente pueden vivir y actuar como cristianos, los no cristianos pueden estar seguros de que se respetarán sus derechos y se defenderá su dignidad de ciudadanos. Pero hay que decir que, en nuestros días, esta «normalidad» es rara en el mundo. En todas partes (también en los estados de corte democrático) un ciudadano que no quiera ser cristiano sólo de forma nominal, que no quiera verse arrinconado en las catacumbas de una comunidad cristiana cerrada o de un cristianismo de sacristía, sino que quiera poner en práctica un cristianismo activo y apostólico, enseguida entrará en confrontación con el Estado. No porque el Estado sea un Estado «neutro» desde un punto de vista religioso y confesional, un Estado que no impone determinadas manifestaciones externas de religiosidad (que de todo ha habido: recordemos las disposiciones estatales que obligaban a adherirse a una confesión determinada, la obligación estatal de asistir a oficios eclesiásticos, la intromisión del Estado en las formas litúrgicas, el «decreto de genuflexión» bávaro aún en pleno siglo XIX (26) y tantas cosas más), sino porque activamente, obrando (y de ese obrar también forma parte la legislación), o pasivamente, permitiendo situaciones injustas, el Estado puede lesionar -y de hecho a menudo lesiona- los derechos de la persona (de los que también forman parte los derechos no escritos) y la ley moral natural (cuya existencia quizá ni siquiera reconoce). Piénsese, por ejemplo, en las leyes que permiten el aborto, el divorcio, la pornografía, las prácticas homosexuales, la prostitución, etc.

La Iglesia Católica (y también otras comunidades cristianas), desde hace unos doscientos años se encuentra enfrentada con las autoridades civiles en cuestiones que han dado en llamarse «mixtas», es decir, en aquellos aspectos de la vida humana y de una convivencia orgánica entre los hombres para cuya ordenación tanto la Iglesia como el Estado tienen sus derechos y sus responsabilidades. Unos derechos y unas responsabilidades que, desgraciadamente, a menudo entran en colisión... La lucha se refiere, sobre todo, a la familia y a la educación, dos temas que, en esencia, están muy ligados entre sí. El problema abarca distintos aspectos, en los cuales no podemos profundizar aquí. Sólo diremos que, independientemente de los límites concretos de las competencias estatales y eclesiásticas en estas cuestiones mixtas, hay unas cuantas cuestiones que, para el cristiano, son absolutamente intocables e inalienables; es necesario subrayar también que la Iglesia y los cristianos, en estos temas, defienden posiciones que no son sólo cristianas o confesionales, sino que se refieren a la persona humana y al derecho natural en general, cuestiones en las que no se puede ceder. Si el Estado ya no garantiza la protección legal de la familia; si no sólo permite que se vacíe y se destruya su estructura, una estructura que descansa sobre el matrimonio y la paternidad y la responsabilidad de los padres para con sus hijos; si no sólo permite la destrucción, sino que la fomenta, por ejemplo, a través de la implantación del divorcio, de la legalización del aborto, del sofocamiento de la libertad de enseñanza, de la creación artificial de conflictos entre padres e hijos, de medidas fiscales..., entonces no estamos tan sólo ante un Estado «neutral» o no-cristiano, sino ante un Estado injusto. Y, en este caso, la resistencia es un deber ciudadano y un deber cristiano.

Uno de los mayores anhelos de la Iglesia es que la familia cristiana (o sea, la familia que quiere estar cimentada en Cristo y vivir consecuentemente) recobre y mantenga su vigor, por lo que a nadie puede extrañar que este tema ocupe un lugar central en la predicación de Monseñor Escrivá de Balaguer y en la vida y la actuación de todos los miembros de la Obra. Uno de los derechos inalienables de la familia es la participación activa y responsable en todos los campos de la educación; visto desde la otra cara de la moneda, esto quiere decir que de la existencia y de la eficacia de centros de formación, de educación y de orientación cristiana depende en buena medida la posibilidad de que surjan en número suficiente familias normales y sanas. El apostolado de la educación en todo el mundo es una de las tareas fundamentales de la Iglesia en general y de los cristianos del Opus Dei en particular. En este tema, Monseñor Escrivá, desde el principio, pensó en todos los niveles educativos y formativos.

En 1962 se comenzó a construir, en el barrio romano del Tiburtino, zona de predominio comunista, un centro para la formación de trabajadores, encomendado a la Obra. Se terminó de edificar en 1965 y fue inaugurado personalmente por el Papa Pablo VI. Yo pude visitarlo en la primavera de 1976. Entre los grandes bloques de viviendas de aquel «barrio proletario» se alza una residencia para doscientos trabajadores jóvenes o, para ser más precisos, para jóvenes italianos procedentes algunos también de las capas más bajas. Allí se les proporciona formación para que lleguen a ser obreros cualificados. Es recristianización singular del mundo del trabajo: sólo vi personas que regresaban de trabajar con rostro satisfecho. El centro comprende una escuela media para niños de once a catorce años, un centro de formación profesional para chicos de catorce a diecisiete, talleres para el aprendizaje de diseñadores, mecánicos, electricistas, etc. Los chicos viven en la residencia o, cuando es posible, con sus padres. Las habitaciones de la residencia son amplias, con mucha luz, sencillas; casi todas, previstas para tres o cuatro personas; cuando las visité estaban limpias y ordenadas; cada una tenía un Crucifijo y una imagen de la Virgen. Hay muchas habitaciones comunes, duchas y zonas deportivas, muy cuidadas y en buen estado. No es extraño: en el tablón de anuncios se puede leer: «Giovanni: jardín norte; Paolo: jardín sur; Francesco se ocupa de los arreglos de electricidad; Luigi: fontanería; Roberto pinta los marcos de las ventanas de la planta baja izquierda; Emilio se ocupa de arreglar el buzón...» Junto al centro está la parroquia del barrio, encomendada a sacerdotes de la Obra. Cada edificio de este complejo tiene un oratorio propio, su centro espiritual. El trabajo, la formación, el tiempo libre, la vida religiosa constituyen -como debe ser- una unidad. A nadie se le obliga a vivir así, y a nadie se le cuentan «las veces que va a la iglesia». Pero no se puede evitar que las chispas se transmitan y que en las almas despierte el deseo de conseguir esa unidad de vida. Cuando estuve allí comí con los residentes. A mi alrededor se notaba una despreocupada alegría. Los jóvenes con los que estuve hablando se comportaban con total naturalidad, sin miramientos y sin envaramiento: ni serviles ni insolentes. El director me estuvo contando que cuando llegaron al barrio -en 1962- la gente les escupía y les amenazaba; incluso les habían destrozado los cristales a pedradas... Hoy, el Centro ELIS (Educazione-Lavoro-Istruzione-Sport) es el corazón del Tiburtino. «Yo creo en el Partido Comunista y en el Opus Dei», me dijo un viejo trabajador. También esta frase aporta una pincelada al retrato de Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra, con sede en Pamplona, ha alcanzado renombre universal por el nivel de su actividad docente y de investigación científica, y por su formación universitaria de inspiración cristiana. Era querida con muy particular cariño por el Fundador del Opus Dei, que había rezado por ella desde muchos años antes de su comienzo y en la que tenía puesto su corazón.

La creación de una Universidad por la iniciativa privada era una idea antigua en España. El mismo don Joaquín Mestre, que fue Secretario de Mons. Marcelino Olaechea (27), cuenta que cuando éste era aún Obispo de Pamplona y Presidente de la Comisión episcopal de Seminarios, tenía ya muy clara la idea de que debía hacerse en España una Universidad del estilo de la de Sacro Cuore, de Milán.

Para lograr este objetivo, tuvo varias conversaciones con las autoridades españolas y con el Papa Pío XII. Don Joaquín Mestre dice que el Papa «no sólo acogió (la idea) benévolamente, sino que, con reiteradas palabras magisteriales y paternas, acució más y más al Prelado a no dejar de trabajar hasta ver realizada aquella gran empresa, si bien dejándole entrever y atestiguando las graves dificultades económicas, profesionales, sociales, políticas y de todo orden por las que iba navegando la Universidad de Milán, y que él temía, sin reserva, para la futura Universidad ...» (28).

Don Josemaría conocía, por supuesto, las gestiones de su amigo, que en 1947 había sido nombrado Arzobispo de Valencia, pero, aunque compartía plenamente las intenciones del Obispo, su idea sobre la Universidad que había de ser creada y dirigida por los miembros del Opus Dei no correspondía plenamente al proyecto de una Universidad Católica, tal como la veía Mons. Olaechea. Es consecuente al espíritu del Opus Dei que cualquier iniciativa apostólica creada por los miembros de la Obra, es decir, por ciudadanos católicos, sea una institución civil sin carácter confesional.

Así, cuando en 1952 la futura Universidad (entonces Estudio General de Navarra) abrió sus puertas con una Escuela de Derecho en la Cámara de Comptos Reales (un pequeño y muy bello edificio de finales de la Edad Media situado en el casco viejo de Pamplona), lo hizo como institución civil vinculada a la Universidad estatal de Zaragoza.

Si ocho años después la Santa Sede erigió el «Estudio General de Navarra» como Universidad de la Iglesia fue, sobre todo, porque era éste el único camino que abría la posibilidad de que el Estado llegara a otorgarle su reconocimiento y diera plena validez a sus enseñanzas, algo en lo que el Fundador tenía especial interés. Y así fue: después de casi dos años de prolijas gestiones se firmó el Convenio de 5 de abril de 1962 entre la Santa Sede y el Estado español (29); pocos meses más tarde, el Estado reconocía oficialmente a la Universidad de Navarra y daba plena validez pública a sus estudios y grados.

El Convenio mencionado tiene gran importancia histórica, ya que supuso la ruptura del monopolio estatal en el sector universitario (30). En este contexto, es digno de mención que las condiciones que el Convenio fija para la plena validez civil de los estudios cursados en las Universidades de la Iglesia son en extremo exigentes y requieren que una elevada proporción del profesorado tenga el título de Catedrático de Universidad estatal. Esta exigencia no le importó demasiado a Mons. Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad de Navarra: quería una Universidad que realizara su trabajo con el mejor nivel que fuera posible y en estrecha cooperación con las demás.

Los treinta años de historia de la joven Alma Mater hablan por sí mismos: la Universidad de Navarra goza hoy de un gran prestigio entre las más famosas Universidades de España y del mundo, sean públicas o privadas, por su alto nivel científico y por la entrega de todo su profesorado, en colaboración viva y abierta, a la investigación y a la docencia. Cuenta con todas las Facultades de una Universidad clásica: Derecho, Medicina, Filosofía y Letras, Ciencias, Farmacia y, además, Ciencias de la Información, Arquitectura, Económicas, Ingeniería (en San Sebastián) y una «Business School» en relación con Harvard (en Barcelona); posee también Facultades de Derecho Canónico y Teología, así como otros diversos Centros. El número total de alumnos supera los diez mil, a los que atienden más de 800 docentes, de los que un centenar son Catedráticos numerarios procedentes de Universidades del Estado. Sólo una pequeña parte de la comunidad universitaria pertenece a la Obra.

¿Qué tiene de especial la Universidad de Navarra para que un biógrafo de Mons. Escrivá de Balaguer pueda ver en ella un retrato materializado del Fundador del Opus Dei, uno entre los muchos retratos posibles, desde luego, pero muy importante, muy característico? La respuesta la dio él mismo en una entrevista que concedió en el año 1967 al director de la revista «Gaceta Universitaria» y ha sido incluida en el libro «Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer». Allí puede leerla quien quiera (31) La Universidad de Navarra es un «retrato» del Fundador del Opus Dei porque procura hacer suya al pie de la letra la misión del Fundador de ayudar a crear o a redescubrir, en el Opus Dei y por el Opus Dei, la unidad de vida; en este caso, en el ámbito de la ciencia y de la educación superior. La reinstauración y refundamentación de la unidad orgánica, vital, entre ciencia y fe, entre estudio y configuración de la personalidad, entre profesión y responsabilidad, entre educación y religión, unidad que el Fundador predicó y vivió durante medio siglo, es la norma seguida en la Universidad de Navarra: para eso se fundó. En 1951, un año antes de que empezara como Estudio General, Mons. Escrivá de Balaguer había escrito: «La herejía y la impiedad suelen ahora provenir, más que de controversias directamente teológicas, de errores propugnados por las ciencias profanas: no porque las ciencias profanas puedan por sí mismas oponerse a la verdad sobrenatural -la luz de la razón, que proviene de Dios, no puede contradecir la luz de la revelación divina-, sino porque los hombres, movidos por las mismas pasiones que en otros tiempos, tratan ahora de encontrar el fundamento del ateísmo o de la herejía especialmente en las llamadas ciencias experimentales?» (32). Éstas son, en esencia, las mismas consideraciones que, treinta años más tarde, expresaría el Papa Juan Pablo II en su alocución a los científicos y universitarios en la Catedral de Colonia (33).

Cuando tuve ocasión de hablar sobre este tema con Francisco Ponz, un biólogo y fisiólogo que entre 1966 y 1979 fue Rector de la Universidad de Navarra, me comentó: «Lo que más interesaba a Mons. Escrivá de Balaguer eran las almas, la santidad personal, la labor de formación de la entera personalidad de cada uno con sentido cristiano. Quería estar con las personas y no visitar edificios; solía decir: "No me interesan las jaulas, sino los pájaros" » (34) Sabía que no es el cambio de las estructuras lo que puede divinizar este mundo y conducir al hombre hacia su felicidad eterna, sino que es el hombre interiormente renovado el que puede transformar las estructuras y hacerlas, quizá, más adecuadas para la lucha por un vivir humano a lo divino. Me decía Ponz que el Fundador inculcaba la necesidad de que tanto los especialistas en las ciencias del hombre y de la naturaleza, como los dedicados a las ciencias del espíritu, adquirieran -con delicado respeto a la libertad de las conciencias- una buena formación cristiana, con el conocimiento profundo de la fe, y que pusieran sincero esfuerzo por vivir en congruencia, mediante la oración, la frecuencia de sacramentos y la lucha personal. Sólo así se encontraría verdadera felicidad en el trabajo, y el quehacer académico cobraría su más pleno y recto sentido, evitando el riesgo de caer en los errores, a veces monstruosos, de un cientifismo desatado.

En el campus de la Universidad de Navarra, Cristo está presente en muchos lugares y en formas diversas. Cada uno de los edificios docentes, también el de Ciencias Naturales, tiene un oratorio con el Santísimo Sacramento, que nunca está solo; nunca falta un visitante, joven o de edad, profesor, estudiante o empleado, que acude, aunque sólo sea por un momento, para rezar una oración. Está presente en las imágenes que ornamentan los distintos locales, en la ermita de la Madre del Amor Hermoso y lo está también en un número no manifiesto, pero grande, de personas que estudian, enseñan, investigan, cuidan del mantenimiento y limpieza de jardines y edificios o hacen cualquier otro trabajo según el espíritu del Opus Dei, con esmero, como un servicio a Dios y a los hombres plenamente secular y profesional, con unidad de vida llena de naturalidad. Por otra parte, la Universidad de Navarra no es un ghetto católico, ni un reducto defensivo: está abierta a toda clase de personas, sin ningún tipo de discriminación.

Monseñor Escrivá de Balaguer quería que la Universidad de Navarra fuera un ejemplo vivo de que poseer un alto nivel científico en una disciplina y ser cristiano consecuente no sólo no se excluyen ni se sitúan en planos separados, sino que se apoyan mutuamente y deben darse fundidos en la misma persona; propugnaba que el cultivo de la Teología se integrara con el de las ciencias humanas para alcanzar la síntesis de los saberes a la luz de la fe: con el retorno de la Teología a la Universidad Literaria, ésta se lograría reconstituir, recobrando su plenitud como Universitas Scientiarum. Buen conocedor del modo de ser de los hombres, en especial de los de su patria, a la que tanto amaba, el Fundador del Opus Dei quería también que la nueva Alma Mater Navarrensis contribuyera a formar a todos en el amor a la libertad, en el respeto y mutua comprensión, en el espíritu de convivencia y de concordia, de serenidad y de paz, en un país no exento de reacciones desbordadas y particularismos (35).

El cumplimiento de estos grandes ideales de servicio contó enseguida con la colaboración activa de amplios sectores de la sociedad, de Navarra y de toda España. A finales de los años cincuenta, con el estímulo del Fundador, algunos miembros del Opus Dei y otras personas dieron vida a la «Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra», que se extendió rápidamente; hoy cuenta con muchos millares de socios y contribuye con su gestión a una parte importante del presupuesto de la Universidad. Entre los «Amigos» figuran personas de las más diversas capas sociales, de España y de otros países, algunas incluso no cristianas, que prestan a la Universidad su apoyo espiritual, moral y económico. La participación de la Asociación en el común empeño de sacar adelante la Universidad de Navarra viene a ser un despertador de la responsabilidad social de los ciudadanos, un cauce para la movilización de los recursos de la sociedad en favor de una obra de servicio que, aun cuando de alcance universal, tiene su sede distante de los grandes centros urbanos y lejos de donde reside la gran mayoría de los «Amigos». La gestión de la Asociación de Amigos da además ocasión para un trato personal, con entraña apostólica, que también -y esto no puede faltar- acerca muchas veces a Dios. De este modo, los Amigos de la Universidad de Navarra vienen a ser (36), con imagen que en otro contexto utilizaba Mons. Escrivá de Balaguer, «una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad».

En los años 1964, 1967 y 1972, la Asociación de Amigos celebró sus Asambleas generales en Pamplona; a cada una de ellas asistió Monseñor Escrivá, quien predicó para los asistentes y se reunió con grupos pequeños en docenas de tertulias (37). En la que se celebró en noviembre de 1964, ofició la Santa Misa en la Catedral de Pamplona; en la homilía dijo a los miles de personas que asistían: «Nuestro amor, Señor, para el Pontífice Romano; nuestro amor para todas las almas: católicas o no, cristianas o no cristianas. No somos anti nada; somos afirmación, una afirmación de cariño: queremos para todos la libertad. Yo no tengo más misión que la espiritual y sacerdotal; hablo del alma, mis hijos, hermanos y hermanas mías; hablo del alma. Libertad para que las almas, para que las conciencias se manifiesten honrada, honestamente, y esto lo queremos lograr con un medio más, con esta Universidad de Navarra que vosotros sostenéis con vuestra oración, con vuestros sacrificios, con vuestro cariño, con vuestra aportación económica... ¡Ayudadnos, Amigos de la Universidad de Navarra!, porque si hemos de dar doctrina, la hemos de dar teniendo don de lenguas, los modos de expresión convenientes para hacernos entender. La Universidad está en vuestras manos; vuestras manos, que se divinizan porque proporcionan al Señor un medio soberano de apertura, un medio soberano de siembra...» (38).

A continuación, el Fundador recibió a los periodistas; el corresponsal del periódico francés «Le Figaro» le preguntó cuál creía que había sido su principal victoria. «¿Victoria? -respondió don Josemaría-. Ninguna, no he tenido ninguna, porque nunca he peleado. Mi esperanza es que mi única victoria se produzca en el momento de mi muerte» (39). El Director de la agencia «France Press» quiso saber qué explicación tenía para el desarrollo del Opus Dei en todo el mundo. «¿Usted se lo explica? -le devolvió Mons. Escrivá la pregunta-. Yo, no. Humanamente no tiene explicación. Es Obra de Dios y sólo Él podría satisfacer su curiosidad.» El Gran Canciller de la Universidad, después de agradecer a los periodistas su asistencia, se despidió de ellos diciendo: «No quiero saber lo que van ustedes a escribir. Si es la verdad, que Dios se lo premie; si no fuese así, yo rezaría por ustedes, con lo que, de todas formas, saldrán ustedes ganando. Confío en su hombría de bien» (40).

Estas frases caracterizan a Josemaría Escrivá de Balaguer como un sacerdote que irradiaba cordialidad y dignidad y que disponía de una inagotable escala de tonos medios, sínto.

ma seguro de un «eros pedagogicus» que casi siempre suele estar unido al buen humor.«Eros pedagogicus»: con estas palabras hemos definido una característica fundamental y específica de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer. Se podría (y se debería) hablar también de un «carisma pedagógico», pero la denominación «eros» expresa que transmitía la gracia a través de la naturaleza. Contagiaba a los hombres esa enfermedad tan sana que consiste en querer servir, y se la contagiaba sencillamente porque sobre todo era, sin más, simpático. Tenemos miles de testimonios sobre este punto. Y, dicho sea en la época de la imagen, tenemos también el testimonio de miles de fotografías. «Si una persona -escribe un conocido experto en cuestiones relacionadas con las Causas de Canonización- ha sido fotografiada docenas de veces, con o sin su consentimiento, estas fotografías constituyen una fuente de gran valor para conocer la historia de esta persona...» (41).

Por eso, el autor de estas líneas supone que en las futuras Causas de Beatificación el interés se dirigirá no sólo hacia el material escrito o hablado, sino también hacia el material fotográfico o fílmico. Si quien esto escribe tuviera razón, quienes contemplen y deban enjuiciar las fotografías del Fundador del Opus Dei comprobarán que es posible ver su irradiación, el impacto de su personalidad (que es algo más que el influjo de sus palabras) en las caras, las miradas, los gestos y las reacciones de los que le rodean. En muchas imágenes se ve que se le amó y veneró. Es éste un punto sobre el que, si se quiere, se pueden verter comentarios maliciosos. Y hay quien lo hace, pues no cabe protección contra ellos. Pero una cosa es segura: este cariño y esta veneración, si bien tenían quizá su origen en una simpatía natural y se expresaban en primer lugar en un cariño humano, casi siempre conducían a la entrega a Cristo, a la iglesia, a los hombres; y puesto que es así, no sólo no es lícito dudar de su rectitud, sino que tampoco cabe plantear objeciones a esa «pedagogía» santa de quien sabe despertar esas simpatías y dirigirlas hacia Dios. No hay nadie capaz de «educar» a otro para la santidad. La vida cristiana es una vocación, y como el Opus Dei es la vocación a tomarse en serio la vocación cristiana de un modo específico, cualquier «pedagogía» tiene unos límites: los de la gracia. Esto está claro. Pero, aun así, la «pedagogía» tiene trabajo más que suficiente. Muchas veces escuchamos quejas sobre el desgaste de los consejos pedagógicos... Me atrevo a formular uno que, por muy viejo que sea, todavía está sin desgastar: consiste en crear un clima de piedad, de libertad, en el que las disposiciones naturales del hombre se abran más y perciban con mayor madurez la gracia vocacional. Esa pedagogía ayuda a desarrollar la totalidad de sus aptitudes de manera que pueda -si libremente lo desea- corresponder con intensidad cada vez mayor a la gracia de la vocación.

Para poder realizar todo esto es necesario saber qué aptitudes conviene fomentar, y esto no resulta excesivamente difícil. Lo difícil es lo que hemos denominado «labor de santificación», o sea, ese poner cada día en práctica aquello que en teoría sabemos, que hemos reconocido con claridad. La grandeza de Monseñor Escrivá de Balaguer, como pedagogo, consistió precisamente en que la discrepancia entre el deber, el querer y el poder (esa discrepancia que resulta de la debilidad de nuestra naturaleza y especialmente del entumecimiento de nuestra voluntad) en su caso fue tan pequeña que casi no se apreciaba. Lo que enseñaba, corregía y hacía llevaba el sello de la autenticidad y, en consecuencia, de la credibilidad. «Se le creía», porque «llegaba al corazón de la gente», como se suele decir. Se acercaba a los hombres, llegaba a ellos como un amigo de Jesucristo que está buscando más amigos para su Amigo. Y traía los regalos que su Amigo le había dado: dones grandes, pequeños o diminutos, y también la' Cruz. Ya hemos hablado de ello en este libro. Y los hombres (primero pocos y luego cada vez más) fueron tomando de sus manos los regalos, a veces titubeando, como un labrador desconfiado a quien se le quiere vender algo nuevo; y a veces resueltamente y sin preguntar, como alguien que está pasando hambre y se le ofrece pan.

La pedagogía de Mons. Escrivá de Balaguer nacía del respeto, con total naturalidad y sin artificio alguno, de la singularidad y la libertad de cada persona, y del designio salvífico para cada uno; un designio fundado desde la eternidad por el sacrificio redentor de Cristo. De esta actitud fundamental se derivaban sus diferentes actitudes con los hombres que encontraba en su camino. Esos encuentros podían terminar de muy diversas maneras, pero, por lo que sabemos, hay algo que nunca sucedió: que alguien se sintiera humillado por él. Tampoco sabemos de nadie a quienencumbrara en una posición que no le correspondía. El Fundador del Opus Dei conocía el verdadero arte de la educación, ese arte que consiste en conducir al educando a través del escollo de las ideas equivocadas que cada uno tiene sobre su propia persona (ideas que a veces suelen reforzar pedagogos prepotentes o ansiosos de ganarse las simpatías del «pupilo»), ayudándole a encontrarse realmente a sí mismo. Nunca rebajó a ninguna persona con la que se encontró, pero tampoco permitió que alguien se equivocara al enjuiciarse a sí mismo. Puesto que las personas se daban cuenta de su amor y de su cariño, aceptaban también un reproche, un consejo exigente o una indicación costosa.

La Obra tiene muchas facetas; entre ellas, también la de una tarea pedagógica. Una vez que se ha dicho «sí», hay que ir aprendiendo y practicando el servicio a Dios, a la Iglesia y a los hombres tal como Dios lo ha previsto para el Opus Dei. Esto es natural: quien quiere ser médico tiene que estudiar Medicina y trabajar en un hospital. El jefe de un departamento que no corrigiera a los que están empezando o el colega que no dijera a los demás qué faltas han cometido, actuaría sin conciencia profesional. Y esto ¿no vale aún más cuando se trata de la más alta meta «profesional» que puede existir, la meta que contiene en sí todas las demás, la santidad? Toda educación ha de consistir en enseñar y animar, pero también en corregir y, si es necesario, incluso en reprender. «Me he propuesto -decía-, como mortificación fija, no acostarme ningún día sin reprender todo lo que vea que debe reprenderse» (42). Y lo cumplió.

«Las lágrimas -decía- hay que reservarlas para cuando hayamos ofendido a Dios. Si lloraseis ante una reprensión -añadíame quitaríais a mí, o a quien haga cabeza, la confianza para deciros las cosas» (43). Y este «decir las cosas» a veces suponía una seria exigencia. En el otoño de 1952, según cuenta Encarnación Ortega (44), el Padre empezó a comentar que convendría separar de la sede central de la Sección de mujeres en Villa Sacchetti la dirección de la Región italiana de esa Sección, que aún estaba allí. Así se había hecho algún tiempo antes con la Sección de varones. Y como las que se tenían que ocupar de ello lo hacían con cierta parsimonia, una tarde las llamó y les dijo que si querían que la Región se desarrollara al paso de Dios deberían salir de inmediato de Villa Sacchetti y, en general, apresurar algo más sus pasos. Y mirando a la Directora de la Región de Italia le dijo: «Yo, en tu lugar, ya no dormiría aquí». Y así fue: unas horas más tarde salían de allí para vivir en la zona de la administración del villino de Vía Orsini. Poco después comentaba el Padre: «Se me rompía el alma, pero era necesario, ya que de no hacerlo así no lo hubiéramos hecho en mucho tiempo y estábamos anquilosando la labor».

Tampoco él mismo quería quedar dispensado de las correcciones; es más, las había previsto como algo firme e inconmovible, para sí y para sus sucesores: dos Numerarios encargados expresamente de ello tienen el deber de corregir al Padre, con sencillez y claridad, con respeto y cariño, pero sin miedos y sin reservas, en todo lo que se refiere a su tarea de dirigir el Opus Dei, de darle cuerpo en su propia vida. Monseñor Escrivá de Balaguer sabía que para una persona que ama es más difícil corregir que aceptar una corrección. Y aun esto es difícil para una persona normal, pues una parte de su normalidad consiste precisamente en su soberbia, que, como decía el Fundador, muere veinticuatro horas más tarde que la propia persona. No se exceptuaba a sí mismo, sino que confesaba que también a él le costaba aceptar sinceramente una amonestación, sobre todo en los casos en los que era patente que tenía fundamento. Cuando después estaba solo y sentía que crecía la resistencia interior ante la corrección, decía en voz alta para sí: «¡Siempre tienen razón...! ¡Siempre tienen razón ... !» (45).

«Lucha», «luchar» ... No es casualidad que estas dos palabras se repitan innumerables veces en el curso de la vida de don Josemaría, casi tantas como «creer», «amar», «ser niño ante Dios», «apostolado» y «perseverancia». En realidad, esto es muy lógico, pues el «seguir muy de cerca al Señor» y querer que hable en cada palabra, que se le vea en cada mirada, que se haga presente en todo quehacer y en todo sufrir, o, dicho brevemente, el querer amar a Dios y a los hombres con Su propio amor, o, más brevemente aún, querer ser santo, significa desbrozar el camino, intentar superar todo lo que se le opone; significa luchar. Y, si somos sinceros, sabemos muy bien qué es lo que se opone a ese deseo; en general no suelen ser perversidades descomunales, no suele ser ese «odio abismal» contra Dios que algunos incluso llaman «heroico», sino que suelen ser (y permítasenme los neologismos) los «minidefectos» y las «minimaldades» que, como la sarna, contagian nuestra naturaleza, debilitada por el pecado, y llenan el camino de la santidad de raigones y zarzales. Los pequeños desplantes que hacemos a Dios, las pequeñas faltas de amor y las faltas de caridad con los demás, cuando son habituales, obstaculizan o impiden la imitación de Cristo si no se lucha continua e incansablemente contra ello; cuando no se repara en ellas, no permiten que se comience a edificar o destruyen todo cuanto se ha comenzado.

Mons. Escrivá de Balaguer recordó la grandeza de lo pequeño que se desprende de la doctrina de Jesucristo, y destacó su importancia tanto en lo positivo como en lo negativo. Creó una verdadera «teología de las cosas pequeñas» alabando su valor y su fuerza santificadora. Enseñaba que esos pequeños sacrificios que se ofrecen con perseverancia pueden crecer hasta convertirse en una montaña de Amor, y los pequeños sufrimientos que se soportan con perseverancia hacen que la Cruz del Calvario esté continuamente presente en medio del mundo, mostrando que es el único camino de salvación, un camino para el que no existen alternativas. Por otra parte, también las pequeñas maldades y vilezas, si se repiten con frecuencia, hacen que el infierno se haga presente en la historia de la humanidad. No darles importancia y no luchar contra ellas equivaldría a abrir la despensa e invitar al diablo a comer: y ya se sabe cómo suelen terminar esos banquetes... Esto es algo de lo que vio Monseñor Escrivá, de lo que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928 y transmitió a los demás. Por eso aborrecía el «pecado venial», que forma la madeja con la que se teje la tibieza, esa tibieza que acaba convirtiéndose en una especie de manto aislante para la acción del Espíritu Santo y de la gracia. «Eres tibio -escribe- (...) si no piensas más que en ti y en tu comodidad (lo que, por cierto, puede ir unido a una actividad sin tregua); (...) si no aborreces el pecado venial ...» (46).

Luchar por vivir «heroicamente» las virtudes significa, en primer lugar, aborrecer sin paliativos el pecado venial, y luchar sin desfallecer, cada vez con más intensidad y eficacia, contra los pequeños roedores que quieren destruir las raíces de la santidad (pero, eso sí, sin una ira encarnizada y carente de humor incapaz de «perdonarse» a sí mismo un resbalón, lo cual sería algo así como un afán de autoperfeccionamiento ético), significa luchar por «vivir heroicamente las virtudes». Y ¿cómo terminan tales batallas? Con victorias y con derrotas. Lo que no hay es treguas, porque «el demonio no se toma vacaciones», como solía decir Monseñor Escrivá, y porque nuestra naturaleza es como es: siempre expuesta a las mismas tentaciones. Sin embargo, esta lucha no es un afán absurdo, como el de Sísifo transportando interminablemente su carga (47) hasta la cima, o las Danaidas llenando sin cesar un tonel vacío (48). Ese esfuerzo cuenta con la gracia de la vocación y con la ayuda de la fe, la esperanza y la caridad. Sísifo, las Danaidas, estaban condenados, y su condena consistía, precisamente, en que su trabajo era eternamente inútil. Pero los cristianos sabemos que nuestra lucha no es inútil porque hemos sido redimidos (49): todo lo que hacemos, todo lo que sufrimos, permanece, es eficaz cara a nuestra salvación. El que ama a Jesucristo e intenta seguirle de cerca no se perderá (Cristo ha dicho que Él es el Camino): fiel a ese camino se irá acercando, de Su mano, hacia la cima del Gólgota... Al cristiano que se esfuerza en esa lucha ascética no le importa el grado de santidad alcanzado: no es un montañero obsesionado con coronar la cima más alta y más difícil. Eso indicaría muy poco sentido sobrenatural: pero se da cuenta, naturalmente, si avanza o retrocede. No tiene seguridad alguna de alcanzar la meta (o sea, la vida eterna en Dios), pero guarda la esperanza, que, como virtud teologal, también es una garantía de la fidelidad de Dios. Si contemplamos a Cristo como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, nos asomamos al abismo del Dios que habita en una «luz inaccesible» incluso para la persona más santa (para la que, sin embargo, esta experiencia no supone un tormento, sino un motivo de felicidad), pero si nos fijamos en Jesucristo, perfecto hombre, entonces tenemos posibilidades de acercarnos a El. Si no fuera así, todo el cristianismo (la Iglesia, el Opus Dei y este libro) sería absurdo.

No se trata, pues, de una contradicción que Mons. Escrivá de Balaguer se considerase (y lo repitió hasta el final de sus días, con absoluta sinceridad) un pecador, como lo hizo el día de sus bodas de oro sacerdotales, el Viernes Santo de 1975. Le pedía perdón a Dios, encarecidamente, profundamente convencido de que necesitaba de su benevolencia. Por otra parte, y con la misma sinceridad, se sabía un pecador al que Jesucristo acogía misericordiosamente. Y así, en aquel 28 de marzo de 1975, decía a algunas mujeres del Opus Dei, en Roma, que aquel día, después de haber trazado una raya debajo de estos cincuenta años, había hecho la suma y le había salido una carcajada: «una carcajada en la que perdono todo y pido perdón a Dios» (50).

Con estas últimas palabras -y esto no es más que una mera suposición mía- el Fundador del Opus Dei tocaba, quizá, un punto en el que había sufrido especiales tentaciones y en el que, finalmente, había salido vencedor. Mons. Escrivá de Balaguer no fue un hombre abstracto, casi flotante en un espacio internacional. Fue un aragonés tozudo y un español consciente del valor del honor. El honor, para la mayoría de los españoles, ha constituido históricamente el más alto valor social, una parte esencial de la existencia y un factor de capital importancia, tema central de la literatura española en la época de su apogeo. La conservación y la pérdida, la ofensa y la recuperación del honor constituye un tema crucial en innumerables poemas, narraciones y obras de teatro de la literatura española, sobre todo durante el Siglo de Oro. La más pequeña herida en este punto del alma, siempre hipersensible, puede conducir a tragedias sangrientas..

El Fundador del Opus Dei -y contamos con muchos testimonios suyos- sufrió calumnias graves, sobre todo durante los años cuarenta. Dijo en Buenos Aires, en 1974, que le trataron como si fuese «un trapo» (51); tanto, que una noche fue a arrodillarse ante el Sagrario, en el oratorio de Diego de León, en Madrid, a decirle al Señor: «Señor (...), si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?» (52). Esta frase expresa el desprendimiento interior de uno de los «bienes» más valiosos y más importantes, sobre todo para un hombre formado en este sentido del honor. Probablemente supuso una gran renuncia, porque con él se liberaba de la última y muy pequeña reserva de algo propio que tal vez pudiera albergarse en algún rincón de su corazón. Al dejar toda «su» honra en manos de Dios, la posibilidad de ser ofendido se desprendió de su alma como si fuera un caparazón. Por eso podía decir con toda verdad treinta años después que nunca se había sentido «ofendido» por nadie, es decir, herido en su honra.

Mons. Escrivá de Balaguer nunca permitió que una característica determinada de su personalidad, aunque fuera tan sagrada como el español sentido del honor o el orgullo aragonés, erigiera o mantuviera en su alma una especie de reino propio, arrebatando así una parcela, por muy pequeña que fuese, al reino exclusivo de Cristo. Tampoco permitió que cobraran importancia ciertas inclinaciones personales o ciertos talentos innegables, como podrían ser su gusto por la arquitectura o sus cualidades literarias... Sabía aprovechar esos talentos allí donde podían ser útiles a los fines de su misión, pero no les concedía ningún derecho «exclusivo». También en este punto (por lo menos así me lo parece) tuvo que luchar tenazmente. Quizá con una lucha especialmente dolorosa, porque no se dirigía contra defectos, sino contra dones; mejor dicho, contra el uso de esos dones según le viniera en gana y para deleité propio.

Pienso que escribir era, por decirlo así, su «pasión dominante», y estoy convencido de que hubiera podido escribir cuentos y novelas llenos de fuerza, de profundidad y de belleza. Poseía la forma de ver las cosas de un poeta...: basta recordar la descripción que hacía de aquel pobre pastorcillo de Perdiguera para quien la riqueza no era imaginable más que bajo el concepto de «sopas con vino» (53); o la de aquel joven sencillo que entra cada mañana en la iglesia, le dice al Señor en el Sagrario «aquí está Juan el lechero»y sigue su camino ... (54); o la viveza con que retrataba a aquel pobre mendigo que, en su pobretería, le deslumbraba el brillo oscuro de su cuchara de peltre, lo único que poseía ... (55). Sí, Josemaría Escrivá de Balaguer veía las cosas con ojos de artista; y hubiera sido un gran artista si no hubiera preferido ver las cosas con los ojos de Jesucristo... Tenía un idioma lleno de poesía (esto se advierte mucho más cuando se le puede leer en el original) y en cada una de sus meditaciones era capaz de «revivir» cualquier aspecto del drama de la Redención metiendo a los oyentes o a los lectores de lleno en los sucesos; su «Santo Rosario» y su «Vía Crucis» están llenos de elementos que recuerdan los «misterios» medievales; son como secuencias poéticas que entran por los ojos, que se «ven», más que se leen...

A la edad de veintinueve años, en el verano de 1931, había escrito: «A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey» (56). Así escribe sólo un poeta; pero un poeta que no se busca a sí mismo, sino que escribe por encargo de quien, a la vez, es su «editor»: Dios mismo.

El deseo de aquel joven sacerdote se ha hecho realidad. Sus libros son conocidos en el mundo entero, sobre todo «Camino», que es como un autorretrato del Fundador del Opus Dei y, a la vez, un libro con el que todos los cristianos pueden identificarse y en el que pueden reconocerse. Un libro que, a mi modo de ver, se ha abierto paso a contrapelo de los tiempos que corren, porque es una obra «inconformista». Comparada con ella, las «Consideraciones intempestivas» de Nietzsche (57) (que, por cierto, en contra de lo que el título sugiere, eran muy conformes a los tiempos) son casi inofensivas e ingenuas. Por eso, tal vez, «Camino» ha podido llegar a ser uno de los libros más leídos en nuestro siglo, uno de los libros que más necesitaba. Si Hugo von Hofmannsthal hubiera conocido «Camino» (que aún no se había publicado) no hubiera escrito su «Jedermann» («Un hombre cualquiera») o lo hubiera escrito de forma muy distinta (58). Pues a ese «hombre cualquiera» es a quien se le abren esas novecientas noventa y nueve «puertas» de la imitación de Jesucristo que son los 999 puntos de «Camino». A él es a quien se incita -casi diríamos mejor que se le impelea recorrer esos novecientos noventa y nueve hitos que marcan el sendero de una vida cristiana corriente. El «Jedermann» que siga ese sendero vivirá más feliz, morirá mejor y llegará menos descompuesto al final del camino que aquel personaje de Hofmannsthal. «No te contaré nada nuevo»..., se afirma ya en el prólogo; el autor lo dice con claridad, para no llamar a engaño a los intelectuales y a los beatos que, como creen conocer ya lo «viejo», están deseosos de «novedades»... «Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio.».

Lo primero que hay que hacer si se quiere leer este libro con provecho es no indignarse a causa de las exigencias del autor, sino aceptarlas y seguir leyendo; tampoco conviene escandalizarse, asustarse o llamarse a engaño, pues algunos de sus puntos son duros, aparentemente «banales» e incluso incomprensibles a primera vista. Un conocido mío pasó por la tentación de tirar el libro a causa del punto 592, que reza: «No olvides que eres... el depósito de la basura. -Por eso, si acaso el jardinero divino echa mano de ti, y te friega y te limpia... y te llena de magníficas flores..., ni el aroma ni el color, que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. -Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?» Realmente, a aquel amigo no le faltaba razón. Porque, ¿no es esto demasiado fuerte? ¿No resulta «inaguantable»? ¿No es una ofensa, un desprecio?... Al querer tirar el libro, se había dado cuenta de algo que era verdad: estas palabras tan radicales, tan «brutales» incluso, dan en la diana de la soberbia de nuestros tiempos (y tal vez de toda la edad moderna), hieren al corazón humano en su centro, alcanzan el núcleo de la locura de la «emancipación» del hombre actual. Ante el aullido acusador o el llanto lastimero, ante el «Dios ha muerto», aquí hay quien da la única respuesta: si eso es verdad, tal es tu situación... aunque no quieras.

ncluso desde un punto de vista formal, «Camino» busca estar cerca del lector (y algunas personas «sensibles» dirán que con una cercanía excesiva), pues la mayoría de las frases, de las «confidencias» están escritas en un «tú» lleno de confianza. Realmente, ¿no estamos ante otra «intromisión»?... En toda la historia de la humanidad no ha habido, es cierto, una época más indiscreta y más entrometida que la nuestra, con dos excepciones: la relación personal con Dios y la cartera. Éstos son dos puntos realmente neurálgicos, rodeados de toda clase de sistemas de defensa y de «contraataque». Quien se acerca a ellos, quien quiere penetrar en ellos, ya sabe a lo que se arriesga. Lo cual no es de extrañar, pues por estos dos puntos ha de comenzar esa «mejora de la vida» que propone el autor; en ellos se concreta y se realiza la entrega; por eso exigen esfuerzo y... provocan dolor...

El «secreto» de «Camino» consiste en que, a primera vista, los novecientos noventa y nueve puntos pueden parecer máximas de calendario, pero profundizando un poco más se advierte que son reglas de vida llenas de prudencia. Al leerlos por primera vez se piensa: «Bueno, esta frase y aquella otra son especialmente acertadas, esta otra no tanto, aquélla no me incumbe y esa otra sólo en parte...» Eso hace que tanto una mente sencilla como una cabeza complicada, una inteligencia poco culta como otra muy sabia puedan «interesarse» por el libro, hasta verse fascinados y acabar reconociendo -cada cual por su cuenta y a su maneraque cada uno de los novecientos noventa y nueve puntos se asemeja a un profundo aljibe que «la plomada» de nuestro reflexionar casi nunca llega a «sondear» totalmente. «Camino» tiene una cosa en común con las obras maestas de la literatura y del arte: se adecua plenamente a cualquier capacidad intelectual. Al que no le diga «absolutamente nada», seguramente es porque no tiene nada que decirse a sí mismo.

En el punto 120 de «Camino» (incluido ya en la primera edición, aparecida en 1934 con el título de «Consideraciones espirituales») el autor escribía: «Os prometo un libro -si Dios me ayuda- que podrá llevar este título: "Celibato, Matrimonio y Pureza"». Y tres decenios después, en 1967, durante un encuentro con universitarios en Pamplona, anunciaba un libro sobre problemas de la Universidad. Cuando unos meses más tarde le preguntaron por él, contestó: «Confío en que el libro saldrá y en que podrá servir a profesores y alumnos (...) Quizá tarde todavía un poco, pero llegará» (59). Si se tiene en cuenta que Monseñor Escrivá nunca hablaba por hablar, como sus dos anuncios se quedaron sin cumplir, lo más probable es que tuviera que sacrificar esos dos proyectos por falta de tiempo para realizarlos (60).

No sólo escritor, sino también arquitecto hubiera podido ser Monseñor Escrivá de Balaguer. Si Dios no le hubiera elegido para ser sacerdote y Fundador del Opus Dei, España seguramente hubiera contado con un importante arquitecto más. Ya hemos hablado de su participación constante y activa en los muchos edificios con cuya construcción tuvo que ver directamente. Muchos testimonian su capacidad para prever proyectos generosos y de gran belleza estética, funcionales y prácticos, pensados hasta el último detalle concreto. Tenía un agudo sentido de las proporciones, y sabía dónde había que colocar un grifo o un enchufe. Los obreros de la construcción le tenían un gran respeto, porque enseguida descubría un muro mal rellenado o una cornisa revocada de mala manera. El santuario mariano de Torreciudad (61), situado cerca de Barbastro, debe a la iniciativa de don Josemaría no sólo su redescubrimiento, su reconstrucción y su revitalización, sino también la genial idea arquitectónica de edificar un nuevo santuario «con los brazos abiertos», aunque en ningún momento recortó la libertad del arquitecto responsable, Heliodoro Dols.

El último viaje de su vida le llevó precisamente a Torreciudad, es decir, a su patria chica, a los escenarios de su juventud, muy cerca de Barbastro. Llegó allí al mediodía del 23 de mayo de 1975. En la alta torre de la nueva iglesia (que con toda propiedad se puede decir que se había terminado de construir un día antes) sonaban las campanas. Fuera, el Fundador rezó el Regina Coeli. Y luego se dirigió inmediatamente hacia la pequeña y vieja ermita de la Virgen de Torreciudad, que, cercana al Santuario, sigue testimoniando la fidelidad en la fe de más de veinte generaciones. En el mismo lugar en el que ahora rezaba la Salve, setenta y un años antes sus padres le habían llevado para dar gracias a la Virgen por su curación de una grave enfermedad y para ponerle bajo su protección. Una protección que, desde entonces, no le había faltado ni una sola hora, ni un solo minuto, en ninguna situación de su vida.

Don Josemaría había vivido amparado por ella como por una coraza invisible. En aquel momento de profunda emoción quizá recordara a sus padres, a su hermana Carmen; a Isidoro Zorzano, a José María Hernández Garnica; a aquel desconocido que, en la guerra, habían ahorcado por error; a su hija Montserrat Grases, que había muerto en 1959 a los dieciocho años y cuya Causa de Beatificación se había abierto en 1962... Y también estarían presentes en su pensamiento todos sus amigos y especialmente sus hijas e hijos en la Obra: los que ya le habían precedido, los que aún vivían y trabajaban y los que vendrían en el futuro a trabajar en la viña del Señor contratados «por un denario»... Sí, quizá con todas estas imágenes ante los ojos del alma se dirigiría ahora a su protectora con las palabras «Madre de misericordia». Ponía en ellas no sólo el agradecimiento cotidiano que ya le había mostrado miles y miles de veces. Eran un resumen de aquella gran alabanza que había predicado con palabras y realizado con obras desde hacía cincuenta años: «Alabad a Yahveh todos los pueblos, y todas las naciones le celebren, pues perenne es su gracia con nosotros y de Dios la verdad que dura por siempre» (Ps 116). «Madre de misericordia»: ésta era su alabanza en honor de Aquella gracias a la cual la Divina Misericordia se hizo Hombre y vino al mundo para quedarse en él para siempre...

Luego, cuando unas horas más tarde, penetró por primera vez en el nuevo Santuario de Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad, al encontrarse en aquel extenso espacio, bañado en una luz de color ambarino, y al contemplar el retablo, sintió una alegría indescriptible y exclamó: «Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos (...) Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí (...) pero hay que llegar hasta el final (...) ¡Qué bien se va a rezar aquí!» (62).

Sí: oración... y confesión. Torreciudad no es un centro turístico que invita a una «parada» piadosa, sino un centro de peregrinaciones en el que muchas personas han iniciado su conversión o su «reconversión». El arquitecto había previsto veinte confesonarios... «Cuarenta», dijo Monseñor Escrivá. Miraba hacia el futuro y sabía que no estarían desocupados. En uno de ellos se confesó él mismo, el primero, con don Alvaro, su hijo, su amigo, su gran ayuda, su alter ego y, pronto, también su sucesor...

El 26 de mayo regresó a Roma, a la vida normal de trabajo cotidiano. Todavía viviría treinta y un días. Muchos testimonian que poseía el don sobrenatural de prever acontecimientos futuros, tanto respecto a personas individuales como a tendencias y desarrollos de la época y del ambiente. Desconocemos si también tuvo esta facultad con respecto a su propia muerte, pero si lo supiéramos, no tendría demasiada importancia. Su voluntad se había fundido de tal manera con la Voluntad de Dios que, sin soberbia, podría haberse apropiado de las palabras del Señor: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» Un 4,34). Había hecho lo que Dios le había exigido: siempre y en todo. Nunca había hecho oídos sordos, nunca había hecho como si no entendiera; siempre había obedecido, con rapidez y plenitud, especialmente en todo aquello que realmente no entendía... ¿Qué quedaba por hacer? El Opus Dei podía servir como ejemplo de la parábola del grano de mostaza (Mt 13, 31-32): la diminuta semilla se había convertido en un gran árbol, «hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas». Y este árbol, ¿qué era sino un nuevo tallo, sano y pujante en el viejo tronco de la Iglesia siempre joven?.

¿Sentía algún temor al considerar la situación en que se encontraba la Iglesia? No, porque era y sería siempre indestructible. Su Fundador y Cabeza lo había prometido: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella»; y el Señor había rezado por Pedro, «para que no vacile tu fe», y le había dicho: «Tú, vuélvete y fortalece a tus hermanos». No, no tenía miedo al considerar la situación de la Iglesia, pero sufría por ella, porque la amaba y veía que ella sufría: por la desobediencia, por el rechazo, por la frialdad de sus propios hijos... «Todos los días -decía aún en la mañana del 26 de junio, después de la Misa (había celebrado la Misa votiva de la Virgen)-, desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa (...) Me (...) habéis oído decir muchas veces, que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea»" (63).

.Aquella mañana, acompañado por Alvaro del Portillo y otros dos hijos suyos, se dirigió a Castelgandolfo para visitar a las chicas que tomaban parte en un curso en el Centro de estudios de «Villa delle Rose», sede del Collegium Romanum Sanctae Mariae. También aquí sus palabras -las últimas que pronunció como Padre entre sus hijos, palabras que han pasado a ser una herencia de gran valor- se refirieron a la Iglesia y al Papa. Pidió a sus hijas que cumplieran a conciencia y con fidelidad aquellos deberes que se refieren al espíritu de la Obra. Les pidió que tomaran todo, absolutamente todo, como una ocasión para vivir realmente la intimidad continua con Dios, con Su Madre, con San José, con los Santos Angeles, «para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos» (64). Y por segunda vez en aquella mañana, hora y media antes de que su voz callara para siempre, les exhortó de manera casi imperiosa: «Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (65).

De pronto se sintió mal; interrumpió la conversación, reposó unos minutos en «Villa delle Rose» y regresó a Roma. Poco después, al filo de las doce se desplomaba en la habitación del Secretario General, donde solía trabajar. El corazón le había fallado, pero aún respiraba. Alvaro del Portillo pudo administrarle la absolución y también la Unción de los Enfermos (siempre, al hablar de su muerte, había pedido que no le dejaran morir sin este tesoro). Todos los intentos de reanimación y toda la ciencia médica resultaron inútiles (66): el corazón había dejado de latir definitivamente. Había terminado la vida de un gran hombre; con ella se había abierto un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia, y finalizaba la primera parte de la historia del Opus Dei: la época fundacional.En la última piedra de Villa Tevere, que Monseñor Escrivá de Balaguer había bendecido y colocado el 9 de enero de 1962, había mandado grabar estas palabras del Eclesiastés (67):

MELIOR EST FINIS QUAM PRINCIPIUM*

Cinco palabras tan sólo, que, sin que él lo supiera, reflejaban lo que había sido toda su vida.