La Kenia de Karen Blixen

Los kikuyu, que recogían café en la plantación de la autora de ‘Memorias de África’, siguen trabajando en la zona con sueldos de esclavitud.

Revista de prensa
Opus Dei - La Kenia de Karen Blixen

Artículo original La Kenia de Karen Blixen (El Mundo)

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Jackie es muy afortunada, porque vive con su familia en las caballerizas de los antiguos colonos ingleses, es decir, cuatro habitáculos de ladrillo con doble puerta por la que se alimentaba a los caballos del bwana (señor, en swahili), a tres metros cuadrados por familia. Da igual que, décadas después, aún huela a bosta de equino. El resto de vecinos, con salarios de esclavitud, reside en chozas de chapa aún peores.

«No quiero acabar de prostituta», nos dice Jackie, que es recolectora kikuyu en la plantación Maramba y dedica varias horas al día para aprender a coser en una máquina Singer

«No quiero acabar de prostituta», nos dice Jackie, que es recolectora kikuyu en la plantación Maramba y dedica varias horas al día para aprender a coser en una máquina Singer como la que usaban nuestras abuelas hace décadas. Como todas las chicas de su tribu, tiene muchas posibilidades de acabar en las redes de proxenetas que vienen a captar mujeres pobres a estos campos. La escuela de formación profesional Kimlea, fundada por Frankie Gikandi, es unas de las pocas barreras que pueden separarlas de ese destino.

El camino hacia Maramba atraviesa las tierras masai, pasa por delante de la casa de Peter Beard, el mítico fotógrafo de la vida salvaje africana, y recorre el barrio de Karen, en las afueras de Nairobi. La carretera une la vieja Kenia de los colonos británicos con la actual. Para los trabajadores kikuyu, antes esclavos y ahora también, sólo ha cambiado el color de piel de sus negreros.

En masailand el cazador inglés Denys Finch Hatton pasó a la historia por la imagen romántico-cremosa que ofreció de él Robert Redford, pero no dejó león vivo. Y si alguno quedó, lo mató Ernest Hemingway años después.

La escuela de formación profesional Kimlea, fundada por Frankie Gikandi, es unas de las pocas barreras que pueden separarlas de la prostitución

Las pieles de estos animales cubren hoy el suelo de la casa de la baronesa, una mansión llena de fantasmas. Está el de la propia Blixen, sentada en el porche con los hijos del servicio, que también son niños kikuyu, más dóciles que los masai. También hay dos perros gran danés: Dusk y Pania. Dentro de la vivienda, en la segunda habitación del ala norte está el del propio Denis Finch Hatton vestido de salacot y sahariana, amante de la baronesa en ausencia de su marido, más pendiente de los safaris que de su plantación de té y de café, donde trabajan más de 1.000 personas.


En el salón está tomando un Gin Fizz el espectro de otro personaje célebre asiduo de Blixen, el general Paul von Lettow-Vorbeck, comandante de la campaña del África Oriental Alemana durante la Primera Guerra Mundial, único frente donde Alemania nunca perdió una batalla. Los fantasmas de los esclavos kikuyu, la tribu de Jackie y de las niñas prostitutas de Maramba, conducen el café por la carretera hasta la estación de Nairobi.

En los jardines de la casa Blixen hay tractores oxidados, carros para llevar sacos y un camaleón que se sube a tu brazo y cambia de color. Al fondo se extiende la pista de aterrizaje donde acaba de posar su avioneta otro fantasma exquisito, el de Beryl Markham, la primera piloto de la British East Africa y autora de Al oeste con la noche, el mejor libro del África colonial. De ese mismo aeródromo despegó Finch Hatton antes de estrellarse a bordo de su biplano Gipsy Moth. Con la muerte de su amante y la caída de los precios del café, que siempre le salió demasiado amargo, Karen Blixen volvió a su Dinamarca natal en cuerpo, porque en alma no regresó jamás. «En mi granja cultivábamos café. La tierra, sin embargo, estaba demasiado alta y nos resultaba difícil sacarlo adelante. Nunca nos hicimos ricos con el cafetal», escribe la baronesa en Memorias de África. En realidad, lo que hicieron fue arruinarse.

Los precios por kilo son tan míseros ahora como antes. Y muchos kikuyus siguen viviendo en las caballerizas o en las pocilgas

Las reglas del África colonial perviven en las condiciones de vida de millones de trabajadores kenianos de las plantaciones cercanas a Nairobi. Los precios por kilo son tan míseros ahora como antes. Y muchos kikuyus siguen viviendo en las caballerizas o en las pocilgas.

Por la noche, en las colinas Ngong, aún pueden verse bien las estrellas. Una de ellas, el asteroide 3318, lleva su nombre: Blixen.