Para santificar al mundo

Han pasado 40 años desde que San Josemaría celebró la Santa Misa en Pamplona ante un cuantioso número de fieles y pronunció una homilía llamada a perdurar en el tiempo. Presentamos un artículo sobre las palabras en las que el Fundador del Opus Dei invitaba a "Amar al mundo apasionadamente".

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Opus Dei - Para santificar al mundo

La solemne liturgia tuvo lugar en el marco de la II Asamblea General de Amigos de la Universidad de Navarra, y fue oficiada en el campus universitario, más precisamente en el lugar conocido como la explanada de la Biblioteca. Era indudablemente el acto más importante de aquellas jornadas.

Cuando se contempla una fotografía del lugar en tan histórico momento y se compara con otra actual de idéntica perspectiva, se pueden observar muchos detalles interesantes, aunque uno destaca a primera vista entre todos: los hermosos árboles que adornan ahora ese rincón entrañable del campus no existían entonces o, quizás, sólo eran pequeños arbustos rodeados de una mancha de césped, que los presentes en aquella ceremonia litúrgica evitaban pisar.

Como ellos, ha crecido en forma notable la Universidad de Navarra, y, a la par, se han visto desarrolladas tantas otras iniciativas apostólicas que San Josemaría fundó, bendijo y amó. El Opus Dei, que en aquel 1967 ya hacía llegar su eficacia santificadora a los cuatro ángulos de la tierra, ha experimentado también en estos 40 años, por la gracia de Dios y bajo la guía amorosa, sucesivamente, de San Josemaría, de Mons. Álvaro del Portillo y de Mons. Javier Echevarría, una formidable expansión de su servicio universal a la Iglesia y a la sociedad.

La homilía [1] que San Josemaría proclamó aquel día con voz firme, con tono vibrante y a la vez templado, y siempre con la impresionante auctoritas de su condición de Fundador y Pastor del Opus Dei, ha recorrido desde entonces un largo y fecundo camino de influjo a lo divino. Al tiempo de ser pronunciada, veía la luz su primera edición escrita, pues al finalizar la Santa Misa, fueron repartidos algunos ejemplares entre autoridades e invitados. Las ediciones sucesivas (bien de la homilía por separado o incluida ya en el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer) han superado en la actualidad el centenar, en una docena de lenguas. La simiente de amor a Dios, de vida ordinaria santificada, de generosidad apostólica, de servicio a la Iglesia, de amor cristiano al mundo que San Josemaría arrojaba a manos llenas ante unos miles de personas, continúa floreciendo hoy por todos los rincones del mundo.

Un texto nacido en un clima de oración y afán de almas

La explanada que acogió la Misa en la Universidad de Navarra, actualmente.

Quienes participaban en la II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra esperaban con alegría y emoción el momento en que tendría lugar la Santa Misa del Gran Canciller en la explanada de la Biblioteca. Estar cerca de San Josemaría y, más aún, poder participar en el Santo Sacrificio celebrado por él, significaba mucho para las personas allí congregadas, entre las que se contaban tantos hijos e hijas suyos y tantos Cooperadores y amigos. Muchos de ellos –quizás la mayoría, constituida por personas jóvenes– no lo conocían físicamente y sólo unos pocos habían tenido la oportunidad de asistir alguna vez, y lo guardaban en su corazón como un regalo de la Providencia, a una Misa suya. Eran miles de personas felices y agradecidas por encontrarse junto al Fundador del Opus Dei, y sobre todo porque tomaban parte con él –y, en cierto modo, a través de él– en “la acción más sagrada y trascendente que los hombres, por la gracia de Dios, podemos realizar en esta vida[2].

No es posible describir con palabras la fuerza espiritual del momento. Allí se hacía evidente aquel: “¡Vive la Santa Misa!”[3],que tantos fieles cristianos han aprendido a hacer suyo, siguiendo las enseñanzas de San Josemaría. En aquel “templo singular”, como lo describía en su homilía –“la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra...[4]–, era patente la fe y la piedad de una multitud en oración. Se “oían” con igual intensidad los diálogos y los silencios litúrgicos. Con la mirada fija en el celebrante y en el altar, se vivía intensamente el Sagrado Rito.

En ese ambiente espiritual, llegó, tras las Lecturas, el momento de la homilía, que fue seguida de principio a fin con atento y respetuoso interés. El Fundador del Opus Dei, de pie ante el altar y con los folios de la homilía en sus manos (se los había entregado D. Javier Echevarría, que permanecía delicadamente junto a él), pronunciaba el texto con la cadencia y la modulación necesarias para que pudiera ser bien seguido en aquel espacio abierto. Proclamaba la doctrina –aspectos centrales del espíritu que Dios le había entregado– con elegancia y vigor, con esa fuerza de atracción y convicción que siempre tenía su predicación. Leía el texto como diciéndolo, y se advertía que lo conocía muy bien. Lo había preparado cuidadosamente en las semanas anteriores, durante su estancia en Elorrio (Vizcaya), y lo había retocado días antes de los actos de Pamplona. Cada párrafo, cada palabra de aquella homilía era fruto de su meditación personal y de su deseo de ayudar a todos dando a manos llenas el buen espíritu.

Esta homilía y todos los escritos pastorales que San Josemaría ha dejado en herencia a sus hijos y a toda la Iglesia poseen, en efecto, con independencia de sus concretas circunstancias de tiempo y lugar, y de sus diferentes características internas, una importante cualidad común. Han venido a la luz en un clima de oración, de compromiso con la misión y el espíritu fundacionales, de plena fidelidad a la doctrina de fe de la Iglesia Católica y de afán de almas. Originados en el corazón y en la mente del Fundador, son fuente de la que mana incesante el espíritu del Opus Dei, a la vez que motor de vida cristiana para personas de todo lugar y condición. Es preciso acercarse a ellos, como es tradición en la Obra, con gratitud y veneración, leerlos y meditarlos con una disposición personal semejante a aquella con la que fueron escritos: en un ámbito de oración, de compromiso con la tarea apostólica encomendada, de fidelidad a la Iglesia.

¿No es cierto que la homilía Amar al mundo apasionadamente, releída en un clima de oración y afán de almas como en el que fue pensada, siempre vuelve a impresionar por la fuerza espiritual que encierra? San Josemaría quiso que, pocos días antes de ser pronunciada por él en el campus de Navarra, fuera leída en su presencia a un puñado de hijos suyos. La impresión que dejó en ellos fue, en cierto modo, como una anticipación de la que iba a transmitir días más tarde a quienes la escucharon de sus labios en Pamplona y la que sigue proporcionando a cuantos la han leído en estos años.

Vivir santamente la vida ordinaria

La frase que da título a este parágrafo es el leitmotiv de la homilía: su verdadera música de fondo. Esas cinco palabras sintetizan perfectamente su contenido e incluso, yendo más allá, permiten formular con brevedad y acierto la sustancia del mensaje fundacional de San Josemaría: la vida ordinaria puede ser medio de santidad, Dios nos llama a santificarnos en ella. “¡Con cuánta fuerza ha hecho resonar el Señor esa verdad, al inspirar su Obra! Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con San Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo”[5].

La homilía hace hincapié en esa doctrina fundamental y pone de manifiesto sus principales claves teológicas y espirituales, como por ejemplo el hecho de acentuar ya desde el principio que la vida ordinaria es “el verdadero lugar de nuestra existencia cristiana[6]. El término “lugar” indica el conjunto de realidades que constituyen nuestra existencia cotidiana: circunstancias, deseos, acciones, inquietudes personales, relaciones con los demás, acontecimientos, etc. Todas las vicisitudes materiales y espirituales de nuestro vivir de personas corrientes durante las veinticuatro horas del día conforman, a la vez e inseparablemente, el marco necesario del ser cristiano, que no consiste sino en vivir la vida diaria en referencia a Cristo, como hijos de Dios. “Existencia cristiana” nada añade a “vida cotidiana” salvo la intencionalidad de vivir ésta, con ayuda de la gracia, en Cristo[7], es decir, dejándose guiar por el Espíritu Santo[8]: con sentido sobrenatural, con caridad y verdad, con finura de conciencia, con recto criterio moral. En definitiva, como hijos de Dios. “En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...[9]

En el don de la adopción filial que Dios nos ha concedido por los méritos de Cristo, y en la llamada que nos dirige a comportarnos en todo, confortados con la gracia, como hijos suyos, radica la humilde grandeza de la existencia cristiana, que es –mientras no lo ocultemos con acciones impropias– un inmenso foco de luz en medio de la sociedad. “Vosotros sois la luz del mundo[10].

La voz de San Josemaría resonaba con extraordinaria determinación en aquella mañana de octubre de 1967: “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca[11]. Esa misma voz, entrañable y paterna, sigue recordando a todos los cristianos que tenemos el deber de mostrar a nuestros conciudadanos, a toda la sociedad contemporánea el verdadero rostro amable y misericordioso de Cristo: la obligación de que pueda ser conocido en y por nuestra vida. “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos[12].

Vivir santamente la vida ordinaria –“sin ruido, con sencillez, con veracidad[13]– es, como hemos comprobado en nuestra propia existencia, un ideal de extraordinario atractivo. Pero sólo se alcanza a comprender plenamente su grandeza (“la grandeza de la vida corriente[14]) cuando ese existir está empapado a diario de espíritu apostólico, de celo por las almas. “Santidad en las tareas ordinarias, santidad en las cosas pequeñas, santidad en la labor profesional, en los afanes de cada día...; santidad, para santificar a los demás[15]. Los cimientos firmes del camino del Opus Dei, queridos como tales por Dios, se siguen implantando y extendiendo día a día por todo el mundo sobre el fundamento de la fe (pues “sin la fe, falta el fundamento mismo para la santificación de la vida ordinaria[16]), y de la puesta en práctica –con naturalidad y audacia, con humildad y sin temores– de la libertad del cristiano(“no podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad que os reconocen –a la vez– la Iglesia y vuestra dignidad de hombres y de mujeres creados a imagen de Dios[17]).

Amar el mundo apasionadamente

Una frase que el Fundador del Opus Dei escribió en la homilía del campus y que, llegado el momento de su proclamación litúrgica, pronunció con singular vibración, ha servido para inspirar el título con que la homilía ha pasado a la historia: “Amar al mundo apasionadamente”. La referida frase suena así: “Soy sacerdote secular: sacerdote de Jesucristo, que ama apasionadamente el mundo[18]”. Entre la frase y el título hay un evidente parentesco, pero no es menos evidente que la frase dice más que lo expresado en el título. Hay en ella un plus de significado, cuyo peso teológico otorga también implícitamente al título su auténtico alcance espiritual.

Cuando la homilía salió de la pluma de San Josemaría no tenía propiamente un título, ni tampoco lo tuvo en su primera edición[19], o en sus primeras reproducciones en algunos medios de comunicación en lengua castellana. Sólo al ser traducida y editada en otras lenguas –como al francés y al italiano– recibió, con aprobación de su Autor, un título propio[20]. Fue el italiano (Amare il mondo appassionatamente), directamente deducido de la frase antes mencionada, el asumido en las ediciones y traducciones sucesivas. Bajo ese título, ya definitivo, se incluyó la homilía en el libro Conversaciones.

El amor al mundo del que trata la homilía no es un amor simplemente natural, como el que pudiera brotar en alguien que admirase su armonía y belleza desde una perspectiva ajena al sentido religioso, o incluso –aun sin excluir su referencia a Dios– desde una actitud religiosa genérica. San Josemaría, por el contrario, está hablando en su homilía del amor cristiano al mundo, contemplado por él no sólo como creación de Dios –que es lo propio de una visión creyente– sino sobre todo, yendo más allá, como lugar del encuentro personal con Cristo, como escenario en el que los cristianos están llamados a “vivir santamente la vida ordinaria”. El mundo que el Fundador del Opus Dei ama y enseña a amar es esencialmente amable “porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr. Gen 1, 7 y ss.)”[21]. En el amor al mundo de San Josemaría está latiendo la sublime enseñanza del Señor a Nicodemo: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3, 16). Ese es el mundo que contempla y ama con amor sacerdotal: el que, amado eternamente por el Creador, ha sido redimido y santificado por Cristo mediante su vida humana, su muerte y su gloriosa resurrección y ascensión al Cielo.

El amor apasionado de San Josemaría al mundo está siempre ardiendo en la llama del amor a Cristo y a su obra de salvación. Es un amor apostólico, un amor redentor y, en ese sentido, un amor también sacerdotal, mediador, sacrificado, partícipe del amor al mundo del Sacerdote Eterno, Cristo Señor nuestro. La referencia personal del cristiano al mundo (su mundo, su quehacer, su cotidiana relación con las personas y las cosas) incluye sustancialmente, en virtud de su sacerdocio común, una dimensión de mediación y suscita, en el alma abierta a la gracia, la intención de conducir a Dios todas las cosas, de encaminarlas a su destino, que es la gloria de Dios. Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios(1 Cor 3, 22-23). Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en nuestros corazones, quiere provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor[22]. Traen esas palabras a la mente aquellas otras en las que habla de la “corriente trinitaria de amor por los hombres, que se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía[23]. La corriente de amor de Dios que ha descendido sobre los cristianos y sobre la entera creación, perpetuada en el Sacrificio del altar, pide ser correspondida por el movimiento ascendente del amor a Dios y a todas las cosas creadas –cotidianamente encendido en la Eucaristía– para reconducir la entera creación redimida a su Creador. Es un ideal apasionante, como el amor que el Espíritu Santo induce y sostiene en nosotros.

En todo el inmenso panorama del trabajo

Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día[24]. Aquellos miles de personas que escuchaban atentamente aquel 8 de octubre de 1967 eran como una breve representación de todos los que, desde 1928 y hasta el final de los tiempos, habrán sido confortados con su mensaje de santidad. En el campus dePamplona, ante el Fundador del Opus Dei, se hallaba, en cierto modo, como en apretada síntesis, el inmenso panorama del mundo del trabajo –el mundo de los hombres y las mujeres corrientes, el de su diario existir– en medio del cual había hecho Dios brotar, en su misericordia, esa fuente permanente de luz y de sentido cristiano que es el espíritu del Opus Dei.

Mirad las aves del cielo … Fijaos en los lirios del campo …”, decía Jesús a las gentes que escuchaban su discurso en el monte, haciéndoles meditar sobre la presencia bienhechora de Dios entre nosotros, sobre su providencia paterna[25]. Ha querido también el Señor que, a través de San Josemaría, resuene en el seno de la Iglesia y en la entraña misma del mundo un cierto eco de sus palabras, y no falten personas que al calor del espíritu del Opus Dei sepan poner de relieve el significado cristiano del cotidiano acontecer. “Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir[26]. Ese quid divinum que corresponde descubrir a cada uno, contribuyendo así a que también otros se animen a descubrirlo, es sencillamente “la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida[27], es decir, lo que da valor y significado transcendente a la vida ordinaria es que, en y desde ella, Dios dice lo que espera de cada uno.

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades[28], repite nuevamente San Josemaría con sus palabras de entonces. En realidad, es la propia alma, la inteligencia, la conciencia las que se iluminan en primer lugar a partir de esas verdades, y con ellas también se llena de nueva luz y queda purificada la mirada sobre los acontecimientos y las cosas. El mundo en el que vivimos y actuamos “como ciudadanos en la vida civil[29], cuando es contemplado con ojos cristianos, con mirada de hijo de Dios, deja ver a través de su belleza la Belleza de su Autor, a través de su grandeza la grandeza del Amor Creador.

El mundo que Dios amorosamente ha creado y redimido en Cristo para nosotros sus hijos, este mundo real de lo cotidiano que nos ha sido entregado para que lo santifiquemos y lo pongamos a los pies de su Señor, despierta el amor, solicita el trabajo, apremia el celo apostólico. Convoca, en definitiva, a vivir santamente la vida ordinaria con generosidad y audacia, con sentido apostólico, con intención: “porque una vida santa en medio de la realidad secular (…) ¿no es hoy acaso la manifestación más conmovedora de las magnalia Dei (Eccli 18, 4), de esas portentosas misericordias que Dios ha ejercido siempre, y no deja de ejercer, para salvar al mundo?[30].

A. Aranda.


[1] San Josemaría Escrivá, Amar al mundo apasionadamente, en “Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer”, nn. 113-123, Madrid, Rialp, 1968 (1ª ed.). (Citaremos ese texto en adelante siguiendo la numeración marginal de Conversaciones, distinguiendo los párrafos dentro de cada número con letras minúsculas).

[2] Conversaciones, 113b.

[3] Cfr. Forja, 934.

[4] Conversaciones, 113d.

[5] Carta 24-III-1930, 2

[6] Conversaciones, 113e.

[7] Cfr. Gal 2, 20; 2 Cor 13, 5; Rm8, 10; Col 1, 27; Ef 3, 17; etc.

[8] Cfr. Rm 8, 14.

[9] Conversaciones, 116b.

[10] Mt 5, 14.

[11] Conversaciones, 114e.

[12] Mt 5, 16.

[13] Conversaciones, 123a.

[14] Cfr. Amigos de Dios, 1-22.

[15] Amigos de Dios, 18.

[16] Conversaciones, 117b.

[17] Conversaciones, 123d.

[18] Conversaciones, 118b.

[19] Esa primera edición, impresa en “Ediciones Magisterio Español, S.A” (E.m.e.s.a.), Madrid, vió la luz coincidiendo con la Misa de nuestro Padre en Pamplona. En la portada se lee: “Homilía | pronunciada por el Excmo. y Revmo. Sr. | Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer | Gran Canciller de la Universidad de Navarra | durante la Misa celebrada en el campus de la | Universidad, con ocasión de la Asamblea General de la Asociación de Amigos | 8 de octubre de 1967 | Pamplona | mcmlxvii”. Constaba de 16 páginas.

[20] Los títulos, en ambos casos, se inspiraban en palabras tomadas del mismo texto de la homilía. En francés fue denominada: “Le matérialisme chrétien” (cfr. “La Table Ronde”, nº 239-240, noviembre-diciembre 1967, pp. 231-241; en italiano recibió el nombre de “Amare il mondo apassionatamente” (cfr. “Studi Cattolici”, nº 80, noviembre 1967, pp. 35-40.

[21] Conversaciones, 114a.

[22] Conversaciones, 115c.

[23] Es Cristo que pasa, 85.

[24] Conversaciones, 114b.

[25] Cfr. Mt 6, 26-28.

[26] Conversaciones, 114b.

[27] Conversaciones, 116d.

[28] Conversaciones, 116d.

[29] Conversaciones, 116d.

[30] Conversaciones, 123a.