En recuerdo de Mons. Javier Echevarría

Con motivo del reciente fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, el número de Palabra de enero recoge varios artículos escritos en exclusiva para la revista. Reproducimos el artículo de Mons. Fernando Ocáriz, Vicario auxiliar y general.

Revista de prensa
Opus Dei - En recuerdo de Mons. Javier Echevarría

Revista Palabra nº 647 // Enero 2017

Revista Palabra En recuerdo de Mons. Javier Echevarría

Artículo de Mons. Fernando Ocáriz en PDF.

En otros artículos de la revista escriben Vicente de Castro, sacerdote que trabajaba en la secretaría particular del Prelado y testigo de los últimos momentos de su vida; y Carla Vassallo, que pertenece a la Asesoría Central de la Obra. También escriben la catedrática María Blanco, sobre el proceso electivo de su sucesor al frente del Opus Dei; y el periodista John L. Allen, que analiza los años transcurridos en la Prelatura desde la muerte del fundador, san Josemaría Escrivá, con sus dos sucesores: el beato Álvaro del Portillo y Mons. Javier Echevarría.

En recuerdo de Mons. Javier Echevarría from Opus Dei

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Transcurridos muy pocos días desde el fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, el Vicario auxiliar de la Prelatura del Opus Dei redacta para Palabra estas líneas de recuerdo. En ellas señala dos características destacadas de la personalidad del Prelado.

Como es natural, he experimentado y sigo experimentando una pena muy grande –como todos los fieles de la Obra y muchísimas otras personas– por el inesperado fallecimiento de quien durante 22 años ha dirigido como Prelado el Opus Dei y llamábamos, con toda propiedad, Padre. A la vez, el Señor da serenidad, porque gracias a la fe sabemos que, con la muerte, la vida no se pierde sino que se cambia en otra mejor: en la existencia bienaventurada que Jesucristo prometió a quienes le aman. Y el amor de Mons. Echevarría a Nuestro Señor y, por Él, a todas las criaturas, era grandísimo, sincero, lleno de consecuencias prácticas.

Fidelidad dinámica

En estas breves líneas, quisiera subrayar sólo dos rasgos fundamentales. El primero es su sentido de la fidelidad: una lealtad sin fisuras a la Iglesia, al Papa, al Opus Dei, a los fieles de la Prelatura, a sus amigos, que era consecuencia o expresión de su fidelidad a Jesucristo, nuestro Dios y Señor. Toda su existencia, desde que pidió la admisión en el Opus Dei en el lejano año 1948, estuvo marcada por esta virtud humana y sobrenatural, que fue creciendo gracias a la estrecha relación que mantuvo, primero, con san Josemaría, y luego con el beato Álvaro del Portillo, con quienes colaboró durante muchos años en el gobierno de la Prelatura. Como manifesté a las pocas horas de su fallecimiento, el haber vivido durante tantos años al lado de estos dos santos, dejó una impronta incancelable en el alma de Mons. Echevarría, que da razón –al menos en parte– de su profundo sentido de la fidelidad.

Era la suya una fidelidad dinámica, que, conservando intacta la sustancia, el espíritu, buscaba también la Voluntad de Dios ante las necesidades cambiantes de los tiempos y las personas.

Pocos minutos antes de su fallecimiento quiso legarnos este anhelo. Como recogió de sus labios quien le asistía más inmediatamente en esos momentos, la intención de su oración al Señor fue la fidelidad de todas y de todos.

Una particular manifestación de fidelidad se refiere a la oración por el Romano Pontífice. Siguiendo las exhortaciones de sus predecesores, era constante su estímulo a rezar más y más por el Vicario de Cristo en la tierra. También de este modo, hizo realidad la aspiración del Fundador de la Obra: servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida, dentro de las características que Dios mismo comunicó a san Josemaría. Una manifestación de esa comunión con todo el Cuerpo místico de Cristo es la ordenación de algo más de 600 presbíteros en los años de su servicio como Prelado del Opus Dei.

En este contexto, me place señalar la generosidad con que Mons. Echevarría acogía las peticiones de los Obispos de muchos lugares, para que algunos sacerdotes incardinados en la Prelatura colaborasen directamente en oficios o encargos pastorales diocesanos. Y esto a pesar de que el número de sacerdotes de la Prelatura, siendo alto, no basta para subvenir tantas necesidades de la pastoral ordinaria.

Interés por cada persona

La segunda característica que deseo destacar es la dedicación generosa a cada persona que le pedía un consejo, una orientación, una plegaria; o simplemente le dirigía un saludo o un comentario al encontrarse por un pasillo. No se limitaba a escuchar; se involucraba en lo que oía, atento, reposado, nunca con prisa, siempre con un interés cuya autenticidad resultaba evidente.

Su afán de Pastor no se limitaba al cuidado de la pequeña parte del Pueblo de Dios que es la Prelatura. Su corazón se había ido ampliando más y más. Como sacerdote y como obispo, sentía el peso de las almas, sobre todo de las más necesitadas. ¡Cuánto rezaba!: por las víctimas de calamidades naturales o del terrorismo; por los refugiados; por los enfermos; por la paz en Siria, en Irak, en Venezuela y en cualquier país que estuviera atravesando momentos difíciles; por las personas que se hallaban sin empleo o con dificultades familiares de cualquier tipo... Cada semana, en Roma, recibía a grupos de personas procedentes de todo el mundo, que le pedían oraciones por sus necesidades espirituales y materiales. Todos tenían un lugar en su corazón, como había aprendido de san Josemaría y del beato Álvaro del Portillo.

Una manifestación más de su preocupación por los demás: el día anterior a su fallecimiento, Mons. Echevarría me comentó que le apenaba que tantas personas tuviesen que ocuparse de él, atendiéndole en sus necesidades. Me salió de dentro responderle: ¡No, Padre!, es usted quien nos sostiene a todos. En este nuevo período que se abre ante nosotros, me gustaría repetirle estas palabras y pedirle que, con su intercesión, nos sostenga, y nos ayude a ser buenos hijos de la Iglesia, con la ayuda de san Josemaría y del beato Álvaro.

Mons. Echevarría llevaba cada día a la Santa Misa todas esas intenciones. El Sacrificio del Altar es como el molde donde las aspiraciones y las obras de los hombres adquieren su verdadero sentido, por su unión al sacrificio de la Cruz. Ahora, me consuela pensar que, desde el Cielo, su Misa se ha hecho eterna: no ya bajo los velos del sacramento, sino en la visión cara a cara de la gloria divina, con su intercesión sacerdotal por todos. Así lo pido al Señor por la mediación materna de la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra.