La creación artística a la luz de las enseñanzas y la vida de Josemaría Escrivá

Alexander Zorin, un eminente intelectual y poeta ruso, de religión ortodoxa, reflexiona en este ensayo sobre las enseñanzas de Josemaría Escrivá.

Han dicho

Nací en Moscú al comienzo de la segunda guerra mundial, en una familia de empleados: mi padre era artista y mi madre profesora de música y geografía. Escribí mis primeros versos antes de frecuentar la escuela, poco tiempo después de aprender a leer. Mis primeras lecturas fueron los rótulos de las calles y los periódicos extendidos sobre las mesas, a modo de mantel, en el jardín de infancia.

Cuando tenía quince años leí con gran entusiasmo los clásicos rusos y empecé a plantearme el sentido de la vida, del mundo y de la vocación del hombre. Conocí las enseñanzas del Evangelio bastante tarde: lo leí cuando tenía 27 años, ocho años antes de ser bautizado.

Durante ese tiempo me apasioné por la astronomía, y experimenté la belleza y la grandeza del universo. Fue entonces cuando escribí un libro sobre Tsiolkovsky. Sus trabajos sobre la filosofía de la naturaleza dejaron en mi conciencia una convicción importante: el universo es un organismo único y viviente.

Aunque soy un hombre de letras (cursé el bachillerato de Literatura y fue recibido como miembro en la Unión de los Escritores en 1979) pocos de mis trabajos se publicaron en la prensa diaria. Mis primeros libros se editaron en 1980, y la gran mayoría después de la Perestroika. En el periodo soviético me ganaba la vida realizando trabajos manuales (excursiones geológicas, koljozs de pescadores) y traduciendo obras de poesía.

El bautismo

Al principio de los años setenta leí las obras del padre Alexander Men, le conocí y pronto recibí el bautismo de sus manos. Men influyó mucho en mi desarrollo como poeta. Éramos muchos en su parroquia, pero su cercanía espiritual hacía que nos sintiéramos parte de una misma familia.

Durante ese tiempo el sistema soviético controlaba la Iglesia, suprimiendo cualquier manifestación exterior de religiosidad. Yo seguía al padre Alexander de cerca, que fue sembrando durante treinta años la Palabra de Dios desde el templo, desde el púlpito, y durante los tres últimos años de su vida, en medio del mundo, hablando de Dios en numerosas aulas y salas de conferencias.

Alentaba a buscar a Dios de un forma tan convincente y ardorosa que unas personas tibias, críticas y envidiosas -los enemigos de Cristo- al fin le asesinaron.

“Sólo se encuentra uno como él en cada siglo”, nos decía el padre Alexandre cuando nos hablaba de Vladimir Soloviev, al que le dedicó los numerosos tomos de su “Historia de las religiones precristianas”. Estas palabras se podrían aplicar al mismo padre Alexander. Fue una persona de amplísima cultura: historiador, teólogo, escritor religioso, predicador brillante, pastor de una multitud de intelectuales descarriados, que daba testimonio de Cristo con el don del amor.

El amor no muere nunca

El amor no muere nunca. Esto lo saben bien sus hijos espirituales que acuden a él en sus oraciones y reciben su ayuda desde el más allá. Sus libros -unos 6 millones de ejemplares sin contar las traducciones a lenguas extranjeras- todavía llevan a Dios en la actualidad a nuestros compatriotas. Estoy en contacto epistolar con muchos de ellos y soy testigo del carácter saludable y curativo de la predicación del padre Alexander en la Rusia actual. Es la predicación de un sacerdote ortodoxo. abierto al mundo, a la cultura y a otras confesiones.

Josemaría Escrivá

En la primavera del año 1980, en una conversación familiar con sus parroquianos, el padre Alexander nos habló de Josemaría Escrivá, una figura que era entonces completamente desconocida para nosotros. A veces grabábamos sus pláticas en un magnetófono, y por suerte, hemos grabado una en la que decía:

“Hace ya algunos decenios que existe en Occidente un movimiento llamado Opus Dei, Obra de Dios. Fue fundado por un portugués, Josemaría Escrivá. Este movimiento se está difundiendo ampliamente, por todo el mundo. Escrivá escribió un pequeño libro “Camino”, que es una compilación de aforismos. Espero que un día lo traduzcamos para que ustedes lo puedan leer. Escrivá dice que ser cristiano no es vivir como un burgués, como un pagano, consagrar solamente unas dos horas los domingos para la elevación espiritual. Ser cristiano es serlo siempre, cada día, en las situaciones y cosas más habituales”.

Como se ve, las informaciones sobre el fundador del Opus Dei eran escasas e imprecisas: Josemaría Escrivá no era portugués, sino español; el Opus Dei no es un movimiento, sino una institución de la Iglesia. Estábamos en los años del Telón de Acero, en los que la literatura religiosa penetraba en Rusia entre grandes dificultades, sorteando muchos riesgos.

Camino

Pronto apareció en nuestra parroquia un ejemplar mecanografiado de Camino. En aquellos tiempos las obras de literatura religiosa sólo circulaban mediante las samizdat, copias mecanografiadas. El papel era delgadísimo y estaba muy mal impreso. Era la cuarta copia de una misma impresión mecanográfica reproducida con papel carbón. La primera copia, la de mejor calidad, costaba mucho más que la cuarta, y el mecanografiado original tenía un precio prohibitivo. Era una traducción en ruso moderno, pero las citas bíblicas, curiosamente, estaban en eslavo eclesiástico.

Este contraste me chocó. Por un lado estaba el espíritu claro y decidido del libro, un libro dirigido a nosotros, hombres de hoy, de ahora; y por otro estaba aquel lenguaje arcaico, del eslavo eclesiástico, que rompía el ritmo y desorientaba la lectura. Probablemente era una pequeña argucia de los que habían mecanografiado el texto para despistar a los que espiaban todo lo que hacíamos en la parroquia.

Acusaban al padre Alexander de tener simpatías católicas y entre otras muchas cosas, le consideraban un “católico secreto”. Por eso, sospecho que Camino no le pasaría inadvertido a la KGB. Además, esas frases en eslavo eclesiástico podía tranquilizar a los guardianes de la pureza de la fe ortodoxa, en favor de la cual luchaba en estos años la máquina estatal punitiva. En cualquier caso, todo esto son suposiciones mías, aunque las argucias de ese tipo fuesen frecuentes en los samizdat .

En cambio, cuando le autorizaban a hablar en público, el padre Alexander se refería con frecuencia al Opus Dei y a su fundador.

Compré un ejemplar de las copias mecanografiadas de Camino y empecé a leerlo poniendo un folio blanco debajo de cada página, porque el papel era tan liviano que se transparentaba. Mis amigos cristianos de Riga hicieron algunas copias sirviéndose de este mismo ejemplar.

Las enseñanzas de Escrivá

Las enseñanzas de Escrivá son muy ricas; son aforísticas, como las obras en verso, y se acercan a la poesía didáctica. En ciertas épocas este género resulta el más adecuado. En la actualidad nos descaminamos fácilmente, y nos quedamos en un estado de postración espiritual, incapaces de distinguir el bien del mal, lo noble de lo perverso, lo hermoso de lo feo. En nuestras andanzas desesperadas nos parecemos a aquellos ninivitas de los que se dijo, hace dos mil quinientos años, que no sabían “distinguir la mano derecha de la izquierda” (Jonás 4,11).

De este modo, desde hace unos veinte años, las enseñanzas espirituales de Escrivá se convirtieron en mi libro de cabecera. Llegué a saberme sus puntos de memoria, como una oración aprendida, como se recuerdan los pasajes de la Sagrada Escritura. De vez en cuando me sentía impelido a darles mi propia forma, y ponía los ponía en verso.

Este tipo de versificación es frecuente en la historia de la literatura, en particular de la literatura espiritual. Su legitimidad se encuentra en el Salterio: ha habido eminentes poetas, desde Lomonossov hasta Bunin, que han transcrito los salmos en ruso de forma versificada.

Porque en mi opinión, Camino es mucho más que un texto. Es una orientación para la acción, que ayuda a encarnar en la vida cotidiana la Novedad del Evangelio, una Buena Nueva que le ha sido dada al hombre de todos los tiempos. El imperativo moral audaz, expresado con singular valentía, es algo poco común en nuestra literatura. ¿No será éste el principio viril, sin el cual se marchita el alma eslava, que se debate entre inquietudes de todo tipo?...

El estilo penetrante de Camino está como pidiendo, me parece a mí, la fuerza de una rima. Lo dice Puschkin: “Lo adorno con una rima voladora”. Un pensamientoincisivo como el de estos puntos espirituales necesita del acompañamiento melódico, incluso con esas formas exuberantes propia de nuestra liturgia y, en general, de nuestro arte religioso. Nuestro sentido estético –pensaba- podría suavizar la impronta occidental Camino, haciéndolo más nuestro.

El mensaje

Desde los tiempos de Trediakov hasta ahora, la poesía rusa sigue siendo fiel al complejo silábico, enriquecido por el ritmo y la rima. La lengua rusa es todavía joven y tiende hacia la vivacidad expresiva, y la dimensión fónica del discurso poético no tiene menos fuerza que su contenido. Además, el contenido se revela en su dimensión fónica o al menos se complementa en ella.

Desde este punto de vista, Camino, ¡tiene con un contenido tan rico! ¡Nos transmite un mensaje tan íntimo y tan familiar!… Esto es mío, pienso cada vez que lo leo. Y me siento arrastrado por una estenografía del espíritu que me pide encarnarlo en mi propia lengua.

Estoy seguro de que Escrivá no se molestará por esto. Y en cuanto a la autoría intelectual… ¡dejemos a los filólogos que digan lo que quieran! Se entiende que el compositor Yuri Pasternak le haya querido ponerle música a algunos de los puntos de Camino que he versificado, traduciéndolos de forma poética.

Dudas

El artista, más que ningún otro hombre, tiende a dudar de la utilidad de su trabajo y de su creación. Con frecuencia se siente solo y piensa que no le escucha nadie. Puschkin considera al poeta como un eco fiel de los fenómenos vitales, que no recibe respuesta de ningún tipo. Verdaderamente, ese aislamiento interior puede darse, y sólo el saberse en la presencia de Dios puede salvar al poeta del fracaso y del “agujero negro” hacia el que tiende.

Cristo mismo, en algunos momentos de su vida terrena, se encontró también completamente solo. El Hijo de Dios sufrió el abandono, algo que humanamente es muy amargo. El poeta cristiano no debe olvidar este ejemplo, ni aquellas palabras del Salvador: En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo. Porque dudar es algo propio del artista. Pero si el artista es cristiano, como dice Escrivá, encontrará siempre a Dios en su trabajo.

Personalmente siento la presencia de Dios de manera particular cada vez que la obra que estoy componiendo me llena de alegría, por no decir de arrobamiento. Esos momentos son siempre momentos de felicidad y de oración. Como escribió Nona Slepokova, “los poetas rezan en verso”, y los que rezan acaban venciendo la soledad.

Reconocimiento público

Con la aparición de la prensa libre en nuestro país disminuyó la venta de libros poéticos, pero sería ingenuo pensar que desapareció al mismo tiempo la necesidad de la poesía. El cristiano vive y cree para Dios, y en Dios nada se pierde. En todo caso, Dios le pide al artista que cree belleza, y le anima a trabajar en cualquier circunstancia, independientemente del tiempo y de los acontecimientos políticos de su país.

Está claro que el reconocimiento público permite que hombre de talento pueda desarrollarse, pero… ¿de quién recibe ese reconocimiento? Con frecuencia, algunos talentos tempranamente reconocidos por todos, acaban hundiéndose, a causa de la gloria y de los honores que le han dispensado.

Conviene recordar que cuando el talento es de Dios, está reconocido siempre por una Instancia más alta. Otra cosa si la persona cree en esta Instancia y qué tipo de relaciones mantiene con Ella.

Si mantiene el artista esta unido a Dios ningún aislamiento social podrá ser funesto para él, porque no olvidará que debe hacer fructificar su talento, llevando a la práctica este consejo: “Haz lo que debes y está en lo que haces” (Camino, 815).

Destinatario

El poeta no escribe en el vacío. Su obra siempre tiene un destinatario. Toda creación es diálogo, porque en toda creación poética existe un interlocutor, como sucede en la oración. Algunos pensaran que los interlocutores naturales del poeta son los lectores de poesía, pero no son sólo ellos, sin olvidar que Beatriz no le contestó a Dante… El poeta tiene un interlocutor, que es Dios; es el destinatario más receptivo, el perito más docto en la materia. Él nos se pone en contacto con nosotros mediante dará un lenguaje misterioso.

Sólo en conformidad con los criterios de Dios, el poeta puede apreciarse rectamente a sí mismo: “Tú eres tu tribunal supremo, y sabes apreciar tu trabajo mejor que los otros”, dijo Puschkin. Solamente si el poeta está de acuerdo con la Instancia Suprema acertará en su propia apreciación.

En mi ambiente profesional son frecuentes los peligros de la sub o sobre-estimación, porque el destello de los valores pasajeros, cuando los valores eternos no se manifiestan con suficiente plenitud, impide conocerse bien a sí mismo. Detrás de estos errores hay razones personales, y también razones objetivas que entorpecen el desarrollo de la autoconciencia nacional: razones históricas y culturales.

Rusia

“Rusia está bautizada, pero no catequizada”, decía Anna Akhmatova, repitiendo las palabras de eminente escritor ruso Nikolai Leskov.

Leskov dijo, en pleno siglo XIX, que el Evangelio todavía no había sido predicado en Rusia. ¡Qué hubiera dicho del siglo XX, el siglo de la dominación absoluta del poder ateo…!

El encuentro con Cristo libera al hombre de su embriaguez y le hace capaz de descubrir su vocación apostólica junto con la “locura” de la santidad. Y si ese hombre es poeta, entenderá la responsabilidad que tiene: una responsabilidad que se manifiesta en ocasiones con rasgos proféticas.

La creatividad es una cualidad del hombre, no de los animales. Si Cristo nos dijo: Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto, es porque la capacidad creadora que Dios le ha concedido al hombre debe tender a la perfección.

Filiación

Es lógico que el creador tenga una actitud religiosa hacia su trabajo. Ese deseo de perfección, fortalecido por un ideal moral, es un signo de calidad y al mismo tiempo, un rasgo de su filiación divina.

Eso no significa que el artista deba declarar su filiación espiritual personal: es su trabajo el que debe mostrar, de algún modo, el sentido de esa filiación, porque es el trabajo de un hijo de Dios: “¡Qué me importa –decía Josemaría Escrivá- que me digan que fulanito es buen hijo mío -un buen cristiano-, pero un mal zapatero!”

En esa misma línea de razonamiento: ¿Qué me importa a mí que un colega poeta lleve un cruz sobre el pecho, si es un poeta mediocre y no logra dominar el lenguaje? Es una cuestión de principio; un principio que es tan difícil como necesario alcanzar.

Por eso, pienso que no me equivoco al pensar que un tercio de los intelectuales moscovitas que frecuentaban la iglesia del padre Alexander Men se consideraban buenos escritores, y los más atrevidos, incluso buenos poetas. El despacho del padre Alexander estaba atiborrado con los manuscritos que le enviaban; y aunque era consciente de la falta de calidad artística de la mayoría de aquellos escritos, nos los desechaba, ni los calificaba. Sabía que cuando una persona se toma en serio su fe cristiana, Dios acaba poniéndola en su lugar: a algunos Dios les llama a cantar en un coro, a otros, a cuidar a los enfermos o educar a los niños; y a otros, en fin, les llama a cultivar la literatura. Para todas esas llamadas se necesita talento, capacidad creadora.

Vocación

Dios concede talentos a todas las personas, pero de diversa forma y en diversas proporciones; y no les da los mismos talentos a todos. Al padre Alexander le gustaba decir que esta diversidad es una garantía de solidaridad, porque si todos gozásemos de las mismas cualidades, no nos necesitaríamos entre nosotros. Con este planteamiento se supera definitivamente la mentalidad de “conciencia de clase”.

Solamente con la gracia de Dios alguien puede encontrar su profesión. Es necesario pedir a Dios que nos revele nuestra propia vocación y que Él se nos revele en ella.

Ser poeta

Se puede versificar muy bien y ser tan sólo eso: un versificador. Ser poeta es algo más, mucho más. Ser poeta significa tener una percepción singular y personal del mundo. Un versificador se limita a repetir las percepciones ya conocidas. Un simple versificador puede ser buen cristiano, pero no debe aspirar a nada más en el ámbito literario, ya que no es un verdadero autor.

¿Que hacer en esos casos? Con frecuencia me encuentro con personas que se plantean esto. Yo procuro llevarlos hasta el límite de su capacidad, en el que descubrirán su propia verdad: sus ansias de talento, sus ambiciones escondidas, su amor propio disimulado. Y les recuerdo el consejo: “No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte” (Camino, 34), …la muerte de las virtudes ficticias y del engreimiento enfermizo.

Los trudogoliki

Se puede amar la propia profesión y no conocer a Cristo. Y existe la posibilidad de entregarse en cuerpo y alma al trabajo, de forma endemoniada, como los “trudogoliki”, esas víctimas del activismo, que son tan comunes en nuestra sociedad.

¿Por qué sucede esto? Pienso que porque se ama la cultura por la cultura misma, para encontrar en ella un placer estético egoísta, que Marina Tsvetaeva denominaba como “sensualidad intelectual”. La cultura es una cosa evidentemente necesaria, pero para nosotros, como dice Escrivá, debe ser un medio, y no un fin.

Es imposible no estar de acuerdo con estas palabras, aunque la formulación pueda parecer excesivamente pragmática y pueda sorprender a algunos, en particular a los que idolatran al arte, siguiendo la famosa definición de Puschkin: “El fin de la poesía es la poesía misma”. Olvidan que esta frase la pronunció el Puschkhin del “periodo romántico”, el autor del “Gitano”.

Al final de su vida Puschkin concebía la poesía y su misión como creador de forma diferente: “El pueblo me amará por haber despertado en él unos sentimientos nobles con mi lira –decía-, por haber glorificado la libertad en un siglo cruel y por haber pedido compasión para los caídos”.

La creación como servicio

Sí; la creación es un servicio, un signo de la imagen y semejanza del Credor (Alexander Men). Pero es un servicio que se expresa de forma inmanente, y está condicionado por la libertad, una libertad secreta, no visible, afirmada como medio. Sí; el artista es un maestro, un creador; pero el artista cristiano es, a la vez, maestro y aprendiz.

El gran artista alemán Alberto Durero hizo un cuadro con una representación de la Pasión. De esa imagen de la Crucifixión se puede aprender mucho. En ella se ve que los que se encargan de esa tarea son buenos profesionales. Trabajan de forma organizada, con arte, se dan consejos entre sí, están en los detalles. Durero los retrata poniendo toda su alma en aquel trabajo, que llevaron a cabo con maestría... Se les ve trabajar con cuidado, con exactitud y responsabilidad, tan profundamente metidos en su trabajo que no se dan cuenta de lo que están haciendo.

Para este tipo de profesionales irreprochables, gente “madura en el trabajo” (Esenin), el sentido de la presencia divina resulta una cosa extraña. Sin embargo, ¿qué vale el trabajo del que desgarra con un clavo los pies de Cristo? ¿qué vale el trabajo del otro, que da la espalda a Cristo crucificado? Tanto el uno como el otro pueden ser grandes maestros; pero no saben lo que hacen.

El trabajo de cada día

Volviendo a aquella conversación del padre Alexander que grabamos hace muchos años, en las que se refería a Josemaría Escrivá, recuerdo que nos hablaba de la unidad de conciencia y de conducta. La dicotomía en este campo lleva a la esquizofrenia espiritual, porque lo que hay que santificar es precisamente lo cotidiano, lo de todos los días, no sólo lo extraordinario.

Es mi trabajo, mi tarea de cada día, mi querido trabajo, minucioso y extenuante, el que debo santificar. Es en mi escritorio, como en ningún otro lugar, donde debo experimentar la ayuda del Cielo. Allí se entiende por qué Dios fue a buscar a los futuros apóstoles en su lugar de trabajo. Dios buscó a hombres que amaban su trabajo y les llamó a través de su amado trabajo.

El poeta suele ser un hombre enamorado de su trabajo, “este trabajo tan antiguo”, en palabras de Blok; un trabajo que debe amarse no por un afán de gloria o de riquezas, sino por amor a la Verdad suprema, que se intenta expresar. Esa Verdad es el núcleo de su creación y de su conducta (conducta-creación).

Colaborador… o rival

El poeta es, por lo tanto, maestro, demiurgo y creador de un nuevo universo. En esta tarea puede ser un colaborador de Dios o… convertirse en un rival de Dios. Se convierte en rival de Dios al intentar sustituir la Verdad suprema por la propia verdad, con minúscula. En esos momentos, las fuerzas del mal le dominan, y metido en sí mismo, encerrado en su yo, celebra su propia liturgia; y blasfema. En esos momentos le resulta imposible escuchar y seguir la llamada de Dios.

Cristo no apartó a sus apóstoles de su trabajo para introducirlos en una especie de “sueño dorado”. Al contrario: los puso en un contacto intenso con los problemas de la vida cotidiana. No hay que olvidar que la escuela primaria de Cristo fue el trabajo artesanal. Cristo tenía también un trabajo; un trabajo manual que realizaba con perfección.

La palabra exacta

Se podría decir que el hombre conoce el mundo en primer lugar mediante el sentido del tacto. De esa forma el plano, la superficie en la cual el mundo se hace perceptible, se convierte en algo íntimo para mí. En el tacto se esconden los instintos cognoscitivos más profundos. Pero en esa frontera del conocimiento y de sus pretensiones irrefrenables, nos encontramos siempre un cartel con la inscripción: “No tocar con las manos!”

Sin embargo Cristo permitió que el incrédulo Tomás le tocase con las manos. La esfera del Espíritu y la esfera material se unen misteriosamente y nuestra falta de fe busca pruebas de esa unión.

Tengo mis pruebas. Están relacionadas con mi actividad artística. Cuando busco la palabra exacta, no sólo se pone a trabajar mi memoria, sino también mis manos, que empiezan a modelar con el barro de la tierra algo inefable, imperceptible, algo que no puede alcanzarse sin esfuerzo. Experimento lo mismo cuando escucho en mi parroquia las homilías del padre Georgy, un predicador brillante. Sus dedos, sensibles como los de un músico, participan de esta acción plástica.

La palabra tiene una sustancia espiritual y material a la vez. El hombre es un ser psicofísico. Por esa razón el concepto de materialismo cristiano formulado por Josemaría Escrivá –que es tan importante en la espiritualidad del Opus Dei- confirmó mi intuición y el valor de mi propio arte, de la creación poética a la que estoy entregado. Escrivá me protege de ese espiritualismo excesivo, tan común en algunos círculos eclesiásticos: “Es lícito –se lee en Conversaciones- por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu”.

Continúa escribiendo: “A ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales” (ibid, 113). La verdad es que Dios ama al mundo visible y material, y lo dice claramente (Gen, 1 cap.). El cristiano cree en el Verbo encarnado, en la resurrección de la carne.

El susurro de una brisa suave

En la poesía me gusta la realidad sensible, el relieve, el olor, el color, el sonido. En ellos y a través de ellos se materializa la armonía de lo visible y de lo invisible. La acción del Espíritu es perceptible, sobre todo en el arte. Por eso el escritor bíblico compara el Espíritu Santo con un susurro de brisa suave (1 Reyes 19,11-12).

En su tiempo influyó bastante en mi trabajo el poeta Arseny Aleksandrovich Tarkovsky. Escribí un artículo sobre su poesía: “La construcción pesada del verso planea, como mariposa, como ‘negrura con alas de luz’. En la poesía de Tarkovsky se encuentran dos acciones opuestas: la pesadez del suelo y la ligereza del aire. El mundo material, traspasado por una energía desconocida, planea, independientemente de su masa y de su peso”.

En la vida ordinaria a veces nos parece que tenemos alas en la espalda, como en las pinturas de Chagal. Sus enamorados planean en el aire de la vida cotidiana. Hay que descubrir lo sobrenatural en lo cotidiano, nos recuerda Escrivá. El padre Alexander dijo un día, de pasada: “La cosa es que habríamos podido no ser…” Es decir, habría podido no ser el milagro cotidiano de la creación, algo de lo que nos olvidamos con frecuencia.

Alexander Zorin