Un compañero, una familiar, y Camino

Miguel vive en Ponferrada (León). Tiene 34 años, está casado y tiene tres hijos. Gracias a un compañero de trabajo, a una familiar y a Camino descubrió entre las piedras de su vida el Opus Dei. Así cuenta este arqueólogo este hallazgo singular.

Testimonios

Hace poco más de dos años no conocía Camino, ni tampoco a San Josemaría y, además, las noticias que yo tenía sobre la Obra eran difusas y opacas... Sin embargo, a finales de 2012, empecé a tratar con más asiduidad a un compañero de trabajo que supe, con el tiempo, que era del Opus Dei. Me descolocó. No me cuadraban esas noticias opacas con su personalidad: abierto, alegre, transparente, absolutamente profesional y con una paciencia que creo aún, a día de hoy, que es inagotable... está siempre sereno y con una sonrisa limpia y dedicada, incluso, a los que le zarandean (profesionalmente hablando).

Un día, al comentar en casa estas virtudes de mi compañero, una familiar -que no tiene ningún vínculo con la Obra-, me dijo: “¿Pero no conoces Camino? ¿Nunca lo has leído? Está muy bien; lo tengo en mi mesilla y de vez en cuando lo leo... ya te lo dejaré”. Sin saber muy bien por qué, como guiado por un impulso, antes de que mi familiar me lo prestara, a las dos semanas, su antiquísimo y gastado ejemplar, ya lo había comprado, y casi terminado, en versión electrónica.

¿Pero no conoces Camino? ¿Nunca lo has leído? Está muy bien; lo tengo en mi mesilla y de vez en cuando lo leo... ya te lo dejaré

Antes de terminar el primer capítulo, que me resultó especialmente punzante, tuve la sensación de haber encontrado lo que creo que anduve buscando toda la vida, cuando todavía no sabía bien el qué y por qué. En Camino encontré un medio llano, sencillo, incluso metódico, poco dado a ñoñerías, para vivir la vida cristiana. Por fin (lo diré con todo el cariño y respeto...) ir a Misa a diario y ser piadoso no era una cosa sólo para señoras mayores muy, muy rezadoras y con mucho, mucho tiempo libre. Es evidente que el que estaba equivocado era yo…

Fotografía tomada por Rafael Ibáñez Fernández en Las Médulas, provincia de León (España). Fuente: Wikipedia


Por otro lado, se da la casualidad de que por entonces no me encontraba en mi mejor estado anímico. Consumía rápidamente mi poca paciencia en un ensimismamiento triste; me autocompadecía de las dificultades propias de una paternidad adoptiva todavía en fase de adaptación. En definitiva, andaba bastante “descolocado”...

Un manual de felicidad

En efecto, la lectura de Camino se convirtió para mí, desde el primer momento, en auténtico manual de felicidad. De felicidad cristiana.

Camino... y cómo escuecen muchos de sus puntos... Nos despiertan del sopor de no saber quiénes somos y qué tenemos que hacer si queremos ser realmente felices. Son puntos de verdad, de luz, porque reflejan a Jesús y son fundamento de camino de santidad.

Cómo escuecen muchos de sus puntos... Nos despiertan del sopor de no saber quiénes somos y qué tenemos que hacer si queremos ser realmente felices

No tengo punto o capítulo favorito; me gustan todos... Sin embargo, recuerdo el punto n. 8, porque se grabó inmediatamente en mi memoria, al hacer mella en mi estado de ánimo de entonces:

Serenidad. - ¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin?

Vista panorámica de Ponferrada.

Como todos los demás puntos, es llano y directo porque dice la verdad. Recordando las palabras de su autor en el prólogo puedo decir que esta obra removió mis recuerdos, mejoró (sigue mejorando...) mi vida y me metió por caminos de oración y de Amor.

Agradezco esta historia a la Virgen, que me ha regalado más de lo que le había pedido, y a san Josemaría. Le doy las gracias también a mi familiar. Y gracias -se lo deberé de por vida- a ese compañero de trabajo (hoy, más que eso, muy buen amigo). Y muchas gracias a Dios, por mi vocación como Supernumerario del Opus Dei.