La fe de San Josemaría en cinco anécdotas

La fe se demuestra en obras. San Josemaría confesaba con humildad, porque no era mérito suyo sino don de Dios, que tenía “una fe gorda, que se podía cortar”. Una fe que se traducía en vivencias como éstas.

Año de la fe

1. “Hasta las puertas del infierno”

El fundador del Opus Dei repetía muchas veces que, por salvar, un alma había que ir hasta las puertas del infierno. Y por este motivo, se preocupó siempre de que ninguna de las personas que atendía muriera sin recibir los Sacramentos, a pesar de las dificultades que pudiera encontrar.

En los años 30 , en Madrid, se enteró, a través de unos enfermos, de que a un hombre joven le quedaban pocos días de vida. Como aquel moribundo no tenía donde estar, esperaba la muerte en una casa de prostitución en la que se alojaba también una hermana suya que ejercía ese triste oficio.

San Josemaría Escrivá con Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei, que falleció en 1943.

Decidió actuar. Expuso el problema al Vicario General de la diócesis, don Francisco Morán, y le pidió permiso para ir allí con el fin de proponer al enfermo que se confesara para administrarle después la Extremaunción y el Viático. Con la respuesta afirmativa don Francisco Morán, decidió que le acompañara un amigo, buen cristiano, de edad avanzada: don Alejandro Guzmán. Y tomó, además, una precaución más. Habló con la mujer que dirigía ese lugar para contarle que acudiría para no dejar morir al enfermo sin reconciliarse con Dios. “Sé que se encuentra aquí –le dijo. Volveré mañana para atenderle, pero sólo con una condición: que, al menos mañana, no se ofenda al Señor en esta casa”. Aquella mujer, que tenía fe, aseguró que se cumpliría esa condición. Al día siguiente, después de prepararle bien, San Josemaría confesó al moribundo y le administró la Extremaunción y el Viático. Le asistió hasta el final rezando jaculatorias al oído del joven… ya en paz con Dios.

2. En Londres: “Tú no puedes, Yo sí”

San Josemaría era muy consciente de que el Opus Dei era un querer de Dios que excedía sus talentos y fuerzas humanas. Pilar Urbano relata en “ El hombre de Villa Tevere ”: “En agosto de 1958, mientras está «pateándose» la city de Londres, Escrivá se siente abrumado en aquella cosmopolita y febril encrucijada del mundo… Mira los edificios cargados de historia, el tráfico incesante, las gentes de todas las razas y todas las lenguas que cruzan las calles deprisa, en silencio, sin mirarse, abstraído cada cual en la madriguera de su egoísmo… Se admira y se desconcierta. No encuentra rastro de Dios por ninguna parte. Le parece que todo está por hacer. Se ve sin recursos, sin fuerzas, sin saber ni cómo, ni por dónde, ni con quién iniciar el diálogo… Por sus mejillas se descuelga la triste y heladora caricia del desaliento. Se le cae el alma a los pies. Hecho trizas, se vuelve a Dios desde el cuajo del corazón y le dice: «Esto se te ha escapado de las manos… Londres es mucho Londres… ¡Yo no puedo, Señor, yo no puedo!» Y es entonces cuando Dios entra en el juego. No ha dejado de estar nunca, pero ahora va a hacerse sentir: «Tú no puedes…, pero yo sí.» Unos días después él mismo contó: “en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo”.

3. “Al Señor le da igual una moneda que otra”

San Josemaría visita la tumba de S. Tomás Moro, Canterbury (Gran Bretaña)

Las dificultades económicas fueron una constante en la vida de san Josemaría, que hizo frente a estos problemas con optimismo, buen humor y, sobre todo, con una gran fe en Dios.

Al inicio de la labor apostólica con jóvenes san Josemaría se embarcó en el proyecto de una residencia universitaria. Cada mes sufrían para pagar el alquiler del inmueble. Era diciembre del año 1934. El 6 de diciembre de 1934, sin saber a quién recurrir en la tierra, recurre al Cielo y, a punto de celebrar la Misa de San Nicolás de Bari, el Fundador le reta: «¡Si me sacas de esto, te nombro Intercesor!». Saliendo de la sacristía, pensó que a un Santo no se le ponen condiciones: «...Y si no me sacas, también». Y así fue.

En otro momento, esta vez en Roma, y otra vez sin apenas medios, tiene que hacer frente a una ambiciosa compra de edificios. La única condición del dueño es que el precio convenido lo abonen en francos suizos. San Josemaría comentará divertido: “¡No nos importa nada! Nosotros no tenemos ni liras, ni francos… Y al Señor le da igual una moneda que otra!”

4. Fe y periferia: “Para éstos la bendición; a ti, un abrazo”

san Josemaría Escrivá de Balaguer en Jaltepec, Guadalajara (México)

Una de las claves del magisterio inicial del Papa Francisco es la necesidad de que la Iglesia se acerque a los que están lejos. Que salga de sí misma y vaya a la periferia.San Josemaría tuvo siempre un gran deseo de difundir la fe católica y llegar a los que no formaban parte de la Iglesia católica. Muchas veces afirmaba que, lo que él llamaba apostolado ad fidem –la labor encaminada a trasmitir la fe a quienes no la tienen- era uno de sus apostolados preferidos.

Su trato con los no creyentes fue siempre de respeto y cercanía. Al mismo tiempo que acompañaba a estas personas con su oración. Muchas veces les repetía “sé que no crees, pero no dejaré de rezar por ti, para que el señor te conceda el don de la fe”. Mons Ugo Puccini, actualmente obispo de la diócesis colombiana de Santa Marta, relata que “en 1961, Josemaría Escrivá tuvo un encuentro con estudiantes de una Residencia Universitaria Internazionale de Roma. Antes de irse dio la bendición a los presentes. Abdukl Kadir, residente mahometano, se quedó respetuosamente en pie y Josemaría, al terminar, se dirigió hacia él y le dijo estrechándolo: para ti, un abrazo . Por la emoción de Abdul Kadir, pienso que no lo habrá olvidado nunca”.

5. “La ignorancia, la gran enemiga”

San Josemaría con varios kenianos del Opus Dei.

Solía afirmar, este santo español, que la ignorancia es la gran enemiga de las almas y, por eso, dio gran importancia a la catequesis y a la predicación. Mientras era un sacerdote joven, dedicó muchas horas a enseñar el catecismo a los niños que vivían en los arrabales de Madrid y nunca puso pegas cuando se le pedía que predicara homilías o ejercicios espirituales. Don Victor García Hoz, catedrático de universidad, contaba que en 1943 organizó unos Ejercicios espirituales para profesores y graduados universitarios. Se realizaban en el Oratorio del Caballero de Gracia, en Madrid y San Josemaría dirigía las meditaciones al final de la tarde. “A los dos o tres días de empezar –relata García Hoz– notamos que hablaba con dificultad; se le habían inflamado las amígdalas y le supuraban. Con todas las dificultades, y además pidiendo perdón, continuó la semana entera, dejándonos impresionados”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer en São Paulo (Brasil)