Ojos para ver, manos para volcarse

Mara Fraile, vallisoletana de nacimiento, lleva viviendo en Brasil desde el año 1977. Con tan sólo 21 años se fue a este país con la ilusión de ayudar en la labor apostólica del Opus Dei. En estos 39 años, ha contribuido con su trabajo profesional a impulsar y colaborar en labores sociales, educativas y asistenciales.

En primera persona
Opus Dei - Ojos para ver, manos para volcarse Mara en el Colegio Os Pinhais (Brasil).

"Esto" de lo que Marcia habla es un “Mercadillo de mendigos” que acabamos de hacer – ya por segunda vez- en São José dos Campos, una ciudad de Brasil. ¿Mercadillo de mendigos? Sí, así como suena: ¡de mendigos!

Se nos ocurrió cuando empezamos a oír hablar del Año de la Misericordia. Queríamos hacer algo y aunque desgraciadamente en nuestro país no hace falta buscar mucho para encontrar gente necesitada, pensamos en un público que tenemos muy cerca, al alcance de la mano, y que son los numerosos mendigos que viven en la calle por el centro de la ciudad.

Así surgió nuestro diálogo:

- ¿Y cómo les ayudamos?

- A ti, ¿qué te parece que necesitan?

- ¡De todo!

- Sí mujer, ya lo sé, pero que podamos hacer nosotras…

- Pues… ropa, aseo, mantas… dignidad y cariño sí, mucho cariño.

Llamamos a más amigas y lo organizamos en pocos días. Con un buen arsenal de material que reunimos pidiéndoselo a mucha gente, nos instalamos en un parque público –¡menos mal que no llovía!– y empezamos a montar los departamentos: unas perchas con pantalones, camisas, zapatos, pilas de mantas, y al lado una silla confortable para los que quisiesen cortarse el pelo. Los clientes empezaron a acercarse discretamente, miraban y remiraban… hasta que vieron que era verdad lo que les decíamos. Les llamábamos por su nombre, le preguntábamos lo que les gustaría tener, les ayudábamos a escoger la ropa o los zapatos… Fue una experiencia increíble, no sólo para Marcia, sino para todas nosotras. ¡Qué fácil es hacer algo cuando realmente queremos!

“Montamos los departamentos: unas perchas con pantalones, camisas, zapatos, pilas de mantas, y al lado una silla confortable para los que quisiesen cortarse el pelo”.

La miseria "más miserable"

Brasil es un país inmenso, precioso, maravilloso. Hay mucha alegría, pero también muchas necesidades de todo tipo: materiales, culturales, de servicios básicos. Esta iniciativa de los mendigos es una de las muchas que he tenido la suerte de acompañar en los 39 años que llevo viviendo en este lugar. Me parece un privilegio poder ayudar a tanta gente a través de proyectos variados, y al mismo tiempo, hacer participar a muchas personas que pronto descubren quién es realmente ayudado.

Me acuerdo de mis primeros contactos con la miseria más miserable, donde tenía que sobreponerme para no llorar, sentir asco o tener que hacer algo inaudito por primera vez

Me acuerdo de mis primeros contactos con la miseria más miserable, donde tenía que sobreponerme para no llorar, sentir asco o tener que hacer algo inaudito por primera vez. Me acuerdo también de momentos mágicos, donde compruebas por qué vale la pena apostar por el ser humano, como aquella mujer paupérrima, con varios chiquillos, que al llevarle una caja de alimentos básicos me pidió que se la diera a la vecina de la chabola de al lado que lo necesitaba más que ella…

“Me entusiasmó especialmente el proyecto Garatuja de educación a través de la danza para niñas con necesidades de la periferia de Brasilia”.

Otras veces hemos hecho visitas a un Instituto de personas ciegas, en Curitiba, para charlar con ellas y oírles contar experiencias que a nosotros nos parecían increíbles. Me entusiasmó especialmente el proyecto Garatuja de educación a través de la danza para niñas con necesidades de la periferia de Brasilia; o el Jurujuba, en un pueblecito pesquero de Niteroi, dónde se dan clases a los niños y se capacita a sus madres para que puedan aumentar la renta familiar. Y también he podido echar una mano a las alumnas de Os Pinhais, un centro volcado en darles los estudios necesarios y que puedan trabajar en el área de Turismo y Hostelería…

Niños, madres, enfermos y refugiados

Cuántas horas invertidas, muy bien invertidas, en dar clases extras a niños que no conseguían acompañar el ritmo de su escuela, a veces por la desnutrición, y de paso enseñar a leer y a escribir a sus madres. Me acuerdo de la respuesta de una señora cuando fue a votar. Le pidieron mojar el pulgar en la tinta para cubrir su identificación en unas elecciones, y ella respondió, con voz embargada: "No hace falta, ahora sé escribir mi nombre”. O las visitas a hospitales a personas que están muy solas, ya que dejaron sus familias a millares de kilómetros, o las ayudas en la inclusión de refugiados sirios en estos últimos meses…

Le pidieron mojar el pulgar en la tinta para cubrir su identificación en unas elecciones, y ella respondió, con voz embargada: "No hace falta, ahora sé escribir mi nombre”

Soy de Valladolid, y cuando salí del aeropuerto de Barajas era una joven llena de ilusión y con cierto temor a lo desconocido. Sabía que me esperaba una aventura, mucho que aprender, crecer, y disfrutar.

“En un pueblecito pesquero de Niteroi se dan clases a los niños y se capacita a sus madres para que puedan aumentar la renta familiar”.

Algunas amigas me preguntan:

- ¿Ha merecido la pena?

- ¡Me quedé corta! Mirando para atrás, desde mis 60 años ya cumplidos, puedo afirmar que la felicidad no es un artículo de lujo, ni un regalo de tómbola que le toca a algunos. ¡Hay que saber descubrirla! Y, gracias a Dios, a mí me llegó fácilmente: enseguida la encontré ayudando a los demás. Sabiendo el secreto, me he llenado de días, meses y años verdaderamente felices.