La vida en familia

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

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Para las Navidades se instaló un Nacimiento en la galería inmediata al comedor. Al Padre le gustaba ver cómo se iban componiendo las montañas y se colocaban las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. El Nacimiento centraba la vida familiar en el tiempo de Navidad. Allí, en la galería, se solía hacer la oración de la tarde, se tenían las tertulias, se cantaban villancicos. La víspera de la Nochebuena de 1942, trajeron al Padre una preciosa talla del Niño Jesús en madera de caoba: la tenía gozoso entre sus manos y la mostraba con inmenso cariño. Quizás le recordaba la imagen del Niño que gustaba besar y mecer entre sus brazos, años atrás, en la iglesia del Real Patronato de Santa Isabel.

Todos queríamos quedarnos a pasar las Navidades en Diego de León con el Padre, y así se lo pedíamos; pero a los más jóvenes nos decía que fuéramos con nuestras familias. No podía quejarme del ambiente en casa de mi familia, pero cuando estaba en Huesca echaba de menos la vida en Diego de León. En 1942, regresé de Huesca hacia la medianoche del 2 al 3 de enero. El 4, cuando estábamos en el postre, al partir yo el turrón, partí el turrón y también el plato, con la consiguiente broma fácil de los demás: en adelante, no podría decir que no había roto un plato. Muy poco después nos trajo el Padre a cada uno una copita de malvasía de Sitges, que le habían regalado, y pasamos con él una encantadora sobremesa; quizás quiso, de ese modo, que no me apurara por el pequeño percance. Ese año, el Padre, con dos que le acompañaron, se ocupó de los regalos de Reyes, y yo hice de paje. El 9 de enero de ese año el Padre cumplió cuarenta años: le felicitamos y nos acompañó en la tertulia después del almuerzo, pero no recuerdo que le agasajáramos de modo especial.

Carácter muy particular tenía la fiesta del 19 de marzo, san José, Patrono de la Iglesia y de la Obra, santo del Padre y fecha vinculada a nuestra personal entrega al Opus Dei. Como es frecuente en España llevar el nombre de José, siempre había algunos Pepes que celebraban su santo. Después de la misa, felicitábamos al Padre y a los Pepes y se desbordaba el buen humor de todos. Muchas personas venían por san José a Diego de León para felicitar al Padre y otras llamaban por teléfono, con el mismo fin. En 1943 y 1944, estuvo el Nuncio de Su Santidad en Madrid, Monseñor Cicognani, que nos celebró la misa. El Padre estaba conmovido por esa muestra de afecto del más directo representante del Papa.

La circunstancia de vivir en la misma casa facilitaba que el Padre nos acompañara muchas veces en las tertulias. Nos solía decir que no debía venir con nosotros, para que no nos sintiéramos cohibidos por su presencia y charlásemos con más espontaneidad. Confesaba que después de estar con nosotros en la tertulia solía proponerse no volver en un tiempo, pero que, al oírnos subir del comedor o escuchar nuestras voces jóvenes, su corazón le hacía traición -constituíamos lo que él llamaba su "ocasión próxima"- y fallaba a su propósito. Nosotros, que teníamos muchas ganas de que viniera, le asegurábamos que su presencia no disminuía en absoluto nuestra libertad; al contrario, estimulaba nuestra desenvoltura, porque solía pedirnos que le contáramos anécdotas, chistes, o que cantáramos.

Cualquier tema corriente servía al Padre para darnos criterio cristiano, para formamos o para contarnos cosas interesantes o divertidas de sus viajes por diversas ciudades y el desarrollo de las labores apostólicas. Impulsaba nuestro proselitismo personal y nos movía a encomendar al Señor a personas que podían pedir la admisión en el Opus Dei. Mientras nuestros ojos se abrían como platos ante los espléndidos horizontes de expansión que nos trazaba, nos repetía: "Soñad y os quedaréis cortos". Y también: "Que se os meta bien en la cabeza y en el corazón que no haremos nada si no somos santos". El tiempo de tertulia pasaba volando cuando estaba el Padre, y solía terminar con las campanadas del reloj. En ocasiones buscábamos con la mirada la complicidad del director y acudíamos al truco de cantar algo con suficiente potencia para que no se oyeran, y así alargar la tertulia. El Padre se daba cuenta de la maniobra, y a veces seguía la broma y continuaba la tertulia algo más.

Puede ser una simpleza mía, pero no me importa decir que aquellas tertulias con el Padre me han servido para atisbar lo que debe ser el Cielo: la contemplación de la Santísima Trinidad, la amigable conversación con el Señor, con la Virgen, con los ángeles, con tantas personas con las que se ha tenido un particular trato en esta tierra; para intuir, salvadas infinitas distancias, lo que debe ser ese vivir intenso en el que el tiempo no corre, en el que todo es Amor. El Cielo debe ser algo muy parecido a una tertulia sin fin y sin posible cansancio, en la que todos contemplan a Dios, se miran, se comprenden y se aman.

Las canciones surgían con frecuencia, sin acompañamiento musical casi siempre, más rara vez con el apoyo del piano o la guitarra. El Padre se unía muchas veces a los cantores y nos animaba a cantar refiriendo al Señor, a la Virgen, a la Obra, tantas expresiones bellas, llenas de poesía, que han brotado del corazón enamorado de los hombres. Muy pronto se dispuso de un piano pequeño para acompañar las canciones o para que algún entendido practicara con él y nos diera un concierto. En el otoño de 1941 llegó una radiogramola que, aunque antigua, se consiguió poner en uso y se instaló en la zona de estar. Los discos se fueron obteniendo como regalo de nuestras familias.

En la primavera de 1942, Pedro Casciaro se hizo con un viejo armonium que, una vez arreglado y ajustado, hizo las delicias de Jesús Arellano, como importante apoyo para el canto en el oratorio. Más adelante, hacia el verano del mismo año, nos regalaron una antigua pianola. Se encontró a un experto que la puso a punto. En septiembre se recibió de Valencia un buen lote de rollos para la pianola y comprobamos que sonaba de modo aceptable. El día de san Francisco de Asís, los Pacos fuimos obsequiados con un excelente concierto de pianola. También hubo violines: el que Jesús Larralde se trajo de Pamplona -conseguía arrancarle notas que recordaban un conocido minué- y el que tocaba Jesús Alberto Cagigal. Aunque había un reducido grupo un tanto negado para la música, el nivel medio era más que aceptable.

En su predicación, al Padre le gustaba comentar el texto del Evangelio de san Juan (15, 16): No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido, y os he puesto, para que vayáis, y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para considerar la elección divina, la fidelidad que debíamos guardar a la llamada y su sentido apostólico universal. Nos decía que el Opus Dei habría de extenderse por tierras y mares, de polo a polo. En alguna tertulia había comentado que nos vendría bien tener como objeto decorativo un barco, que recordara esos afanes universales. Y en el verano de 1943, Gonzalo Ortiz de Zárate, un alavés que estudiaba ingeniería naval, aprovechó sus vacaciones en Villarreal de Álava para emprender la construcción de un barco bautizado como Ut eatis, de 1,75 metros de eslora, que quedó terminado para las Navidades de ese año.