Artículo de Aceprensa sobre El "Código Da Vinci“

'El Código Da Vinci', una novela de ficción en la que se pone en duda la verdad del catolicismo, se ha encaramado a la lista de libros más vendidos. Aunque se trate de una obra de ficción, resulta ofensiva para el honor de la Iglesia porque juega con sus fundamentos. Sintetizamos algunas reseñas aparecidas en diarios de EEUU y España.

Revista de prensa

Andy Welborn en 'Our Sunday Visitor' (8-VII-2003) advierte que “no es una gran pérdida para el lector” explicar el argumento de la novela. “Un conservador del museo del Louvre es asesinado, pero antes de morir consigue dejar unas pistas y colocarse de forma singularmente significativa. Su nieta Sophie y un investigador americano descubren que el abuelo trataba de dejar un mensaje no sobre su asesino, sino acerca de un gran secreto. (...) El abuelo formaba parte de una antigua sociedad secreta llamada El Priorato de Sión, que durante muchos años se encargó de custodiar ese gran secreto, cuya revelación supondría una amenaza para la concepción presente de la humanidad. Lógicamente, la Iglesia católica se habría esforzado durante estos últimos dos mil años en proteger este secreto”.

“¿En qué consiste el gran secreto? En que Jesús estuvo casado con María Magdalena, quien estaba embarazada cuando Cristo fue crucificado. Los descendientes de aquel niño aún sobreviven y se mantienen de forma anónima protegidos por El Priorato de Sión, que es también el guardián de la verdadera fe en Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del sagrado femenino. La novela por tanto consiste en una carrera por encontrar el Santo Grial. Pero en vez de buscar el cáliz de la Última Cena lo que se busca principalmente son los restos de María Magdalena”.

“Sophie y el americano comenzarán una competición en la que la Iglesia es su rival, representada en la figura de un albino, miembro del Opus Dei, que recibe indicaciones de un obispo y de un misterioso Teacher. Correrán detrás de las pistas codificadas que el abuelo de Sophie fue dejando. Es un gran rompecabezas que les llevará desde los Bancos de Zurich a la iglesia del Santo Sepulcro, y de la Abadía de Westminster a las pinturas de Leonardo Da Vinci. La historia de Da Vinci consiste en que parece que plasmó su devoción al Santo Grial Femenino en la representación de la Última Cena, en la cual el personaje de la derecha de Jesús no es San Juan, sino María Magdalena, su compañera”.

“Muy pocas cosas de este entramado son propiamente originales -concluye Andy Welborn-. La mayoría de ellas proceden del fantasioso trabajo Holy Blood, Holy Grail y el resto son remiendos de ridículas y gastadas teorías esotéricas y gnósticas. (...). Y me apuesto lo que quiera a que usted desconocía que la divinidad de Jesucristo fue un invento del emperador Constantino para apuntalar su poder; pues ‘hasta aquel momento de la historia -escribe el propio Dan Brown-, Jesús era visto por sus discípulos como un profeta mortal, un poderoso y un gran hombre, pero un hombre nada más. Un mortal”.

En el 'Chicago Sun Times' (27-IX-2003), Thomas Roeser muestra algunos errores de hecho en que incurre Brown: “Supuestamente, la clave se puede encontrar en el fresco de la Última Cena, en donde, insiste Brown, la figura que está a la derecha de Cristo no es San Juan, sino María Magdalena (no es verdad, explica Bruce Broucher, conservador del Art Institute de Chicago, que ha echado por tierra su teoría)”. Excéntricas conjeturas “Las excéntricas conjeturas de Brown -prosigue Roeser- se mezclan con hechos e investigaciones chapuceras: los Juegos Olímpicos de la antigüedad se celebraban en honor de Zeus, y no de Afrodita; los Templarios, que supuestamente son los guardianes del ‘secreto’ de la Magdalena, no construyeron las catedrales de su tiempo, sino que lo hicieron los obispos europeos; las catedrales góticas no tienen ningún simbolismo femenino: la crítica Sandra Miesel se pregunta con asombro: ‘¿Qué parte de la anatomía femenina representan el crucero o las gárgolas de la nave lateral de Chartres?’”.

“El odio al catolicismo impregna todo el libro -indica Roeser-, pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei, prelatura personal aprobada por Juan Pablo II. Un ‘monje’ del Opus Dei (asombrosamente, Brown no comprende que esa organización no tiene monjes) es un asesino, que mata para impedir que el ‘secreto’ de la Magdalena salga a la luz pública. Yo no soy del Opus Dei, pero lo conozco y lo admiro, entre otras cosas, por sus escuelas dirigidas a los jóvenes sin oportunidades de Chicago, en donde fui profesor”.

La novela sitúa a Leonardo Da Vinci como uno de los integrantes de la sociedad secreta El Priorato de Sión que esconde sus claves en tres de sus cuadros más conocidos: La Gioconda, la Virgen de las Rocas y La Última Cena. La medievalista Sandra Miesel (New York Daily News, 4-IX-2003), entre otras cosas, ironiza sobre la sustitución de San Juan por María Magdalena: “Esta curiosa faceta no había sido descubierta hasta ahora...”.

Ignorancia histórica

El protagonista del libro menciona la ausencia del cáliz en la pintura de Leonardo como prueba de que Da Vinci nada sabía de lo que estaba involucrado en el Grial. Pero, como bien sigue explicando la historiadora Sandra Miesel, “el fresco está inspirado en un pasaje del Evangelio de San Juan, que no dice ni una palabra sobre la institución de la Sagrada Eucaristía”. Por otra parte resulta ridículo presentar a “un Papa que arroja al Tíber las cenizas de los Templarios que él ha exterminado.... justo en la época en que el papado sufría el destierro de Avignon”.

Desde las páginas del Weekly Standard (22-IX-2003), la escritora Cynthia Grenier afirma sobre El Código Da Vinci que “se puede hablar de una extremista visión feminista” de la fe cristiana y católica. “Llámeme escéptica -escribe-, pero no estoy dispuesta a comprar esta novela. Los rituales que él relata son fruto de una mezcolanza de varios cuentos imaginarios. Si usted alguna vez ha considerado la posibilidad de que el Santo Grial buscado por los caballeros del Rey Arturo es realmente el vientre de la Magdalena, entonces 'El Código Da Vinci' es su novela. Si su imaginación nunca le ha inquietado en este sentido, lo mejor es olvidar la novela. Seguramente a usted se le habrá caído de las manos este libro de 454 páginas cuando su autor le relate su último descubrimiento: bajo la enorme pirámide de cristal del patio del Louvre se hallan los huesos de la mujer de Jesús”.

Y sobre los múltiples errores geográficos e históricos contenidos en el libro, la escritora concluye: “Por favor, alguien debería dar a este hombre y a sus editores unas clases básicas sobre la historia del cristianismo y un mapa”.

Para el crítico español F. Casavella (El País, 17-I-2004), El Código Da Vinci es “el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los años setenta”. “No es que tienda al grado cero de escritura -explica-. Ni que sea aburrido, prolijo donde no debiera, torpe en las descripciones y en la introducción de datos sobre ese interesantísimo y originalísimo misterio en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus. Tampoco es un problema que repita esos datos en páginas contiguas para que hasta un hipotético ‘lector muy tonto’ llegue a asimilarlos. Ni que escamotee ciertos fundamentos de la trama del modo más grosero hasta que resulten útiles y entonces se les haga aparecer del modo más burdo. Ni importa que las frases sean bobas, y bobas sean también las deducciones de unos protagonistas de quienes se nos comunica, pero no se nos describe su inmensa inteligencia. (...) También se puede pasar por alto que el autor no sea, al fin y al cabo, instruido”.

En fin, concluye Casavella: “Se puede perdonar todo, lo que no se puede perdonar es que esta novela se promocione, y no sólo por los canales publicitarios convencionales, como un producto de cierto valor. Para entendernos, Dan Brown y su código tienen que ver con la novela popular lo que Ed Wood con el cine. (...) No puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que en su día rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial, sino en el sistema mercantil”.

  • Aceprensa servicio 11/04