Satisfacción compartida

Cada profesión tiene que justificar su propia existencia produciendo, planificando y organizando. Todo el mundo lo sabe. Sin embargo, tengo en mente un tipo de profesión -y no digo ocupación sin más- cuya conveniencia es más que patente y supera esos parámetros.

Relatos y favores
Opus Dei - Satisfacción compartida

Cada profesión tiene que justificar su propia existencia produciendo, planificando y organizando. Todo el mundo lo sabe. Sin embargo, tengo en mente un tipo de profesión -y no digo ocupación sin más- cuya conveniencia es más que patente y desconoce esos parámetros citados.

También yo me uno a quienes piensan que el activismo, el querer hacer a toda costa cosas ‘productivas’, ‘sobresalientes’ es la tentación constante en la vida de cualquiera. Pero cuando se tiene cerca a quienes necesitan que pongas todo de tu parte -y estoy pensando en personas enfermas, ancianas o dependientes- nada de eso cuenta. Nos necesitan para realizar hasta la más pequeña actividad. Sin ir más lejos, la sencillísima operación de llevarse un simple vaso de agua a la boca.

A primera vista, en la mayoría de los casos no hay cambios perceptibles. Y entiendo que quienes se dedican a esto, se encuentren con la soledad frente a frente y sin escapatoria. Pero desde aquí queremos hacer ver que ese tiempo dedicado importa y mucho.

Quien lo ha vivido, lo sabe. Cualquiera que tenga a una persona enferma en su casa, entiende de lo que aquí se habla. Aparentemente, nada de lo que hagas por ella suma ni resta al curso de la Historia, que sigue avanzando implacable sin que a nuestro alrededor cambie nada. Y así pasan los días. Y uno no se plantea si mañana será igual o distinto. Simplemente, se vive. Sin miedo a que después no pase nada. Nada distinto a lo anterior.

No hay reembolso en la inversión de tiempo y de profesionalidad. Sobre todo, esto último: la profesionalidad, porque tampoco hay que dejar este trabajo al margen del circuito profesional. La vejez, por ejemplo, no es una injusticia social que hay que combatir, sino un proceso natural que hay que saber acompañar. Y digo saber, porque no puede hacerse de cualquier manera.

No hay proyectos. Tampoco hay metas. Hay pasado y presente, pero no futuro, sino final. Y es la mejor escuela. Es patente: si uno está decidido a paliar con constancia el dolor ajeno, está preparado para todo. Rara vez las contemplaciones se abren paso en el razonamiento de quienes cuidan enfermos. Lo que sí hay –y a raudales- es decisión, determinación, paso firme y sereno. Satisfacción. Pero no tanto personal, que por supuesto, sino compartida. Y puede que sea este tipo de satisfacción la que sostenga a quienes velan por que en sus casas la gente pueda estar a su aire.

Y es este el gran enigma. Grandísimo. Que cuanto más se mira por el bien ajeno, más se prospera en el propio. Y es entonces cuando uno no desea cambiarse por nadie, porque vive convencido, satisfecho, de que está siempre en el sitio y lugar adecuados. Y de que es ese tipo de vida y no otra la que siempre merecerá la pena vivir.


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