Kimlea, una esperanza para la mujer del medio rural en Kenia

Nganga tiene tres años y está desnutrido. Pedimos a una donante italiana que se encargara de sus gastos de alimentación, incluyendo dos vasos de leche diarios...

Iniciativas sociales

“Nganga tiene tres años y está desnutrido. Pedimos a una donante italiana que se encargara de sus gastos de alimentación, incluyendo dos vasos de leche diarios. Gracias a Dios ya está recuperado y juega con otros niños en la escuela. Abraham y Orando fueron abandonados por su madre cuando tenían 1 año, y su padre no tenía dinero para alimentarles. Después de tres años de una dieta adecuada, van a la escuela, distante 6 kms. Su padre está muy agradecido a Kimlea por haber dado a sus hijos la esperanza de vivir”.

Lo cuenta Frankie Gikandi (1951, Nyeri, Kenya), que dirige Kimlea desde 1990, centro de formación rural para la mujer, a 30 kms. de Nairobi, en el distrito de Kiambú,  y donde han recibido formación más de dos mil mujeres. “No hacemos nada especial, pero sí queremos compartir las circunstancias de nuestras alumnas, porque hay que atender muchas necesidades o al menos darles herramientas para que ellas lo hagan”.

La escuela es una obra corporativa del Opus Dei, sostenida por Kianda Foundation , institución que promueve varias iniciativas educativas en Kenia . La Prelatura comenzó su trabajo apostólico en este país en 1958.

Frankie conoce muy bien el terreno que pisa porque el equipo de Kimlea dedica mucho tiempo a estar con las alumnas, tanto en la escuela como en los poblados donde viven, ya que no sólo dan clases en el centro. Ella misma creció con su familia en una pequeña plantación, y pasó muchas horas recogiendo café, además de estudiar y ayudar a su madre,   mientras los chicos atendían el ganado.

Voluntariado desde Kimlea con los niños

La escuela compensa

Cuenta la clave de su historia: “Mi padre tenía claro que la educación de las niñas no era una pérdida de tiempo y recursos, frente a la salida habitual de ser casada cuanto antes.  Se empeñó en que fuéramos a las mejores escuelas de la zona. Y, aunque mi familia era presbiteriana, estudié en un centro católico, aprendí el catecismo y me bauticé a los 14 años. Después estudié Secretariado, Comercio y Contabilidad”.

Frankie recuerda que en 1973 conoció a san Josemaría en Roma: “le pedí oraciones por mi familia y no olvidaré jamás su fe y su cariño, enormes, tan grandes que desde el 26 de junio de 1975 he pedido siempre su ayuda. Me dijo que no me preocupara, que entre los dos conseguiríamos su acercamiento a la fe, como así ha sido”.

Kimlea quiere ofrecer alternativas a las mujeres del medio rural que no tienen acceso a la educación y que en el mejor de los casos trabajan muchas horas, a cambio de unos pocos chelines, un dólar por 8 horas de trabajo. Intentamos darles conocimientos y formación para que tengan una cualificación, que les permita mejorar en todos los aspectos, moral, económico y educativo.

Las alumnas cursan estudios de dos años

“Este país, este continente, necesita educación”, insiste Frankie. “Estas mujeres pueden acabar en un pobre suburbio de Nairobi, ejerciendo cualquier trabajo. Y como la vida en los alrededores de Kimlea es dura, tanto en alojamientos como en salud y tiempo libre, les brindamos una formación que les ayuda a vivir con dignidad, a crear pequeños comercios y tiendas, y a tener unos ingresos. Son gente sencilla y muy emprendedora, dinámica, con esperanza”.

Educación y sanidad, prioridades

Frankie Gikandi insiste en las dos necesidades más acuciantes en su país: “Educación y sanidad”. Comenta que la mejoría es real y lenta, pero a veces le frustra no tener más ayudas contra la pobreza y el analfabetismo. “Mi sueño es que crezca más y más el número de jóvenes que puedan formarse, tanto en las ciudades como en el medio rural”.

En Banana Hill, a 6 kms. de Kimlea, en la casa de Margaret (3ª por la derecha), Cooperadora del Opus Dei, con algunos de sus hijos y nietos

Junto a la formación que facilite el autoempleo, con clases de agricultura, salud, higiene, cocina, alimentación, derechos humanos, etc., explican  también virtudes humanas y doctrina cristiana. “Nos da mucha alegría ver cada año que varias alumnas se acercan a la fe y a los sacramentos . La vida cristiana ha crecido mucho en la zona gracias a estas mujeres. Recuerdo un grupo de 20 familias que ya van a misa los domingos, después de un tiempo sin ir por estar muy lejos de la iglesia. Han formado una comunidad que se reúne dos días para rezar y ya hay casos de bodas y sacramentos”.

Podemos decir que cada alumna es una historia de esperanza, que “hay que tratar una a una, porque las personas tenemos un potencial enorme”. En Kimlea tienen una tutora a su disposición para comentar cualquier asunto, en un rato que es muy apreciado. Y recuerda el comentario de Rachel, una alumna: "era la primera vez que tras alguna confidencia o petición de consejo no recibía una burla o broma".

Una de las alumnas

Haciendo historia, Frankie comenta que “en los años 70 muchas mujeres no fueron escolarizadas porque trabajaban desde edades muy tempranas para ganar algo de dinero. Ahora que empiezan a leer o escribir están muy contentas”. Frankie cita a Margaret, que “con 65 años aprendió el alfabeto. Después de un tiempo estaba feliz cuando pudo firmar el recibo de su salario, en lugar de estampar con su dedo. Su nieto le ayuda a unir sílabas y completar su nombre. Ahora ha empezado a leer la Biblia, que era como el sueño de su vida”.

Las clases en virtudes humanas tienen un impacto muy grande. Ha habido mujeres que ejercían la prostitución para alimentar sus familias, u otras bebían para olvidar sus problemas. Unas y otras, al oír hablar de modestia, de comportamiento moral y de dignidad, cortaron esas prácticas y contribuyeron a un fondo común para ayudar en su momento a las más necesitadas. Empezaron 20 y ahora son 120.

Wanja y Phyllis recogen te en Maramba Tea Estate, muy cerca de Kimlea

Frankie destaca que “el cambio ha sido enorme, y una de las mujeres me decía que es muy feliz ahora que vive con moralidad. Cuenta que sus hijos la respetan y la encuentran en casa cuando vuelven de la escuela.   Este grupo elabora y vende manteles y colchas, y cuentan con la ayuda de Kimlea para comercializarlas entre amigos y visitantes de la Escuela”.

La atención de la salud

Kimlea incluye también un dispensario médico, que empezó como unidad móvil y ahora ocupa  un edificio propio, en ampliación, “que es quizá lo mejor que hemos podido hacer, consiguiendo medicinas y aparatos por precios muy asequibles, gracias a la ayuda de nuestros colaboradores. Junto al trabajo de centros públicos, procuramos contribuir a la felicidad de la gente, cuidando por ejemplo la alimentación de los niños, muchas veces malnutridos.

Samuel Gichuki Mbugua y su esposa Peris Wanjiku Kamau con sus hijos Imma y Francis

También nos preocupan las malas condiciones higiénicas en que viven, y para esto hay que sensibilizar a las madres, que a veces no saben cómo calibrar la situación y si deben llevar a un niño cuanto antes al especialista. Recuerdo a Moses, de 3 años, que se había quemado gravemente la cabeza. Por ignorancia y falta de medios, sus padres le aplicaron una vaselina durante dos semanas. Cuando nos enteramos estaba ya muy mal, con dolores y fiebre muy alta. Le llevamos a Nazareth Hospital, donde recibió tratamiento durante dos meses: ahora está curado y su pelo vuelve a crecer”. Uno de los  sueños en Kimlea es la expansión de la clínica, de forma que pueda prestar tratamientos especializados.

Con la colaboración de muchos

Mary Njeri Kingori enseña Agricultura en Kimlea

Parte del tiempo del equipo de Kimlea se dedica a pedir ayuda, porque los números no salen. Las alumnas suelen pagar una parte mínima del coste. “En la pequeña clínica tenemos una media de 35 pacientes atendidos cada día y unos 20.000 han sido tratados hasta ahora. La mayoría proceden de la zona y pagan medio euro por consulta, lo que hace necesario que donantes cubran los costes pendientes. No obstante, a veces rechazamos donativos que no se ajustan a los criterios éticos adecuados, y otros donantes no nos ayudan porque no quieren apoyar proyectos que incluyan desarrollo espiritual”.

“Trabajamos a fondo –concluye Frankie–  para cumplir nuestro lema “Kazi huvuna matunda”, es decir,  lo que te cuesta esfuerzo y se hace es eficaz siempre… Doy gracias a Dios por los frutos con estas jóvenes que, tras dos años en la Escuela, intentan ser buenas ciudadanas y buenas cristianas. Nos ilusiona que sea realidad lo que el prelado del Opus Dei , mons. Javier Echevarría, nos pidió en 1997: que además de ayudar a las alumnas a ser buenas profesionales, procuráramos que fueran mujeres de oración”.