Alma sacerdotal

En el Año sacerdotal convocado por el papa Benedicto XVI con ocasión del 150º aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, intensificamos nuestra oración por los sacerdotes y consideramos una realidad esencial de nuestra vida: todos, sacerdotes y laicos, tenemos alma sacerdotal.

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Opus Dei - Alma sacerdotal El orden sagrado está al servicio del sacerdocio común.

Si actúas –vives y trabajas– cara a Dios, por razones de amor y de servicio, con alma sacerdotal, aunque no seas sacerdote, toda tu acción cobra un genuino sentido sobrenatural, que mantiene unida tu vida entera a la fuente de todas las gracias (1). Con las palabras “alma sacerdotal” san Josemaría Escrivá de Balaguer expresa una realidad esencial del ser cristiano y de su existencia: por el santo bautismo, el cristiano está configurado con Cristo y recibe el sacerdocio común, participación del único sacerdocio de Jesucristo.

El alma sacerdotal –como señala san Josemaría– se manifiesta en el deseo de obrar con visión sobrenatural y por amor, con afán de servicio. El adjetivo “sacerdotal” expresa cuál ha de ser nuestra actitud vital: ofrecer sacrificios a Dios en su honor y para bien de nuestros semejantes, pues la caridad es vida del alma.

“Alma sacerdotal” significa tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, sumo y eterno Sacerdote: afán de almas; un deseo ardiente de unir todas las acciones al Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo

Por el sacerdocio ministerial, los sacerdotes son configurados con Cristo y actúan en los sacramentos –de modo eminente, en la celebración de la Eucaristía– in persona Christi capitis Ecclesiae, en la persona de Cristo cabeza de la Iglesia: en el nombre de Cristo y de su Iglesia. El orden sagrado está al servicio del sacerdocio común. Éste último, esencialmente distinto del sacerdocio ministerial (2), permite que cada cristiano se ofrezca a sí mismo y toda su vida en sacrificios espirituales (3), uniéndose al sacrificio de la Cruz actualizado en el misterio eucarístico.

El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo (4); se sabe llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que –siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial– capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación (5).

Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús

Como explicó en varias ocasiones el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, glosando las enseñanzas de san Josemaría, “alma sacerdotal” significa tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (6), sumo y eterno Sacerdote: afán de almas; un deseo ardiente de unir todas las acciones al Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo; buscar la mortificación y la penitencia, sabiendo que tener la Cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor! (7). El alma sacerdotal lleva a la entrega generosa, al celo que es la intensidad en el auténtico amor, a no decir nunca basta a los requerimientos de Dios.

Hoc sentite in vobis, quod et in Christo Iesu: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (8). Estas palabras, que quizá rezaron los primeros cristianos y retomó San Pablo, forman parte de un himno de alabanza a la humillación de Cristo, que nos ha alcanzado la redención. Cuando el Apóstol invita a los filipenses a tener los mismos sentimientos de Cristo, se refiere a su modo de pensar, de meditar, de proyectarse en el futuro.

En el Evangelio de San Marcos encontramos la misma palabra que usa San Pablo para hablar de los sentimientos de Cristo. Camino de Jerusalén, Jesús anunciaba a sus discípulos que debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, ser entregado a la muerte y resucitar después de tres días.

El Evangelista añade que Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Entonces Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, dijo a Pedro estas palabras duras: ¡apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres (9). Tener los sentimientos de Jesús, sentir las cosas de Dios, es aceptar el misterio de la Cruz y participar en este misterio.

Jesucristo, sacerdote eterno, se ofrece a sí mismo por amor a su Padre para nuestra salvación. Cristo nos da el máximo ejemplo de qué es un alma sacerdotal, toda orientada a cumplir la voluntad de su Padre. Tener los sentimientos de Jesús es aspirar a lo que desea, compartir su vida, sus intenciones. Gracias a la vida sacramental, participamos en la cruz y en la resurrección del Señor, se transforma nuestra vida porque llegamos a la unión con Dios, y somos protagonistas de la Nueva Evangelización (10).

Además de la dimensión de futuro que conlleva ese tener los mismos sentimientos de Jesús, hay una dimensión de comunión. Cada uno, en la Iglesia, comparte con los demás bautizados lo que Cristo lleva en el corazón. En la Carta a los filipenses, el himno a la humillación de Cristo invita a la unidad con Él, condición necesaria para compartir sus intenciones, para querer como Él quiere y lo que Él quiere. Esa orientación fundamental del bautizado es posible porque forma parte del Cuerpo de Cristo.

El corazón, cerca del Señor

El Año sacerdotal empezó en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Santo Cura de Ars decía que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (11). Se podría aplicar esa expresión al alma sacerdotal. Si se ama al Señor, se comparten sus sentimientos, los anhelos de su corazón, su afán de almas, el deseo de que muchos corazones latan al unísono con el corazón de Cristo. No se trata de algo exterior, sino de un auténtico amor.

La fidelidad de Jesucristo que cumple su misión salvadora pide nuestra respuesta de fidelidad: el nombre del amor en el tiempo es “fidelidad”. Jesús da testimonio del amor irreversible de Dios Padre, que espera nuestra libre entrega personal.

La Antigua Ley prescribía determinadas prácticas que significaban la pureza necesaria para acercarse a Dios (12); la tradición judía las amplió a otros ámbitos, como a las comidas, para dar una dimensión religiosa a todas las acciones. En el Evangelio vemos a fariseos celosos de las cosas de Dios. Quizá muchos de ellos no se cansaban de responder que “sí” a Dios, de no decir nunca “basta”: deseaban cumplir la voluntad divina. Jesús confirmó su «costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo (cfr. Mc 12, 28-34)» (13).

Nos hace falta valentía, una virtud especialmente necesaria hoy, para ver y amar la Voluntad de Dios, dejarnos llevar por el peso de su Amor, que no es otra cosas que su gloria y nuestra verdadera vida en Él.

Sin embargo, la actitud de los fariseos no siempre era recta. Así, por ejemplo, un día algunos preguntaron a Jesús: ¿por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los mayores, sino que comen el pan con manos impuras? (14). La pureza exterior tendría que ser muestra de la pureza interior. Pero, en tiempos de Cristo, el legalismo de las normas rituales establecidas por la tradición humana había ahogado el verdadero sentido del culto a Dios.

Nuestro Señor denuncia esa actitud: bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos” (15). Y añade Jesús: abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres (16). ¡Qué duras son esas palabras del Señor!: su corazón está muy lejos de mí (17). Entonces, refiriéndose al cuarto mandamiento del Decálogo, sobre el amor a los padres, Jesús explica en qué tienen el corazón lejos de Dios: ¡qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! (18). Quienes justamente tendrían que amar más a Dios, cumpliendo su ley, derogan el mandamiento y anulan la Palabra.

El alma sacerdotal es el alma que se entrega de verdad a los demás en Dios. Es “alma de criterio”, como deseaba San Josemaría al lector de Camino (19). Ser una persona que piensa las cosas en la presencia de Dios; que discierne, se complica la vida para comprender y servir a los demás; en una palabra, que sabe amar: se da y encuentra en ese don de sí la felicidad y la paz. ¡Los demás nos necesitan!

El ser humano, desde su más tierna infancia –cuando, por ejemplo, aprende a hablar– necesita del otro para llegar a ser lo que es en realidad, para crecer poco a poco, formarse la conciencia (20); y lo mismo en la vida sobrenatural, hasta llegar a la plenitud de Cristo y comportarse como hijo o hija de Dios en todo.

Jesús enviará el Espíritu Santo para vivificar a la multitud, no desde fuera, sino porque ha asumido nuestra condición de esclavos (21). Tomando sobre sí nuestra muerte, puede comunicarnos su propio Espíritu de vida. Lo hace de modo eminente desde la Cruz, como enseña el Evangelio de San Juan al contar la muerte de Jesús: entregó el espíritu y su corazón fue traspasado por nuestros pecados.

Razones de amor

San Josemaría nos abre de algún modo su alma cuando le oímos dirigirse a Jesucristo clavado en la cruz diciendo:soy tuyo, y me entrego a Ti, y me clavo en la cruz gustosamente, siendo en las encrucijadas del mundo un alma entregada a Ti, a tu gloria, a la Redención, a la corredención de la humanidad entera (22). El alma sacerdotal viene de esa cruz, de la cual no se alejaron Santa María ni las santas mujeres. Nos hace falta valentía, una virtud especialmente necesaria hoy, para ver y amar la Voluntad de Dios, dejarnos llevar por el peso de su Amor, que no es otra cosas que su gloria y nuestra verdadera vida en Él.

La entrega que el Señor pide es una entrega auténtica, no formal, que viene de la Cruz, de la Eucaristía. Es total por el amor, no por la acumulación de preceptos y reglas. Los fariseos ya se habían escandalizado porque un sábado los discípulos iban con el Señor pasando entre unos sembrados, y mientras caminaban comenzaron a arrancar espigas (23). Iban con Jesús, libres, con confianza. Sabían que, si se hubiesen equivocado, el Maestro les habría dicho las cosas claras, les habría corregido. Una profunda comprensión de nuestra fe y del seguimiento de Jesús, lejos de cualquier encasillamiento, significa sintonizar con la sustancia del evangelio, del cristianismo: con el amor. “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (24): Benedicto XVI ve en estas palabras de San Juan son «una formulación sintética de la existencia cristiana» (25). El Amor es la identidad misma de Dios. Así se consigue una percepción cada vez más penetrante de lo que son las obras de Dios: son obras del Amor. En el tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo, son las maravillas de Dios: el Espíritu Santo, como reza la Plegaria Eucarística IV, lleva a la plenitud la obra de Cristo en el mundo.

El mismo nombre de “Obra de Dios” previene contra un celo mal entendido. “Opus Dei”: Dios es el que actúa en su Iglesia. Hemos de “dejar actuar a Dios” (26). Hay que luchar, mucho, pero esa lucha se lleva siempre con la ayuda del Señor. La vida cristiana está bien lejos de cualquier intento de llegar a Dios, de cumplir sus mandamientos, sin su gracia, como si lo importante fuese el producto de nuestro corazón: quizás aquí se cela la explicación de posibles derrotas o fracasos en la vida cristiana. Si de verdad queremos no poner obstáculos a Dios, dejaremos en sus manos nuestros propósitos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos: lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón.

Afirmas que vas comprendiendo poco a poco lo que quiere decir “alma sacerdotal”... No te enfades si te respondo que los hechos demuestran que lo entiendes sólo en teoría. —Cada jornada te pasa lo mismo: al anochecer, en el examen, todo son deseos y propósitos; por la mañana y por la tarde, en el trabajo, todo son pegas y excusas. ¿Así vives el “sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”? (27). En estas palabras, San Josemaría menciona el trabajo: es el eje de nuestra santificación, y –por lo tanto– un lugar privilegiado para ejercer el alma sacerdotal, como también lo son las relaciones familiares y de amistad, o la participación en la vida de la sociedad, llegando a que todo sea apostolado.

El alma sacerdotal va siempre unida, en las enseñanzas del santo fundador del Opus Dei, a la mentalidad laical, que deja a la verdad iluminar nuestra conciencia y nos impulsa a ejercitar nuestra libertad como ciudadanos de la ciudad de Dios y de la ciudad de los hombres. Existe una justa autonomía de las realidades temporales que San Josemaría proclamó contra viento y marea y que recordó claramente el Concilio Vaticano II (28). Con la protección de Santa María, corredentora, el alma sacerdotal del cristiano se manifiesta en una gran compasión con el prójimo, como enseña Dios, pues la misericordia de Dios abarca a toda carne. (29).

G. Derville


1. San Josemaría, Forja, n. 369.

2. Cfr. Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

3. Cfr. 1 Pe 2, 5.

4. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 106.

5. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 120.

6. Flp 2, 5.

7. San Josemaría, Forja, n. 766.

8. Flp 2, 5.

9. Mc 8, 33.

10. Cfr. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, L’elogio della coscienza, pp. 135-136.

11. San Juan María Vianney, cit. en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1589.

12. Cfr. Ex 30, 17.

13. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 575.

14. Mc 7, 1-5.

15. Mc 7, 6-7; cfr. Is 29, 13.

16. Mc 7, 8.

17. Mt 15, 8.

18. Mc 7, 9.

19. Guillaume Derville, Une connaissance d’amour. Note de théologie sur l’édition critico-historique de « Chemin » (II), «Studia et Documenta» 3 (2009) pp. 294-296

20. Cfr. Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, L’elogio della coscienza, p. 157.

21. Cfr. Flp 2, 7.

22. San Josemaría, Via Crucis, XI estación, punto 1.

23. Mc 2, 23.

24. 1 Jn 4, 16.

25. Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, n. 1.

26. Cfr. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Dejar actuar a Dios, «L’Osservatore Romano», 6-X-2002.

27. San Josemaría, Surco, n. 499.

28. Cfr. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 36.

29. Sir 18, 12-13.