Vida de María (XI): Magisterio, Padres, santos, poetas

El regreso desde Egipto a Nazaret ha sido contemplado por numerosos artistas y santos. Esta es una selección de textos sobre esa escena.

La Virgen

LA VOZ DEL MAGISTERIO

«Después de la muerte de Herodes, cuando la Sagrada Familia regresa a Nazaret, comienza el largo período de la vida oculta. La que "ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor" (Lc 1, 45) vive cada día el contenido de estas palabras. Diariamente junto a Ella está el Hijo a quien ha puesto por nombre Jesús; por consiguiente, en la relación con Él usa ciertamente este nombre, que por lo demás no podía maravillar a nadie, usándose desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin embargo, María sabe que el que lleva por nombre Jesús ha sido llamado por el ángel "Hijo del Altísimo" (cfr. Lc 1, 32). María sabe que lo ha concebido y dado a luz "sin conocer varón", por obra del Espíritu Santo, con el poder del Altísimo que ha extendido su sombra sobre Ella (cfr. Lc 1, 35), así como la nube velaba la presencia de Dios en tiempos de Moisés y de los padres (cfr. Ex 24, 16; 40, 34-35; 1 Rm 8, 10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo dado a luz virginalmente, es precisamente aquel "Santo", el "Hijo de Dios", del que le ha hablado el ángel.

»A lo largo de la vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret, también la vida de María está "oculta con Cristo en Dios" (cfr. Col 3, 3), por medio de la fe. Pues la fe es un contacto con el misterio de Dios. María constantemente y diariamente está en contacto con el misterio inefable de Dios que se ha hecho hombre, misterio que supera todo lo que ha sido revelado en la Antigua Alianza. Desde el momento de la Anunciación, la mente de la Virgen-Madre ha sido introducida en la radical "novedad" de la autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del misterio. Es la primera de aquellos "pequeños", de los que Jesús dirá: "Padre ... has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños" (Mt 11, 25). Pues "nadie conoce bien al Hijo sino el Padre" (Mt 11, 27).

»¿Cómo puede, pues, María "conocer al Hijo"? Ciertamente no lo conoce como el Padre; sin embargo, es la primera entre aquellos a quienes el Padre "lo ha querido revelar" (cfr. Mt 11, 26-27; 1 Cor 2, 11). Pero si desde el momento de la Anunciación le ha sido revelado el Hijo, que sólo el Padre conoce plenamente, como Aquel que lo engendra en el eterno "hoy" (cfr. Sal 2, 7), María, la Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo únicamente en la fe y por la fe. Es, por tanto, bienaventurada, porque "ha creído" y cree cada día en medio de todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde "vivía sujeto a ellos" (Lc 2, 51): sujeto a María y también a José, porque éste hacía las veces de padre ante los hombres; de ahí que el Hijo de María era considerado también por las gentes como "el hijo del carpintero" (Mt 13, 55).

»La Madre de aquel Hijo, por consiguiente, recordando cuanto le ha sido dicho en la Anunciación y en los acontecimientos sucesivos, lleva consigo la radical "novedad" de la fe: el inicio de la Nueva Alianza. Esto es, el comienzo del Evangelio, o sea, de la buena y agradable nueva. No es difícil, pues, notar en este inicio una particular fatiga del corazón, unida a una especie de "noche de la fe" —usando una expresión de San Juan de la Cruz—, como un "velo" a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en intimidad con el misterio (cfr. Subida del Monte Carmelo, II, cap. 3, 4-6). Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús "progresaba en sabiduría ... en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52). Se manifestaba cada vez más ante los ojos de los hombres la predilección que Dios sentía por Él. La primera entre estas criaturas humanas admitidas al descubrimiento de Cristo era María, que con José vivía en la casa de Nazaret».

Juan Pablo II (siglo XX). Carta encíclica Redemptoris Mater, 25-III-1987, n. 17.

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«Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida.

»Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quien es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.

»Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos se seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo. ¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina! (...).

»Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa de la oración personal que sólo Dios ve.

»Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social.

»Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente, restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble».

Pablo VI (siglo XX). Alocución en Nazaret, 5-I-1964

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LA VOZ DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

«Conviene meditar las palabras que siguen. Dice: "Crecía en sabiduría y gracia" (Lc 2, 40). Crecer en sabiduría y gracia no pertenece a la naturaleza divina: desde el principio estaba lleno y no le faltaba nada. Pero tampoco hay que pensar que, según la naturaleza humana, [Jesús] se ha fortalecido más o ha sido más lleno del aquel Espíritu Santo que habitaba en Él, pues desde el primer momento tuvo el grado supremo de inhabitación de la gracia. En efecto, mediante la unión de las dos naturalezas, inmediatamente "habitó en Él la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2, 9), como afirma el santo Apóstol Pablo.

»Así pues, las palabras: "Crecía en sabiduría y gracia" (Lc 2, 40), enseñan que desde el primer momento de la inhabitación de la humanidad en la divinidad, la plenitud de gracia y de sabiduría se manifestaba y resplandecía más y más, de acuerdo con el desarrollo y el crecimiento corporal; no recibía una gracia nueva o una sabiduría sobreabundante, sino que la plenitud de gracia y de sabiduría se mostraba por medio de sus gloriosas acciones (...). Sin embargo, no convenía que su sabiduría se manifestase fuera de la edad. Y como, según el orden de la naturaleza, se requiere esperar a los doce años para alcanzar la plenitud de la razón, así Él consideró cosa buena alcanzarla al llegar a los doce años».

San Máximo el Confesor (siglo VII). Vida de María, n. 60.

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«El Niño Jesús, que hoy ha hacido para nosotros, crece en sabiduría, edad y gracia en aquellos que lo acogen, pero en medida diversa. No es idéntico en todos, sino que se adapta a la disponibilidad y capacidad de cada uno y, en la medida en que es acogido, se muestra como niño, como adolescente o como adulto. Es como un racimo en la vid: no aparece siempre del mismo modo, sino que cambia con el transcurrir de las estaciones; germina, florece, se convierte en fruto, llega a hacerse vino.

»La vid encierra ya la promesa en el fruto aún no pronto para el vino, pero aguarda la estación propicia. Sin embargo, no se puede decir que el racimo esté desprovisto de atractivo. En lugar de deleitar el gusto, deleita el olfato; y en la espera de la vendimia, fortalece el corazón con la esperanza. La fe firme y segura de la gracia que se espera, es ya gozo para quien aguarda con paciencia. Asi sucede con la uva de Chipre: promete el vino aunque todavía no lo sea. Y con su flor (la flor es la esperanza) da garantías de la gracia futura. Quien se adhiere plenamente mediante su voluntad a la ley del Señor, y medita en ella de día y de noche, crece como un árbol lozano regado por venas de agua viva y produce fruto a su tiempo».

San Gregorio de Nisa (siglo IV). Homilía II sobre el Cantar de los cantares (PG 44, 802-804).

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LA VOZ DE LOS SANTOS

«Al narrar estas escenas en su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos (...).

»La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

»José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría. De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos.

»En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana. Cuando vuelve de Egipto oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 22). Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea.

»Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abraham, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él —un carpintero de Galilea—, estaba iniciando en el mundo: le redención de los hombres»

San Josemaría (siglo XX). Es Cristo que pasa, n. 42.

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LA VOZ DE LOS POETAS

El infinito Niño va creciendo,

y con donaire y gracia sobrehumana

hace pinitos de la mano asiendo

a la que huella a la inmortal Diana;

della al justo Josef parte corriendo,

y de los brazos con que el orbe allana

alas haciendo, vuela al dulce nido

del tierno corazón de su querido...

Cuélgase alegre del amado cuello,

y hallándose seguro entre sus brazos,

el rostro grave junta al suyo bello,

premiando sus dulcísimos abrazos:

Tal vez deja los brazos de su madre,

y lleno de amoroso regocijo

por ver que tal favor a Josef cuadre,

gorgeándose con él, ¡padre! le dijo.

El con afecto y con amor de padre

¡hijo! le llama, siendo de Dios Hijo;

llega su rostro al de escarlata y nieve,

y de sus rosas el aliento bebe.

Ya el niño Dios los blancos pechos deja

ricos de su alimento soberano,

y en los pies de oro ya mayor forceja,

y anda sin que le dé nadie la mano;

llora si ve que su Josef se aleja,

y viéndole volver se alegra ufano;

ásele y dice lleno de alegría:

"Padre, dénos el pan de cada día"...

José de Valdivielso (siglos XVI-XVII). Vida, excelencias y muerte del glorioso Patriarca y Esposo de Nuestra Señora San José, canto XIX.