Audio del Prelado: “Consolar al triste”

«Consolar no es tarea fácil -explica Mons. Javier Echevarría en el podcast de septiembre-, sino que requiere mucho tacto, porque el alma de quien sufre se encuentra, por así decirlo, en carne viva, con una fuerte desazón. Una palabra de más o de menos puede curar o puede herir (...) Os aconsejo que, para consolar con acierto, reclaméis ayuda a los ángeles custodios».

Conferencias

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El día siguiente al sábado, María Magdalena acudió llena de dolor y de amor a la tumba del Maestro, para ungir al Crucificado. Es un acontecimiento que leemos en los Evangelios con verdadera alegría, porque conocemos que allí, junto al sepulcro, encontrará al mismo Jesucristo resucitado, con Cuerpo glorioso. El Señor, en ese encuentro, queriendo revelarse, llamó a la Magdalena por su nombre: ¡María! Ella le reconoció enseguida y exclamó: ¡Rabboni!, ¡Maestro! María no puede ni quiere contener ese grito de alegría al tener la certeza de que el Señor está vivo. En ese instante, las tinieblas del alma de esa mujer desaparecieron; la tristeza abrió paso a una alegría incontenible. El Señor se deja reconocer por una mujer de fe.

He querido recordar este episodio para que descubramos que, en la primera acción que cumple Cristo Resucitado, lleva a cabo la obra de misericordia que nos ocupa hoy: consolar al triste.

Efectivamente, los hijos de Dios estamos hechos para gozar del Bien. Pero podemos tropezar en nuestro caminar con el dolor, porque escogemos triste y libremente el pecado o porque la Providencia de Dios permite el sufrimiento para que nos unamos a su Cruz, como pide en el Evangelio. Forma parte del misterio del hombre este coexistir cotidiano con el mal, una realidad que no debería desanimarnos, sino conducirnos a aumentar la esperanza en el Señor y el deseo de recurrir a Él, confiados en que el dolor y el sufrimiento, no escapan a sus designios llenos de amor, como tampoco cae fuera de su providencia la invitación a arrepentirnos y recomenzar cuando hemos errado.

Puede ocurrir quizá que quien experimenta el mal tienda a aislarse, creyendo ser capaz de sobrellevar sin ayuda de nadie esa carga. Con esta añagaza, el diablo nos va separando de Dios y de nuestros hermanos –haciéndonos ver a nuestro alrededor sólo incomprensión y enemistad–, ofreciéndonos a cambio unos consuelos falsos que, al final, dejan unicamente posos de amargura. Sola estaba Eva en el Paraíso cuando se atrevió ella a dialogar con el Tentador, así como solo estaba Judas cuando se desesperó en la noche de la Pasión. Con clara razón concluye san Pablo en su carta a los Corintios que “la tristeza del mundo produce la muerte”.

Las contradicciones forman parte de la vida, pero ¡qué mal haríamos si las afrontáramos exclusivamente por nuestra cuenta! Ante esa lucha, puede surgir la tristeza, y la tristeza arrastra consigo hacia el pesimismo, alejándonos así de Dios y de nuestros hermanos. “El abismo llama al abismo”, dice la Sagrada Escritura. En esos momentos, necesitamos de unas manos que nos impidan seguir cayendo.

A quien atravesaba esa mala racha, san Josemaría aconsejaba que buscase en primer lugar consuelo en la oración y en el Sagrario, pues de Dios procede toda la misericordia. “Para poner remedio a tu tristeza –escribió en Camino- me pides un consejo. Voy a darte una receta que viene de buena mano: del Apóstol Santiago. “Tristatur aliquis vestrum?” – Estás triste, hijo mío? - “Oret!” - ¡Haz oración! – Prueba a ver”.

El fundador del Opus Dei acudía al Cielo cuando le costaba aceptar una situación dura, por ejemplo la muerte de una persona cercana, de un pariente o de un amigo. Aunque sufría el lógico dolor de padre –de hijo, de hermano, de amigo-, no se abandonaba a la tristeza, sino que rezaba así: “Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas. – Amén. – Amén”. Y repetía dos veces la palabra amén, para remachar con fuerza su adhesión a la Voluntad Divina, aunque le costase o no comprendiese el porqué. Recuerdo muy vivamente cómo san Josemaría encontraba un gran consuelo en esa oración para seguir caminando.

Al mismo tiempo, en tantas ocasiones, la ayuda de Dios nos llegará a través de otras personas: amigos, compañeros, parientes o incluso desconocidos. Nos consolarán o les prestaremos consuelo, abriendo así una vía para que Dios, con su misericordia, suavice las dificultades y pesares que todos afrontamos en nuestro caminar terreno.

Consolar no es tarea fácil, sino que requiere mucho tacto, porque el alma de quien sufre se encuentra, por así decirlo, en carne viva, con una fuerte desazón. Una palabra de más o de menos puede curar o puede herir. Entonces, nuestra presencia resultará suficiente; en otros momentos, será preciso decir algo que transmita esperanza y que ayude a considerar una situación desde otra perspectiva.

Os aconsejo que, para consolar con acierto, reclaméis ayuda a los ángeles custodios. Dios Padre envió a un ángel para consolar a Jesucristo en el huerto de los olivos, durante el momento de intensísimo sufrimiento en la vida de Nuestro Salvador. Con esta escena, que tantas veces puede alimentar nuestra oración, se hace patente que consolar es, hijas e hijos míos, hermanas y hermanos míos, una acción divina. Ese consuelo en la agonía de Cristo hace patente el Amor de Dios, la asistencia del Espíritu Santo, el gran Consolador.

Recordaréis que san Josemaría–siguiendo la tradición de la Iglesia- afirmaba que nosotros, los hombres y las mujeres, cuando estamos en gracia de Dios, somos Templos de la Trinidad. En consecuencia, al ejercer o aceptar un acto de misericordia, estamos manifestando al mundo ese flujo de amor que parte del Padre, acoge el Hijo y revela al Espíritu Santo: algo tan importante que, por la bondad del Señor, puede llevarse a cabo en gestos tan ordinarios como una caricia, unas palabras de consuelo, un tiempo de escucha paciente, un estar callados o acompañando en oración junto a una persona que sufre.

En esa misma escena del huerto de Getsemaní, se nos revela una de las dificultades que presenta esta obra de misericordia: la de no ser capaces de descubrir el sufrimiento de nuestro prójimo. En efecto, a un tiro de piedra de Nuestro Señor, los Apóstoles dormían ajenos al dolor que invadía a su Maestro. Veámonos reflejados en su torpor. Dormimos cuando estamos ensimismados en nuestros problemas, cuando las prisas nos impiden detenernos a escuchar, cuando no damos importancia a las señales de tristeza que muestra un familiar o un amigo, cuando queremos ofrecer un consejo sin haber escuchado antes, cuando hundimos a quien se ha equivocado, poniendo límite a nuestra paciencia...

Termino con una hermosa oración de alabanza que san Pablo transmitió a sus hermanos de Corinto y que resume el núcleo de la obra de misericordia que hemos comentado hoy. Dice así: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios”. Amén.