'Saber que se puede, querer que se pueda'

Muchos periódicos han recogido la noticia de la primera festividad de san Josemaría. Ofrecemos dos artículos de opinión sobre la figura del fundador del Opus Dei publicados en Málaga y Castellón.

Últimas noticias

La tribuna malagueña

'SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA'

-Antonio Luque Piñeiro, vicario del Opus Dei para Málaga

La vida y el mensaje de San Josemaría han llevado a muchos -sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones- a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad. 'Saber que se puede, querer que se pueda' es el estribillo de una canción que durante un tiempo ha sonado en las emisoras de radio españolas.

Para muchos fue también la canción pegadiza del aeródromo de Cuatro Vientos, cantada por el argentino Diego Torres a Juan Pablo II. Una canción ante más de setecientas mil personas. Una multitud color esperanza que, como dice la canción, es y serán los jóvenes. Y con ellos, el futuro de la Iglesia.

Ahora, cuando rememoraba esa juventud española entregada y entusiasmante de Cuatro Vientos, recordé otra escena similar de inmensa gratitud. El 6 de octubre del año pasado miles de cristianos de todo el mundo -y unos dos mil malagueños de a pie- se concentraban en la plaza de San Pedro del Vaticano. No era un viaje de recreo, ni una excursión. Se trataba de escuchar la voz del Papa que acababa de leer la fórmula de canonización del sacerdote aragonés San Josemaría Escrivá «a quien declaramos y definimos santo».

Entonces -como en Cuatro Vientos- hubo un aplauso fuerte y cálido, persistente y emocionado, que se extendía desde las riberas del Tiber hasta las plazoletas y callejas que rodean la inmensa columnata de Bernini. Pero el ruido, como en Cuatro Vientos, no fue un ruido de simple algarabía, ni un estruendo externo o de apoyo pasajero, sino más bien como una ola. Una ola suave y poderosa que surgía de lo íntimo. Había en aquel aplauso del 6 de octubre y de Cuatro Vientos una alegría serena más allá del palmeo de las manos y, a la vez, una gran esperanza. Una gran esperanza que viene a ser como una fuerza escondida que se proyecta hacia el futuro.

Cerca de mi asiento -aquel 6 de octubre- estaba Noel. Es un niño que había necesitado apoyarse fuertemente en esa virtud para poder llegar hasta Roma. Noel tiene catorce años y padece leucemia; logró llegar a la capital italiana gracias a una fundación -en la que colaboran personas del Opus Dei con ciudadanos sin creencias- cuya finalidad es dar alegrías a niños con enfermedades terminales o muy graves. Noel tenía un gran deseo de asistir a la canonización de San Josemaría para agradecerle los muchos favores recibidos por su intercesión, y -de paso- pedirle algunos más.

Sus aplausos y los de su familia se unían, aquel día, a todos los que manifestábamos la decisión de seguir avanzando por el camino que el Fundador del Opus Dei nos ha enseñado con su palabra y con su vida.

Al terminar la ceremonia, a muchas personas de las presentes en Roma -y de las que siguieron la canonización por televisión- les salía natural hablar de esperanza. Los eclesiásticos -cardenales, obispos y sacerdotes de todo el mundo- se referían a ella como un signo claro para la Iglesia; por su parte, los laicos se sentían movidos a comprometerse seriamente para lograr una sociedad más justa y humana.

Hoy, esta misión de la Iglesia -aquí y ahora- se encuentra en seguir el camino trazado por Juan Pablo II en la 'Novo Millennio Ineunte'. Un camino de largo recorrido y amplios horizontes que trazarán los santos modernos de color esperanza. En efecto, el Santo Padre, en esa carta apostólica, pone el acento en la lucha por la santidad como condición indispensable para la nueva evangelización a la que Cristo nos llama. Precisamente, este fue el programa de San Josemaría que -como señalaba Juan Pablo II el 6 de octubre- «asumió y enseñó este programa en medio de las ocupaciones normales de cada día, por lo que con razón se le puede llamar 'el santo de la vida ordinaria'.

En efecto, su vida y su mensaje han llevado a una innumerable multitud de fieles -sobre todo laicos que trabajan en las más diversas profesiones- a convertir las tareas más comunes en oración, en servicio a todos los hombres y en camino de santidad».

San Josemaría -al que celebramos este año como santo por primera vez en este 26 de junio, fecha de su fallecimiento en 1975- insistió constantemente en la santidad. Un camino asequible a todos y asequible sin necesidad de cosas especiales: «en la línea del horizonte parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no. Donde de verdad se juntan el cielo y la tierra es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...» decía en su conocida homilía 'Amar al mundo apasionadamente'.

Y es que el mundo, con sus avatares, es el recorrido de esperanza para la sociedad civil. Dios en el mundo, y el mundo en Dios. Vivir el día a día en las esferas sociales este programa solidario y renovador en la lucha por practicar las Bienaventuranzas. Algo que recordó Juan Pablo II en San Josemaría al «fomentar la creación de una vasta gama de iniciativas de promoción humana que han contribuido eficazmente a la difusión del Evangelio y han logrado una amplia proyección social».

Hoy, quizá, hay demasiada siembra de pasividad y egoísmo en nuestra civilización globalizada. Parece que el horizonte se cierra y que nuestros caminos no conducen a ningún sitio; o, por lo menos, a ningún sitio que merezca la pena. Debemos, por tanto, intentar nuevas rutas. Este santo de la iglesia universal nos recuerda hoy en Dios la llamada universal a la santidad en el trabajo y en las cosas de cada día. «Se han abierto los caminos divinos de la tierra», le gustaba decir. Por eso, los cristianos estamos llamados a plantar árboles junto otros hombres para que los que vengan detrás disfruten de nuestra sombra. Algo que sólo lograremos si la persona esperanzada camina y, como diría el poeta, hace camino al andar.

Necesita nuestra época santos esperanzados y animosos, expertos en humanidad, con los pies bien asentados en la tierra y la cabeza en el cielo. Personas con convicciones enraizadas en Dios y en los hombres que miran siempre adelante, sin dejarse paralizar por el pesimismo, las dificultades o el cansancio. Hombres y mujeres santos que, siguiendo la huella de San Josemaría Escrivá y el obispo Santo Manuel González nos ayuden a vivir color esperanza.

*****************************

El Mundo (Castellón)

UN SANTO EN LA SOCIEDAD DE LA COMUNICACIÓN

Javier Arnal

“Es una gran cosa el periodismo. Los informadores podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Es difícil que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información”: San Josemaría Escrivá de Balaguer

Este 26 de junio se celebró, por primera vez, la fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, canonizado en Roma el pasado 6 de octubre. De su vida y de su mensaje pueden destacarse aspectos muy variados. El Papa lo calificó como “el santo de lo ordinario”, y lo ordinario nos afecta a todos.

En no pocos aspectos, fue pionero. El mensaje del Opus Dei, como él mismo decía, es “viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo”. Tiene la virtud de servir a todo hombre de todo momento histórico, también en esta época de cambios incesantes, en la que tanto influye la modernización tecnológica y el cambio cultural que suponen los medios de comunicación.

Su visión del periodismo uno de los factores clave para que yo estudiara Ciencias de la Información. Siendo yo un adolescente, tuve la suerte de escucharle y de percibir su aliento a quienes se dedican profesionalmente a los medios de comunicación. El aliento de su doctrina no se quedó en el comienzo de mis estudios, sino que pervive tras décadas de ejercicio profesional en diversos medios: prensa, radio, televisión o internet.

Es un santo que vivió en la incipiente sociedad de la comunicación. Fue pionero no por el afán de serlo, sino porque su mensaje tenía el atractivo de lo positivo, de construir las bases del futuro en virtudes de todos los tiempos, pero con contornos nuevos o exigencias concretas que van cambiando con el transcurso de la historia y de las culturas. Pocos saben que él fue profesor de Ética y Deontología periodística en la Escuela Oficial de Periodismo, en Madrid, y que su interés por el periodismo cristalizó en la primera Facultad de Ciencias de la Información en España, cuando inició sus actividades en 1958 en la Universidad de Navarra. En Europa sólo había otra Facultad más. Sin ruido, era consciente de que el periodismo necesitaba una formación superior.

Pese a ver cómo algunos medios de comunicación maltrataban la Iglesia, a veces con la “política infame del silencio” -como él afirmó- o la búsqueda del escándalo en la Iglesia, o algunos periodistas deformaban las características del Opus Dei o incluso sufría auténticos ataques hacia su persona, siempre tuvo palabras y escritos de aliento para la noble profesión periodística, como necesario servicio para la convivencia y la libertad.

Preconizó siempre la libertad, luchando por evitar “la aversión a la libertad personal, que es verdaderamente patológico”, en palabras suyas. “Es una gran cosa el periodismo. Los informadores podéis contribuir mucho a promover entre vuestros compañeros el amor a los ideales nobles, el afán de superación del egoísmo personal, la sensibilidad ante los quehaceres colectivos, la fraternidad. Es difícil que haya verdadera convivencia donde falta verdadera información”, dejó por escrito.

Alentaba y, a la vez, reclamaba responsabilidad, como cuando denunciaba el sensacionalismo - “no os oculto que me repugna el sensacionalismo de algunos periodistas que dicen ‘la verdad a medias’- y el rumor - “os ruego, pues que difundáis el amor al buen periodismo, que es el que no se contenta con los rumores infundados, con los ‘se dice’ inventados por imaginaciones calenturientas”. Pedía a los periodistas imparcialidad y documentarse con rigor. Ni siquiera la gran abundancia de información de nuestros días nos exime de ese deber. Su mensaje tiene un valor creciente, permanente.